Aitana
Solo Dios sabe cómo he podido hacer para soportar la fiesta con la ausencia de Emmanuel, que nunca llegó a la hora que acordamos. Me manda un mensaje para decirme que viene en camino, aunque a estas alturas estoy tan harta de la gente y de poner buena cara que cambio los planes y le pido vernos en un bar.
—Hija, ¿a dónde vas? —me pregunta mi exsuegra al ver que salgo de la casa—. Estamos a punto de partir el pastel. Ya le iba a hablar a Ainara para que…
—No, deja que siga jugando —la interrumpo sin apartar la vista de la enorme área de juegos y brincolines—. Si te soy honesta, no me encuentro bien.
—¿Me vas a platicar qué te pasa? Has estado así desde que Génesis…
—Le tenía el mismo regalo a Dámaso —le confieso y ella arquea ambas cejas—. Me siento mal.
—Bueno, pero…
—Era como una manera bonita de cerrar un ciclo con él, algo pendiente que tenía —continúo con desánimo—. Realmente quería que las cosas terminaran de la mejor manera.
—¿Por qué hablas sobre terminar y esas cosas?
—Porque no volveré a su vida y tampoco a la tuya —le aseguro. El rostro de María se descompone—. Acabo de darme cuenta de que no soy lo bastante madura para aceptar todo esto.
—¿Sigues amando a Dámaso?
—No es eso, es simplemente que yo ya no formo parte de su vida ni él de la mía. Me duele y no quiero que eso sea un obstáculo para su felicidad.
—Mi amor —dice enternecida—. Tienes que hablar de esto con él. Le costó demasiado superarte y…
—Es por eso que prefiero salir de aquí e irme mañana muy temprano —la corto—. Si Ainara quiere pasar unos días más en la casa, está bien; son sus vacaciones. Por el amor que le tuve a tu hijo, espero que sea feliz.
—¿Entonces te vas a ir?
—Sí. Voy a verme con Emmanuel.
—Hablando de él, ¿por qué no llegó? Me daba la impresión de que es un muchacho puntual.
—Tuvo unas cosas del trabajo que se le atoraron —lo excuso—. A veces tiene que asistir a reuniones virtuales, pero ahora le pedí que mejor nos viéramos en un bar. María, en serio lamento no poder manejar la situación como debería. Esto me supera.
Aquella linda mujer, en lugar de juzgarme, niega con la cabeza y me da un abrazo tan maternal que mi corazón siente como si alguien le pusiera un curita. El dolor sigue ahí, aunque ahora está contenido por ese apoyo femenino que ella me da.
Javier se ofrece a llevarme a donde quiera cuando salgo de la casa. Lo fulmino con la mirada y su rostro palidece.
—¿No que tenías a la suegra muerta? Qué rápido volviste a trabajar —le respondo.
—Perdóneme, señora, es que…
—La verdad es que no me interesa escuchar, mucho menos que me lleves —lo corto con frialdad—. Me urge largarme de aquí.
Avanzo hacia la salida con paso decidido, rezando internamente para que mis tacones no me fallen. No solo sería muy humillante, sino que sé que Dámaso se enteraría y, si lo veo a los ojos, voy a terminar llorando delante suyo.
«Yo te compré el bolígrafo, mi amor, pero se me adelantaron», pienso desolada.
Un taxi llega pronto a la esquina donde me encuentro. No sé por qué aparece tan rápido y ni me importa. Estoy tan aturdida que quiero dejar de sentir.
Durante el trayecto, le envío un mensaje a Emmanuel para que sepa que voy en camino. Él me responde de inmediato, aunque me extraña un poco que no me llame. Aun así, decido no hacer caso de eso.
Para cuando entro al lugar, todavía muero por gritar y armar un escándalo de esos que me costó años dejar de hacer. Me arde la garganta, justo como aquel día en que Dámaso salió por la puerta de nuestra casa y se fue sin mirar atrás.
—Señor, ¿de verdad estoy tan fea? —le pregunto al barman cuando me sirve la tercera bebida—. Mi ex ya no me quiere, se va a casar con otra.
—No, señorita. Usted es muy hermosa —responde—. ¿Está bien?
—Claro que no. Nada más podría estar bien si ese precioso hombre me quisiera —sollozo—. Pero no me ama, lo perdí por celosa, porque… ¡Ah, por el divorcio!
Doy otro trago y lanzo un eructo que hace que el tipo se aleje. No puedo evitar soltar una carcajada, a pesar de que me siento mal. La cabeza me da muchas vueltas y tengo ganas de darle unos buenos coscorrones a Emmita por no venir aún e impedir que haga el ridículo.
—Quiero que me ame —gimoteo, recostando la cabeza en la barra—. Necesito de regreso a mi doctor psiquiatra para estar cuerda.
—Vaya que sí lo necesita —masculla una muchacha a unos metros.
—¡Sí, tú sí me entiendes, bebé! —exclamo con entusiasmo, sin levantar la cabeza—. Mi exmarido es psiquiatra.
Escucho unas risitas a mi alrededor, aunque ya no me importa. Todo ha dejado de tener sentido y lo único que me regresaría a la vida se aleja de mí cada día más.
Me queda un único camino, y eso es encuerarme y entregarle mi cuerpo a Emmanuel de una vez por todas.
—Aitana.