La obsesión de mi exesposo

9. INJUSTO

Aitana

Emmanuel no se toma a mal que me quede con mi hija en lugar de ir a cenar con él. Siempre ha entendido que Ainara es y seguirá siendo mi prioridad. Sin embargo, no le hace ninguna gracia que Dámaso también esté junto a mí para cuidarla.

Y no puedo hacer más que entenderlo. Muchas veces deseé tener la oportunidad de volver a compartir siquiera un momento más con él, pero todo el dolor que nos causamos mutuamente me lo impedía. Ahora que decido seguir adelante —mejor dicho, que finjo seguir adelante—, me pasan estas chingaderas.

—¿Estás enojada por tener que quedarte conmigo, mami? —me pregunta Ainara cuando su papá sale para buscar su leche con miel—. Es que…

—No, mi amor —susurro, acomodándole el cabello para que no le caiga sobre la carita—. Siempre que me necesites, aquí voy a estar. Menos mal que me quedé; ya te noto mejor.

—Me gusta que los dos estén conmigo —me confiesa—. Por eso me pone un poco triste que él se vaya a casar con Génesis.

—Pero dijiste que…

—No era cierto. —Suelta una risita—. Quería que te enojaras con mi papá.

—¿Y eso por qué, chamaquita? —gruño.

—Es que creo que lo quieres —musita—. Pero ya no voy a decir nada, ¿ok? Ya sé que Emmanuel y tú no son novios de verdad.

—Hija…

—Las mentiras son malas, pero esta es muy buena —dice con esa sonrisa que a veces me hace pensar que tiene el espíritu de una bruja vengativa adentro—. Me gusta que finjas ser la novia de Emmanuel.

—Ninguna mentira lo es, mi amor —replico—. Voy a acabar con esto de una vez.

—Ah, no —protesta, enfurruñada—. Mi papá está enojado. Todo esto está funcionando.

—Estás malinterpretando las cosas, corazón —refuto, ignorando la punzada en mi estómago—. Tu papá y yo ya no nos queremos como pareja, pero a ti te amamos con todo nuestro corazón. Además, Emmanuel será mi novio en serio.

—No, mami —me ruega.

—Tengo derecho a rehacer mi vida —argumento—. Tu papá se va a casar con una muchacha increíble y tiene motivos de sobra para unirse a ella.

—Pero…

—Es mejor que descanses esa garganta, mi cielo —la interrumpo—. Mejor te contaré un cuento.

—Ay, no, eso me aburre —refunfuña.

Dámaso abre la puerta de la habitación y entra con el vaso de leche.

Me levanto de la cama y dejo que él atienda a nuestra hija.

—Ya me dio mucho sueño —bosteza Ainara—. ¿Me pueden dejar dormir?

—Por supuesto, princesa —le contesta Dámaso, que la besa en la frente con tanta ternura que se me encoge el corazón.

Ainara es la única persona de la que no sentiría celos, pero en ese momento los tengo. Esa clase de besos que él da con tanto amor es la mejor medicina para cualquier mal. Aún recuerdo cómo me calmaron cuando nuestro primer embarazo no se dio y también segundos antes de escuchar por primera vez el latido de nuestra bebé.

¿Cuándo fue que perdimos todo eso? ¡No es justo!

—Yo voy al baño —murmuro antes de salir de la recámara.

Me recargo contra una puerta e intento controlar las lágrimas que amenazan con escapar de mis ojos. Esto está siendo un infierno y, por desgracia, va a durar muchos días.

Tuve que haberme ido al hotel después de la cafetería, definitivamente.

—Ainara ya se durmió —dice Dámaso cuando me alcanza—. ¿Tú te sientes bien? ¿Sigues enojada?

—Un poco —admito—. Bueno, ya no tanto enojada, sino sacada de onda por las cosas que dijo Javier. ¿Por qué se inventó que su suegra se murió? Sé que…

—Te mentiría si te dijera que conozco por completo la situación. Eras tú la que estaba al tanto de la vida de toda la gente que nos rodeaba.

Por un instante percibo un rastro de rabia en su voz, pero su sonrisa descarta la sospecha de inmediato.

—Sí, me gusta conocer mi entorno.

—En mis tiempos a eso se le llamaba «ser entrometida».

Aunque su respuesta me da coraje, termino riéndome.

—Hasta para insultar eres sofisticado. Se le dice «ser metiche» —digo entre risas.

Dámaso ahora está serio, pero la alegría sigue brillando en sus ojos y me acelera el pulso. Por más que trato de no hacerme ilusiones con la idea de retomar nuestro absurdo, tóxico y apasionado romance, simplemente no puedo.

Es tan alto, tan guapo, y ese olor masculino me envuelve incluso estando separada varios metros de él. Si fuera mío, en este momento estaríamos dentro de nuestra habitación, aullando como dos bestias salvajes.

—Parece que sigues siendo la misma.

Da dos pasos hacia mí con una seguridad que deja claro que no está nervioso.

—Y tú cambiaste demasiado —replico.

—Para bien, ¿no? Los dos avanzamos, dejamos nuestros absurdos celos atrás.

«Dejamos me suena a manada», pienso enfurruñada.




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