Dámaso
Leo los análisis una y otra vez sin poder creer lo que está sucediendo. ¿Cómo pudo esa mujer ser capaz de atreverse a semejante tontería en este momento y soltarlo como si fuera parte del plan?
—No te enfades —suplica Génesis, que tiembla ante cada mirada que le dirijo—. Yo no sabía que esto iba a pasar.
—Fui muy claro contigo desde un principio: nada de embarazos —respondo con frialdad y le lanzo el documento a la cara.
Los pocos comensales que nos rodean murmuran. Sin embargo, poco me importa.
—Eso lo sé —solloza—. Yo me estaba cuidando, así que no sé qué fue lo que pasó.
—Que eres una estúpida. Eso es lo que pasa.
—Dámaso…
—Vas a tener que encontrar alguna manera de desmentirlo, ¿me entiendes? Ya es muy tarde para despedirte, pero lo vas a…
—Tienes que pensarlo bien —suplica—. Te puede servir más.
—No, no está sirviendo de nada —gruño—. Lo único que estoy consiguiendo es alejarla más. Ustedes me aseguraron que podría…
No consigo terminar la frase y le pego a la mesa. Sentir que todos estos años en esas terapias y medicación se van a ir al infierno por culpa de ese descuido me está asfixiando.
—Ve a esa habitación —le ordeno—. Tócales la puerta, haz lo que sea.
—¿Qué? No, yo…
—Hazlo o ya sabes a qué te atienes. Están en la habitación trescientos dos.
El rostro de Génesis palidece de golpe. Aun así, se levanta y se va para cumplir con mi exigencia. Desearía ser yo quien tumbara la puerta y la sacara de allí, pero entonces perdería cualquier oportunidad que pudiera haber entre nosotros.
Tengo que resistir, aunque eso merme mi salud.
Intento aplicar todas las técnicas más importantes y mantenerme quieto como una piedra. Siempre funcionó mientras la tuve lejos, mas no ahora que sé que está a unos cuantos metros de mí y, encima, encerrada con ese imbécil. Ahora solo puedo fantasear con mis puños deshaciendo ese rostro que mi madre insiste en que es agraciado.
No lo es. Tiene una mandíbula prominente que tal vez no se note de frente, pero yo sí lo percibo al observarlo de lado. Hay tantos defectos en él que no entiendo por qué Aitana lo eligió para interpretar a su novio perfecto.
—Tal vez ella considere hacerlo real —susurro.
Me levanto con tanta brusquedad que la silla se cae. Todas las miradas se concentran en mí como si dos grandes cuernos decoraran mi cabeza. Y los tengo. Aitana cree que se besó con ese infeliz.
—¡¿Qué me ven?! —les grito sin poder contenerme—. Consíganse una pu…
Niego con la cabeza. Yo no uso ese lenguaje vulgar, o al menos ya no. Muchas de las expresiones extrañas de Aitana fueron incorporándose a mi vocabulario hasta convertirme en la persona más ordinaria al enfurecer.
Salgo del restaurante a toda prisa y me paseo de un lado a otro por la recepción. No tiene caso mantener la cordura y recordar la educación que me dieron cuando eso no sirve para recuperar lo que es mío.
Debí besarla fuera de esa casa, que se diera cuenta de que soy yo quien puede y debe tenerla. Tenemos dos hijos, pese a que uno de ellos no naciera. Con Emmanuel no puede siquiera imaginar tener lo mismo.
«Voy a desaparecerlo de su vida», pienso, esta vez de forma intencional.
Deshacerse de alguien en este país no es tan raro, aunque eso no elimina que tenga su grado de dificultad. Tal vez deba buscar alguna alternativa antes de recurrir a algo que podría acarrear consecuencias legales.
La llamada de Génesis entra antes de que me lance sobre el portero, que mastica su chicle con la boca abierta.
—Ella no está dentro de la habitación —me susurra cuando le respondo—. Se quedó afuera a esperar.
Dejo escapar todo el aire. Todavía no me siento del todo aliviado, pero esta es una preocupación menos.
—Entonces ven ya —le digo—. Apúrate. Tienen que verte conmigo.
—¿Por qué no nos vamos?
—Te dije que no. ¿Estás sorda?
—Dámaso, el trato no implicaba que me trataras así —me reclama—. Te estoy ayudando de buena fe y…
—Te estoy pagando una fortuna, ¿crees que es un favor?
—Sabes que lo haría sin dinero de por medio —me recuerda—. Yo te amo.
—Haz lo que tienes que hacer. Regresa aquí. Adiós.
Guardo el celular después de colgar e intento empezar de nuevo. A pesar de que la calma no llega con la rapidez que quisiera, estoy listo para continuar como si nada hubiera pasado.
No me importa lo que tenga que hacer. Al final voy a tener de regreso a mi mujer.
***
Jajajaja pobre Geni, salió muy regañada xD. Ni modo, eso le pasa por quedar preñis.
¿Qué hará Dámaso para desmentirlo?
Pd: Si te gusta la novela, no te olvides de dejar tu voto y comentarios :D