Aitana
El regalo que terminamos escogiendo después de ese espantoso susto, que por suerte no pasó a mayores porque llegaron los familiares, es un bolígrafo. A él le encanta coleccionar esas cosas y un día hice una promesa de que le regalaría eso cuando pudiera permitírmelo con mi propio dinero. Dámaso siempre me dijo que eso no era necesario porque deseaba darme todo cuanto necesitara, pero respetó esa promesa y cuando fui a su despacho no encontré otro igual.
—Me parece un poco simple y demasiado caro. Aun así, es tu decisión —me dice Emmanuel cuando estamos hablando por teléfono—. Yo creo que no se lo merece.
—Es el padre de mi hija.
—Sí, y yo pensaba lo mismo cuando llegamos, aunque…
—¿Qué? ¿Qué cosa?
—No me hagas caso.
—A ver, nada de eso —gruño—. O me dices o hasta aquí le paramos, ¿me entiendes?
—Está bien. —Suelta un suspiro—. Para mí que Dámaso quiere herirte. Es como si le lastimara el orgullo ver que eres feliz por otro lado.
—¿Eh?
—Son solo sospechas, pero las actitudes que ha tenido contigo me hacen pensar eso. A pesar de que se ve contento con Génesis, se ha mostrado posesivo contigo. Es como si no quisiera que mires hacia otro lado porque eso le hiere el ego.
—Ahora que lo dices, puede que tengas razón —murmuro con el bolígrafo entre los dedos—. Los hombres son unos…
—Hey, no todos —me corta—. Y, como dije, es la sensación que me da.
—De todos modos, se lo voy a dar. Ya lo compré. —Me encojo de hombros—. Me parece de mala educación no entregarle nada.
—Está bien, eso lo respeto. Solo si quisieras un consejo, te diría que ya no regreses a esa casa. No me gustaría que te lastime más.
—Te aseguro que no lo haré —prometo—. Ya me quedó claro que está muy contento con Génesis. Anoche los vi muy sonrientes en la sala viendo lo de sus invitaciones de boda.
—Supongo que se va a adelantar por el tema del embarazo.
—Ya no me importa —respondo con la voz quebrada—. Él se va a olvidar de mí cuando no me vea más.
—Es lo mejor, aunque duela. Te prometo que yo siempre cuidaré de ti, ¿sí? Ni loco te dejaría escapar.
Después de esa agridulce conversación, mi niña entra para estar conmigo. Pese a que le gustan las fiestas, noto que está algo desanimada, así que decido no preguntarle y pasar la noche con ella.
A la mañana siguiente, la actividad en la casa es tan caótica que apenas le veo la cara a mi exsuegra o a Dámaso. Incluso mi hija se pierde por ratos y no es hasta que la atrapo para bañarla cuando tenemos una conversación en forma.
Menos mal. Ya me estaba volviendo loca con tanta habladuría sobre la pareja perfecta, de que el amor se respira en el aire y todas esas pendejadas cursis que me habría gustado escuchar si fuera yo la distinguida mujer de ese doctor.
—¿Estás emocionada? —le pregunto a mi hija mientras la peino.
—La verdad, no —responde con seriedad—. Pensé que mi papi y tú iban a volver a estar juntos, que mi deseo se cumpliría.
Suelto el cepillo, lo pongo sobre la cama y me agacho a su altura para que me mire.
—Mi amor, ya puedes entender que las parejas a veces no funcionan. No es porque no se quieran, sino porque hay demasiadas peleas y no desean eso para los niños.
—¿Entonces sí se quieren? —suelta con los ojitos iluminados.
—Sí, aunque ya no como esposos, sino como tus papis —le explico con calma, odiando tener que mentirle.
—Eso no me gusta —replica con voz temblorosa—. Yo…
—Son cosas que no se pueden evitar y tienes que entenderlas.
La estrecho entre mis brazos y ella rompe en llanto. Escucharla así me parte el alma y tengo que contener mis gritos de dolor. Ojalá pudiera decirle que daría lo que fuera por hacer realidad su deseo, pero eso solo sería alimentar sus ilusiones y perder la poca cordura que me queda.
—Tranquila, chiquita —le susurro, acariciándole la espalda—. A pesar de que las cosas no salen siempre como las queremos, la vida es muy bonita.
—No lo es —gimotea—. Yo quiero que ustedes estén juntos.
—Lo sé y créeme que te comprendo, pero papi ya se va a casar con Génesis. Ellos dos se aman y no podemos hacer nada contra eso —replico—. Anda, deja de llorar. Es el cumpleaños de tu papá y no le va a gustar nada que su princesa esté triste.
—Pero es que…
—Más al ratito puedes llorar si tú quieres. Ahorita tenemos que arreglarnos para la fiesta.
—Está bien, mami —asiente con resignación—. Solo espero que Génesis nunca me dé hermanos porque no los voy a querer nunca.
—Hija…
—¡Nunca! —me grita furiosa.
Me cuesta algunos minutos tranquilizarla, pero se deja peinar bien y se va a jugar al jardín.
—Mi niña estuvo gritando, ¿qué pasó? —me pregunta María cuando salgo de la recámara—. Y no me inventes que es un berrinche, porque la conozco.