La obsesión de mi exesposo

18. PRUEBA

Aitana

Mi hija intenta convencerme, sin éxito, de que me quede unos días más en la casa. Incluso María y Génesis intervienen y de poco o nada les sirve.

Lo único que quiero es encontrar a Emmanuel y enfrentar lo ocurrido entre los dos. Es por eso que le pido a mi exesposo que me lleve a buscarlo al hotel.

—No está, señora —me responde la recepcionista—. Él salió ayer.

—¿Qué? ¿Hizo el check-out? —inquiere Dámaso con el ceño fruncido—. ¿Está segura?

—Sí, señor —asiente la mujer sin mirarlo a los ojos.

El estómago me arde al verla tan sonrojada. Sin embargo, me puede más la intriga por lo de Emmanuel y no hago comentarios al respecto.

—Algo debió haberle pasado —digo preocupada—. Emmanuel no es esa clase de hombre.

—O eso quieres creer —masculla Dámaso—. Perdón, Aitana, siento tanta rabia por lo que te hizo que…

—Gracias —lo interrumpo, tomándolo de la mano—. Sé que no te corresponde hacer esto conmigo, pero no confío en nadie más.

—Siempre vas a contar conmigo —me asegura—. Jamás dejaré de ver por ti.

—¿Aún después de lo de anoche? Lo último que necesito es que Génesis empiece a desconfiar. No te metas en camisa de once varas.

—Por ti me metería en una de más de mil —dice con tono bromista, aunque presiento que lo dice en serio.

Tengo que voltear hacia otro lado. No sé cómo diablos sigo aceptando su ayuda después de haberme mostrado tan vulnerable con él. Y mucho menos comprendo por qué él es tan bueno conmigo si pasé la noche con otro.

Supongo que maduró demasiado en todos estos años. Yo me quedé atrapada en el pasado y él consiguió salir adelante.

De camino al aeropuerto, solo compartimos una conversación sobre Ainara, que no se quedó muy contenta de que me fuera. Es probable que no quiera saber nada de mí en estos días, pero no me siento capaz de cuidarla y responder a la avalancha de preguntas que seguramente tiene para hacerme.

—Cuídate mucho —me dice Dámaso cuando llega la hora de que me vaya—. Por favor, no dudes en llamarme si sabes algo, si…

—No lo haré —lo corto—. Te dije que no voy a interferir más en tu vida.

—Por favor, no digas eso —suplica, acariciando mi mejilla—. Lo que pasó fue grave, sí, pero no debes sentirte mal contigo misma. Ese hombre es un desgraciado.

—Algo me dice que no lo es —suspiro—. Ya sé que le daría poco tiempo de beneficio de la duda, solo que lo conozco y…

—No puedes conocer bien a alguien en menos de cinco años —me recuerda.

Auch. ¿Hoy es día de tirar factos afilados o qué?

—¿Lo dices por nosotros? —Arqueo una ceja.

—No, lo digo por él —gruñe—. Decidiste estar con Emmanuel demasiado pronto.

—Eres el menos indicado para decirme eso, doctor Valcárcel. A las dos semanas de conocernos ya era tu novia.

—En realidad te consideré mía desde el primer momento —confiesa.

Menos mal que me voy a ir. No soporto la intensidad de esos ojos negros.

—El caso es que ya no lo soy, así que ve a decirle eso a Génesis —suelto con tono brusco—. En fin, gracias por todo. No creo que nos volvamos a ver.

—Sí, cuando lleve a nuestra hija de regreso.

—Bueno, después de eso no —replico—. No quiero verte hasta que me sienta mejor.

—No te vayas —me pide, tomándome por la muñeca—. Me preocupa que lo hagas en ese estado.

—Ya no somos nada y no tienes por qué sentirte de ese modo. Créeme, es mejor que nos mantengamos alejados.

—Aitana…

—Adiós, Dámaso.

Me doy la media vuelta y avanzo a paso rápido, sin mirar atrás. Listo, se lo dije. Ahora tengo que empezar a resolver el misterio de Emmanuel y olvidarme de esta historia de amor que se terminó por mi culpa.

Solo espero que lo de Emmanuel tampoco sea otra cruz con la que deba cargar.

Al llegar a México, mi mamá me recibe en la casa con un rico pozolito que no le pedí que me hiciera. Por más que quise tener el pico cerrado, ha sido imposible no contarle las cosas que pasaron en el viaje.

—Parece que Emmita resultó ser igual que los demás —digo con desánimo—. Nunca me esperé algo así de él. Creí que estaba enamorado.

—Y yo igual —responde consternada—. Para mí que hay gato encerrado. ¿Y si algo le pasó?

—Se ha conectado, pero no responde las llamadas —susurro—. Seguro que quiere evitarme. Tal vez dije el nombre de mi ex en medio del frutifantástico y por eso no quiere saber nada más de mí.

—Ah, qué pen…

—¿Eh?

—Nada, mi amor, dije que pobrecita. —Mamá me abraza y me acaricia de forma exagerada.

—Ibas a decir algo muy feo, pero cierto —gruño—. Fui una estúpida por haber pensado en mi ex en ese momento.

—Bueno, en tu defensa, no sabías lo que hacías. Bien que él disfrutó, ¿no? Se tuvo que haber aguantado.




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