Ainara
Hacer lo contrario de mi plan parece que está dando más resultados. Mis papás se han portado muy bien conmigo todo el día e incluso se ríen como si se quisieran. Al parecer, a mi papi ya se le olvidó cualquier cosa que lo hiciera enojar.
—¿Quieres cenar ya, mi amor? —me pregunta mamá mientras me seca el cabello—. Hoy jugamos mucho.
—Sí. —Arrugo la nariz—. El agua de la bañera está muy sucia.
—Pues muy bien.
—¿Podemos cenar con mi papá?
Ella aleja la secadora y los labios se le hacen chiquitos.
—No creo, mi amor. Dijo que iba a trabajar en su despacho. Además, ya estuvo con nosotras bastante tiempo.
—Pero…
—Mejor vamos a cenar con tu abuelita María, ¿sí?
—Ella me dijo que iba a salir.
—¡¿Eh?!
—Tiene una cita para buscarme un nuevo abuelo. Le dije que elija uno que no esté panzón y que todavía tenga cabello.
Mamá se tapa la boca.
—Hija, esas cosas no se dicen —me regaña.
—¿Por qué no? Si va a ser mi abuelito, tiene que estar guapo. La abue María es bonita y joven.
—Ay, niña —gruñe—. Qué cosas dices. Sí, tu abuela es muy hermosa, pero no le puedes ordenar que escoja a alguien a tu gusto.
—Sí puedo. Yo sé lo que le conviene.
Mi mami intenta mirarme enojada, pero termina carcajeándose hasta que le duele la panza. Me gusta su risa porque es linda, no como la de Génesis o esas vecinas raras de al lado.
—¡Princesa!
La voz de mi papi me hace bajarme de mi silla y salir disparada del baño. Me detengo al ver que trae una bandeja en las manos. Hay tres vasos de leche y una pirámide de esas galletas tan ricas que hace tanto que no prepara.
—Te quise consentir hoy, hija —me dice—. Espero que tengas antojo de esto. Por un día que comas dulces, no pasa nada.
—¡Sí! —grito emocionada.
—Oh, galletas —susurra mamá, impresionada—. ¿Estás de buenas o algo así?
—Siempre que tengo a Ainara aquí estoy de buenas —le responde mi papá.
«Le va a crecer la nariz como a Pinocho», pienso. Él siempre me trata muy bien y nos divertimos, pero jamás he visto que le brillen tanto los ojos ni tampoco se ríe tan seguido.
¿Será por Génesis o mi mamá?
—Sí, mami —asiento y ella entrecierra los ojos.
—Bueno, les voy a creer, supongo.
Papá pone la bandeja sobre la cama.
—¿Por qué no vemos una película que quieran? —pregunta.
—Dámaso, creo que no…
—Mami, por favor —le ruego—. Solo un día, porfis, ¿sí? Ya sé que ya fue mucho tiempo, pero te prometo que es la última vez. Estoy muy feliz.
—Está bien, mi vida —responde, acariciándome la cabeza—. No pasa nada si Génesis no se enoja.
—Emmanuel tampoco debería —gruñe mi papi—. Somos los padres de Ainara y no tiene nada de malo que veamos una película con ella.
—No, él tampoco —dice mi mamá—. Vamos, entonces. Eso sí, pongan algo que me guste, ¿eh? Ni loca voy a ver esos documentales todos salvajes que les encantan.
—Somos personas de cultura. —Él se ríe.
Al final terminamos eligiendo Buscando a Nemo porque yo no quiero ver princesas y a mi mamá le da miedo ver animales sufriendo, según ella.
—Gracias por pasar el día conmigo —susurro—. Me gusta estar con ustedes.
—Y nosotros disfrutamos de estar contigo, hija —me responde mamá—. Tu papá y yo ya no estamos juntos, pero jamás te vamos a dejar de amar, ¿sí? Siempre serás nuestra princesa.
Mi estómago se hace pequeñito. Nunca podré aceptar que ellos ya no se quieran.
—Deberíamos hacer esto más seguido —dice papá—. Es divertido.
—Sí —murmura mi mami, que no parece tan feliz con la idea.
Aunque me siento triste, disfruto del resto de la película. He comido tantas galletas que me da sueño y me acuesto nada más lavarme los dientes. Sin pedírselos, mis papás se quedan recostados conmigo y siento cosquillitas en la panza cuando los atrapo mirándose.
Tal vez ahora no aceptan que se aman, pero lo van a hacer porque se lo he pedido muchas veces a Diosito.
A veces se tarda, pero siempre cumple.
***
Aitana
He pasado la noche más horrenda de toda mi vida después de salir del cuarto de Ainara. Al ir al baño, tengo los ojos como sapo y no consigo disimularlo con todo el maquillaje que me pongo.
—Bah, ya qué. De todos modos, él solo te ve como la madre de su hija.
Me quedo contemplando mi reflejo y empiezo a sentir una valentía repentina. ¿Por qué tengo que ser tan dura conmigo misma? No es pecado amar al hombre con el que me casé, con el que juré estar toda la vida y al que le di una hija y otro bebé que no pudo nacer. No haber podido superarlo no me hace mejor persona que Dámaso, aunque tampoco peor.