La obsesión de mi exesposo

10. BESO

Aitana

—Hola, Emmita, buenos días —saludo a mi novio de mentiras cuando salgo de la casa.

El cuerpo entero se me acalambra al ver que trae una caja grande de chocolates y unas flores.

—Las flores son para ti y los chocolates para Ainara. Sé que tal vez no le gusta que le regale esto, pero…

—En efecto, no le van a gustar.

La voz de Dámaso me causa un temblor en el ojo y en el cuello. Sus pasos siempre han sido silenciosos, pero ya no recordaba que pareciera un fantasma.

—¿Y cómo sabes que no? —le pregunto, volviéndome hacia él.

—Comer tanto chocolate no es saludable para una niña de siete años. —Dámaso me fulmina con la mirada—. Además, qué poco esfuerzo el de tu novio. Acaba de dividir el regalo.

—Sí, es un acuerdo que tenemos Aitana y yo —interviene Emmanuel con una seguridad que me emboba—. Mi novia quiere cuidarse un poco, porque si le doy una caja, se los comerá impulsivamente.

—Tú sí me conoces bien, mi amor.

No volteo a ver a Dámaso y me acerco a Emmanuel para darle un beso en la mejilla.

—¿Por qué no entras a la casa? Estamos preparando el desayuno —le dice Dámaso a Emmanuel mientras lo sujeta del brazo—. Seguro que a mi hija no le molestará.

—Sí me molestaría —dice Ainara, saliendo de la casa—. Mi mami trabaja mucho y necesita ir a pasear. ¡Ah, trajiste chocolates!

—Son para ti, nena —le responde Emmanuel, que se inclina para quedar a su altura—. Supe que anoche te sentiste mal.

—Y mi mamá ya no pudo salir contigo, ¿verdad? Perdóname, me sentí triste por eso.

«Ay, hasta me la estoy creyendo», pienso enternecida.

Esta chiquilla va a terminar ganando un Óscar, estoy segura. Y, cuando pase, espero que me mencione para tener mis diez segundos de fama. Si no pude quedarme para siempre con su padre, que al menos me dé crédito ante el mundo.

—No te preocupes, que tú eres más importante. Siempre lo he sabido y estoy a favor.

—Vamos adentro —insiste Dámaso, que carga a nuestra niña y la aparta de Emmanuel.

Ya salió el peine. No quiere que nadie le arrebate el amor de su princesa.

—Quiero estar contigo y con Génesis —protesta Ainara—. Deja que ellos se vayan a divertir, papi.

—No puedes ser tan maleducada, hija —gruñe Dámaso—. Son…

—Ella es todo menos eso —la defiendo—. Cariño, qué lindas flores. Me las voy a llevar.

—Nos las puedes dejar. Aquí les vamos a dar muy buen trato —dice María, que sale de la casa con un vestido playero—. ¿Y a dónde es que van a ir?

—Me habría gustado llevar a Ainara al parque de diversiones, pero como está enferma y debe pasar tiempo con su papá, me voy a llevar a Aitana a desayunar.

—Gracias, María, en un rato volvemos.

Le entrego el ramo a mi exsuegra y regreso con Emmanuel.

—Espera, ¿no se te olvida tu bolsa? —me pregunta mi niña, que suelta una risita que contrasta con la cara de funeral de su padre.

—Ah, sí, claro.

—Nena, ¿no quieres ir tú también? —suelta Dámaso de pronto—. No me mires así, Aitana. Ella no es hija de Génesis, sino nuestra. ¿Por qué no hacemos un esfuerzo?

—¡Sí! —grita Ainara.

«¡¿De qué lado masca esta iguana?!», grito por dentro.

No entiendo a ese ser que yo parí, de verdad que no lo hago. ¿Cómo se atreve a darme esta puñalada por la espalda?

—Pues vamos todos —propone María—. Yo también tengo ganas de salir.

—Me parece una buena idea —dice Emmanuel, que se acerca a mí para darme su apoyo moral—. Confía en mí —me susurra al oído.

Y así es como acabamos después de desayunar los deliciosos hotcakes que Dámaso preparó. Génesis también se apuntó con entusiasmo al plan y ahora estamos en la camioneta, aplastados como sardinas. Bueno, no, realmente los asientos son amplios, pero estar en un auto con mi exmarido y su novia es como meterte a un campo de concentración.

Que alguien me fune si me escucha decirlo, pero es la verdad. Tener cerca a ese par es peor que una tortura. Si vomito sangre dentro de poco o echo espuma por la boca, no sería nada raro.

—Aitana, tienes que calmarte —me dice Emmanuel cuando llegamos y los demás se distraen—. Te va a dar algo.

—Algo te va a dar a ti si no buscas una excusa para largarnos de aquí —siseo—. ¿Cómo pudiste traicionarme?

—No lo hice, ya vas a ver.

Emmanuel me agarra de la mano. No puedo decir que estoy enamorada de él, pero me agrada tenerlo tan cerca en estos momentos donde podría lanzarme a la yugular de cualquier pobre cristiano.

—Qué lindos se ven —dice Génesis de pronto, apuntándonos con el celular—. ¿Por qué no les saco una foto?

Dámaso y Ainara se detienen justo detrás de ella. Mi hija asiente con una sonrisa y los pulgares arriba, y su padre solo nos observa con una seriedad que no sé cómo interpretar. Si no me hubiera hecho la promesa de no ilusionarme más, habría pensado que está empezando a darle celos.




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