La obsesión de mi exesposo

11. TAXISTA

Ainara

Estar en el parque con todos es divertido, pero habría sido más genial quedarnos en casa y que papá echara humo por las orejas de que mi mami saliera con Emmanuel. Todo lo que está pasando es muy extraño y tengo que entrar en modo detective para poder averiguar qué sucede.

Seguramente sí está celoso, pero está fingiendo igual que mamá.

—¿Por qué no viene mi papá? —le pregunto a mi abuelita antes de morder la banderilla que tengo en mi plato.

—Dijo que iba a ir al baño —me recuerda—. Pero es cierto, ya se tardó.

Génesis sigue amable, aunque ya no parece tan feliz.

—Ojalá vuelva pronto, me estoy empezando a sentir un poco mareada —dice—. Ya quisiera irme.

—Puedes irte tú —le responde mi abuela—. Yo me la estoy pasando estupendo.

—María…

—La abue tiene razón. Nosotras le explicamos. —Sonrío.

—Claro que no, mi cielo —contesta, acariciándome la cabeza—. Nunca dejaría a tu papito aquí botado. Él me necesita.

—Nadie necesita de nadie —murmura la abuela—. Y Dámaso siempre ha sido un hombre independiente.

—Pues sí, pero…

—Perdón por la tardanza, había mucha fila en el baño —dice papá, que llega con un enorme envase de palomitas acarameladas—. Toma, mi amor, sé que te gustan.

—¡Gracias, papi! —grito emocionada y me abrazo a él.

—Pero, amor, dijiste que no te gusta que coma chucherías —protesta Génesis, haciendo un puchero.

—Bueno, pero su mamá es responsable y siempre la alimenta de forma saludable —responde mi papi con una sonrisa grandota—. Por unos días no pasa nada.

Mi abuelita María se queda boquiabierta y Génesis frunce el ceño. Creo que las tres pensamos lo mismo: este señor suplantó la identidad de mi papá.

—Eres un alien, ¿verdad? —le suelto y él se ríe—. ¡Sí!

—¿Es que no puedo reírme sin que me miren raro? —pregunta, aún sin ponerse serio—. Soy un ser humano.

—A ver, mi vida, pero tú solo te ríes así cada mil años —dice la abuela—. ¿Te sientes bien? ¿No te irá a dar un derrame?

—¡María! —la regaña Génesis—. No digas eso ni en broma.

—Perdón, pero…

—No me pasa nada. Solo estoy contento porque estoy pasando el día con esta princesa.

Papá me sienta en sus piernas y me da un montón de besos por toda la cara. Que haga eso no es raro, pero sí que sea en la calle, donde él siempre está serio y es un hombre importante.

—Es muy raro, pero mejor me voy a alegrar. —La abuela se ríe—. Es lindo que compartas con esta niña hermosa.

La que no luce tan contenta es Génesis, que sigue mirando a papá con preocupación. Y quien tiene una cara peor es mi mami cuando regresa de la casa del terror.

—¿Te asustaste mucho? —le pregunto divertida.

—Sí, pasaron muchas cosas —asiente ella—. Es mejor que no te metas ahí.

—¡Sí quiero ir! —le pido—. Papi, ¿vamos?

—No, hija. Ya que seas más grande —me responde él.

—¿Por qué? —me quejo—. Ya tengo siete años.

—Sigues siendo pequeña.

Mamá no dice nada, solo se sienta al lado de mi abuelita. Emmanuel tampoco parece muy alegre; ya no tiene esa sonrisa brillante que a veces me enoja.

—Deberíamos regresar a comer —propone mi papá de repente—. Génesis, ¿estás bien?

—Un poco mareada, pero sí —asiente ella.

¿Por qué no se preocupa por mi mamá? Ella es la que se ve peor.

—Nosotros vamos a ir a otro lado —suelta mamá, levantándose de forma brusca—. Con permiso.

—Mi madre planeó una comida —le responde papá—. ¿Le vas a hacer esa grosería?

—María entiende —dice ella tan seria que me da miedo—. ¿Verdad que sí?

—Claro, hija —asiente la abuelita—. Vayan a divertirse.

—No lo puedo creer. —Papá resopla y se levanta conmigo en brazos—. De acuerdo, Aitana. Haz lo que quieras.

—Sí. Eso es lo que voy a hacer —contesta ella con una sonrisa más falsa que una moneda de tres pesos—. Con su permiso.

—¡Mami! —le llamo, pero ella no me responde porque se va casi corriendo con Emmanuel—. ¿Se pelearon?

Los ojos se me llenan de lágrimas porque no entiendo qué está pasando. ¿Y si nuestro plan está saliendo mal y mamá se enamora de Emmanuel?

—No, hija, no nos peleamos —responde papá, bajándome para que me siente en la banca—. Ahora vengo, voy a hacer una llamada.

—Voy contigo, mi cielo —le dice Génesis, pero él niega con la cabeza.

—No. Es una llamada de negocios.

—Ah, caray, ¿de negocios? —se ríe la abuela—. ¿Desde cuándo eres empresario?

—Tengo inversiones, no sé si lo recuerdes —masculla mi papi —. En fin, ya vuelvo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.