Aitana
Retiro lo dicho: claro que necesito ayuda psiquiátrica.
Al despertarme, me duele tanto la cabeza que necesito recostarla de nuevo en la almohada para aminorar esa sensación de explosión. No tengo idea de dónde chingados estoy, aunque sí presiento lo que hice. Esta tembladera de piernas no me engaña.
—Soy una cualquiera —sollozo con el rostro entre las manos—. ¿Cómo pude hacer el delicioso contigo?
Me giro en la cama con todas las intenciones de hablarle con la verdad y decirle que mejor dejemos este juego, pero me encuentro sola. La cama está más fría que la madre de Javier.
—¿Emmita?
Dejo escapar un suspiro y me acuesto unos minutos más. Tengo la misma energía que un koala dormido y hasta él estaría más listo para enfrentar la vida. Yo soy un desastre, el epítome de una madre desnaturalizada.
Intento rememorar cómo fue que acabé en un cuarto de hotel lujoso. Por desgracia, solo consigo recordar el ridículo que hice ayer en el bar y la desolación de no poder darle mi regalo a Dámaso.
—Dámaso —gimoteo.
Ignorando el malestar físico, me levanto de golpe y corro al baño, que está vacío. Quedé hecha una piltrafa, como si Emmanuel hubiera descargado todas sus frustraciones en mí.
La angustia crece a medida que me viene a la memoria cada palabra que me dijo. Me aseguró que me amaba con una locura infinita, que se desharía de cualquier persona que lo alejara de mí y que le pertenecía para siempre. Me aterró en su momento y me aterra ahora porque no son palabras que él hubiera dicho, a menos que siempre mintiera sobre ser un hombre normal.
—Contesta, maldita sea —resuello a la tercera llamada que ignora—. Emmanuel, por favor.
Existen tantas posibilidades que no sé cuál me afecta más. Lo llamé por el nombre de mi ex y ahora está tan furioso que no quiere ni verme. O le puso algo a mis bebidas para que accediera a sus deseos ocultos.
Sea como sea, merezco una explicación y me destroza no recibirla.
—¿Qué voy a hacer?
Una vez que me visto, camino por toda la habitación. La resaca ha sido reemplazada por la ansiedad, y esa sí es peor. Lo único que quiero es que alguien me abrace y me diga que todo va a estar bien.
—Te quiero a ti, Dámaso —gimoteo.
Antes de decidir llamarlo, intento calmarme de todas las maneras posibles, y lo único que consigo es llorar como una niña. Me siento horrible y, desde mi punto de vista, no tengo perdón de Dios. Mi exesposo no merece mi fidelidad; mi amor por él, sí. Al pasar la noche con otro hombre, me traicioné a mí misma.
—¿Aitana? —me responde Dámaso al primer tono—. ¿Dónde estás? No llegaste a la casa.
No grita, y eso me duele mucho más. No le importa que haya estado en peligro.
—Me pasó algo —murmuro—. No debería pedirte esto; mejor, olvídalo.
—No, dímelo —exige—. ¿Te pasa algo?
—Vas a odiarme —sollozo—. Pero te necesito ahora, quiero que me saques de aquí.
—Nunca podría odiarte —me asegura—. Eres la madre de mis hijos.
Aprieto los dientes.
—Ya no soy la única —mascullo—. Perdón, yo…
—Dime dónde estás —me interrumpe—. No le voy a decir a nadie, te lo aseguro.
—Es que ni siquiera sé dónde diablos estoy —gimoteo y voy corriendo hacia la mesa de noche—. Ah, ya sé.
Le doy el nombre del hotel, el número de habitación y le cuelgo la llamada. No sé qué tan buena idea haya sido pedirle que viniera, pero no puedo pensar en nadie más.
Ojalá que no termine aborreciéndome por lo que hice, que me crea una prostiputirijilla que no es capaz de cuidar de su criatura.
Encuentro una bolsa con ropa de buena marca y me quedo boquiabierta. Este tipo, aunque desgraciado, al menos no me dejó con el taparrabos en el que se convirtió mi vestido.
—¿De dónde sacaste esto? —murmuro mientras me visto.
No es que Emmanuel sea pobre, solo que siempre compra marcas económicas porque está ahorrando para su casa. A pesar de todo, se viste mucho mejor que muchos muchachos de sociedad.
Tal vez me quiso compensar por usarme para divertirse y desaparecer después.
—Pensé que tú eras el bueno —digo decepcionada—. ¿Qué te pasó, Emmita?
Alguien toca a la puerta después de un rato y se me vuelve a acelerar el corazón. No estoy lista para confesarle a mi ex que alguien me usó de cariñosa y se fue nada más obtener lo que quería.
—Aitana…
Antes de poder decirle algo, me echo a llorar.
—No recuerdo qué ocurrió —sollozo—. Emmanuel y yo pasamos la noche juntos y ya no me responde. Se fue.
—Pasaron la noche juntos…
—La verdad es que no sé si fue él u otro, pero debió ser ese infeliz porque no me contesta.
—Tranquila —me dice antes de tomarme entre sus brazos.
Camina con calma hasta la cama y se sienta para seguir consolándome. No me besa, aunque sus caricias son tan amorosas que empiezo a sentirme mal por Génesis.