Aitana
Cuando llegamos al piso de abajo, Dámaso y Génesis están hablando muy felices de la vida y nos saludan con una sonrisa digna de una pareja que está esperando a su primer bebé.
El haberme tomado unos minutos no ha ayudado demasiado a arreglar el desmadre que hay en mi interior, pero sí a ensayar mi cara de «muchos amigos». A partir de ahora ya no me va a afectar todo lo que Dámaso esté viviendo, al menos no en apariencia.
—Vamos a ir con Ainara. Ya quiere que esté con ella —les digo—. Supongo que ustedes van a seguir celebrando la noticia.
—En realidad, yo iba a regresar también. Tengo algunos pendientes —me responde Génesis—. Son cosas de la boda.
—Felicidades otra vez —dice Emmanuel, que entrelaza su brazo con el mío—. Bueno, Aitana, vamos…
—Yo puedo llevarla —se ofrece Dámaso—. No deberías hacer doble viaje.
—A mí no me molesta —responde mi novio falso, aunque ahora sí noto cierta irritación en su voz—. Al contrario, mientras más tiempo pase con ella, mejor.
—Insisto. Voy para allá.
—Lleva a tu prometida —sugiero con seriedad—. No creo que le haga gracia que…
—Por mí ni te preocupes, nena —me interrumpe la aludida—. Mi papi va a recogerme porque es él quien me va a acompañar. Ni modo que el novio vea cosas del vestido, ¿o sí?
Se me revuelve el estómago y empiezo a cuestionarme si no me embaracé por obra y gracia del cielo. Ya no es normal todo lo que está pasando.
¿O será que tengo los síntomas porque ese hijo es del hombre que amo?
—Aitana, ¿quieres irte con Dámaso o conmigo? —inquiere Emmanuel—. Haremos lo que decidas, mi amor.
—Sí, claro —asiente mi ex—. Pero, como dije, voy a la casa, así que no tiene caso que tomes otro transporte, y menos en una ciudad que no conoces bien.
«Señor, dime si me odias para no ir más a misa», pienso paniqueada.
Si acepto, me va a dar diarrea en los finos asientos de su coche. Si no, se notará que estoy nerviosa y que me pasa algo.
Creo que es mejor la diarrea. Como ya no me ama, le va a dar asco y no será como en el pasado, que me revisaba de pies a cabeza y podía ir a contarle con confianza cualquier variación de mi cuerpo.
—Pues sí, tienes toda la razón —respondo con una seguridad que sorprende a todos—. Bueno, mi amor, nos vemos mañana, ¿sí?
—¿Estás segura? —me cuestiona Emmanuel con los dientes apretados.
—Ya la escuchaste —dice Dámaso, que avanza un paso para tomarme del antebrazo—. Vamos, Aitana.
—Nos vemos, nena —se despide Génesis—. Luego nos ponemos de acuerdo para salir a tomar un café o algo, ¿sí?
—Claro —asiento, aturdida.
Mi exesposo me tiene bien agarrada hasta que llegamos a su coche, otro modelito que no había visto.
—¿Es nuevo? —le pregunto con cierto alivio cuando él me abre la puerta.
—Tiene algunos meses.
—Ah…
—Entra —me pide con una leve sonrisa que me llena el estómago de mariposas.
¿O tal vez sean pirañas? Es muy probable.
Al meterme al auto, me arrepiento demasiado de aceptar que él me lleve. Su aroma está tan concentrado que lo único que se me viene a la cabeza es cómo hicimos a nuestra pequeña en unos asientos traseros.
—¿Estás bien? —pregunta Dámaso al ver que vengo más tiesa que una tortilla vieja—. ¿Te sientes mal otra vez?
—No.
—¿Entonces por qué estás tan tensa?
—Necesitas lentes. Yo estoy muy relajada.
—¿Por qué mientes? —se burla.
Dámaso me toma de la mano y tengo que esforzarme una barbaridad para no retorcerme como rata en una trampa eléctrica.
—Ahora tienes las uñas muy cortas —murmura, acariciando mi dorso con el pulgar.
—Bueno, tengo más pacientes y no quiero lastimarlos —mascullo.
Intento soltarme, pero Dámaso sigue observando mi mano izquierda como si le faltara algo.
—¿Qué tengo? ¿Ves algo anormal? —gruño.
—No, pero luce extraña sin los anillos —murmura.
—Por eso ni te preocupes, ya volveré a tenerlos. —Me río.
Él por fin me suelta.
—Sí, por supuesto. Ese día tiene que llegar.
—¿Y te afectaría? —bromeo.
—Para nada. —Se encoge de hombros—. Siempre he sabido que vas a volver a casarte.
—Claro.
Ya no hablamos durante el resto del camino, pero por alguna razón no consigo que mi pulso se tranquilice. El simple hecho de que me toque de la forma más normal desequilibra todo mi cuerpo y mis hormonas.
No es simple deseo. Dámaso es la única persona capaz de cambiarlo todo en mí. Él alteró la química de mi cerebro, como dirían los jóvenes.
—Llegamos —dice Dámaso al apagar el coche.