La Obsesión del Monstruo 2

Capítulo#2 T2 En el infierno.

 Capítulo 2 temporada 2: En el infierno.

 

Salí de la habitación de Layla con un nudo en la garganta y un dolor capaz de lacerar mi corazón inmortal. Sus palabras duras y frías calaron demasiado profundo. Sabía que dolería esta despedida inexorable, pero fue más doloroso de lo que esperaba. En mi cabeza se quedó grabado el último momento que estuve a su lado, su expresión y sus palabras tan frías:

—¡Está bien!, ¡¡¡vete si así lo quieres!!!, ¿quién soy yo para detenerte? —expresó con voz entrecortada por los sollozos—. ¿Por qué no lo dijiste antes?—, reprochó con los ojos brillantes y no solo por las lágrimas.

—Quería posponer tu sufrimiento hasta el último momento —respondí con sinceridad; pero por la cara que puso intuí que me había equivocado. No debí ocultar la noticia hasta última hora, pero era demasiado tarde para remediarlo.

—¡Eres un maldito monstruo!, nunca te perdonaré —exclamó con mirada fiera, había logrado que me odiara y me despreciara tanto como lo hizo en sus vidas anteriores. Me dolió profundamente, sentí que moría por dentro.

—¡Layla! —exclamé impactado.

—¡Deja de pensar en ella, no la volverás a ver jamás!

La voz desalmada de mi padre, me trajo de vuelta a la realidad. Alcé la mirada y enfrenté la frialdad de la de él, sin amedrentarme. Sé que era el hijo de Lucifer y no podía esperar ningún tipo de sentimientos de su parte, pero su frialdad y la distancia que marcaba entre nosotros lastimaba.

Sonreí torcido. Despreciaba su actitud y su indolencia ante todo.

—Padre, tú no sabes lo que es sentir, no puedes hablar de lo que desconoces —. Él jamás comprendería, que el hecho de saber que no podía volver a verla, era precisamente lo que me hacía pensar más en ella. Lucifer jamás podría pensar y sentir como un humano; aunque ese no era mi caso—. Tú viste a mi madre sufrir una miserable tortura durante el parto, ¡y no sentiste absolutamente nada!, no fuiste capaz de aliviar su dolor —reproché con amargura, era algo que siempre quise decirle, pero no había tenido la oportunidad.

—Los humanos mueren, tarde o temprano todos lo hacen —. Se encogió de hombros, indolente; lo miré con rencor—. ¿Qué importancia tiene un montón de carne y hueso que se los comerán los gusanos, y sus restos se volverán tierra algún día...

—Eres un monstruo —le espeté turbado. No pude continuar escuchándolo impasible.

—Soy realista, nosotros somos inmortales. Estamos muy por encima de los insignificantes mortales, más allá del alcance de sus miserables vidas.

—Olvidas que soy mitad de esos humanos que tanto desprecias —le recordé mordaz.

—¡Pero tienes mi sangre!, eres mucho mejor que ellos, no tienes comparación —era impasible, de sangre fría; no me sentía para nada orgulloso de compartir sus mismos genes.

Hice una mueca de tristeza y cansancio. Lucifer jamás entendería a los humanos, no iba a llegar a ninguna parte la discusión que estaba teniendo con él; siempre creería que era el amo y dueño de la razón. ¿Cómo decirle a la nieve, que entienda la calidez de los rayos del sol, en pleno verano?

—Es hora de irnos, es tu última vez en la tierra.

Lo sabía y dolía como nadie tiene idea. Lucifer era tan cruel, le gustaba seguir dando golpes cuando estaba caído. Me agarró del brazo y en un instante estábamos saliendo por una especie de pared transparente. Miré el nuevo lugar que a partir de ahora sería mi “hogar”. Era un sitio que estaba bajo tierra, como una especie de caverna; pero con elegancia antigua y tanta riqueza y belleza exótica como la que imaginaría un humano que sería la cueva de Alibabá y los 40 ladrones. Mi padre hizo un llamado y aparecieron una docena de mujeres hermosas, cada una con una belleza única. Todas se inclinaron frente a mí y me llamaron príncipe.

—¿Príncipe? —repetí la palabra aturdido de tanto escucharla de las bocas rojas de tantas féminas.

—Eres el príncipe de este mundo que los mortales llaman Infierno. Eres mi hijo, ¡claro que eres un príncipe!, todos te tienen que respetar y obedecer tanto como a mí.

Hice una mueca despectiva, el que no quiere la corona le cae del cielo.

—¿Cuál es el empeño por traerme a este lugar? —reclamé una respuesta apartando a las chicas y les ordené que se quedaran quietas, parecían pulpos; era indignante sus conductas.

—Aquí perteneces —afirmó con autosuficiencia y soberbia.

—Nunca fuiste un padre cuando lo necesité, ¿por qué apareces ahora para joderme la vida? Hace varios siglos que no te necesito —expresé con reproche.

—Eres el heredero de mi trono, estás donde perteneces —su ego era único e insuperable.

—¡Heredero de qué!, ¡eres inmortal!, vivirás tanto o más qué yo, eres hijo de Dios, el primer ángel caído. Existes desde antes de ser creado el mundo. Sinceramente no necesitas un heredero, siempre estarás aquí y haciendo la vida de los humanos más miserable.

—No tienes derecho de hablar sobre lo que desconoces... —reprochó soberbio.

—No es la primera vez que dices esas palabras, pero no me cuentas nada, seguramente es porque no tienes nada importante para decir, solo buscas escusas para tranquilizar tu mente sucia.

—¡Basta!, no te permito qué me hables de esa manera, soy tu mayor y tu progenitor. Respeta o tendré que enseñarte por las malas —amenazó colérico—. Te aconsejo que tomes la primera opción.  

—Será como tú quieras —le concedí hastiado, no estaba de humor para seguir discutiendo. Enfrentar al diablo en su propio territorio, era una batalla perdida—, soy un prisionero en tu morada.

—¡Eres un amo!, no lo olvides, mira estas bellezas —Las señaló con altanería, hice una mueca despectiva—, todas ellas y muchas más se ofrecieron para hacerte compañía, puedes escoger una o todas. Hice un casting y seleccioné las mejores; no obstante puedes ver las otras si gustas, quizás tu gusto difiera del mío.




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