Un lugar demolido, inhabitable, inaccesible: el lugar de Sorkol.
Él no estaba acostumbrado a experimentar las consecuencias que sus actos pudiesen desencadenar, porque lo que hacía no solía tener ninguna repercusión negativa; bueno, al menos para él. Las calles de Yeíxz se convirtieron en testigos de su huida, evitaba ser capturado. Varios soldados de la Guardia Real lo perseguían por orden del rey Gédmun desde hace días. Se les vio cabalgar sobre animales exóticos y muy veloces. Finalmente descubrieron que se escondía en una casucha abandonada en medio de un monte muy cerca de la entrada de la ciudad.
—¡Ahí está! —exclamó el capitán Relio después de romper la puerta tras darle una patada.
Sorkol salió despavorido por la ventana, intentando por todos los medios que no lo detuvieran. Trataron de agarrarlo; pero no pudieron. Corría tan rápido que apenas se le veían los pies. Hubo instantes en que atravesó por atajos como vía rápida de escape. Chocó con varias personas en el camino. Algunas cayeron al suelo, otras le gritaban insultos; pero aquello no podía importarle menos, solo quería esfumarse. Sorkol era hechicero, por tanto; hacer uso de sus habilidades mágicas resultaba la forma más sencilla para librarse de sus perseguidores; pero por algún motivo no podía utilizarlas, habían sido bloqueadas. Tal vez por algunos que como él también dominaban la magia. Sospechaba que Gédmun podrían haber ordenado que bloquearan sus poderes. No le sorprendía. Su desprecio hacia él y los suyos se convirtió en impulso para dar sus golpes. Nada tan grave que pudiera afectar el mandato del rey; pero lo suficientemente fastidioso como para mandarlo a detener. Se había convertido en un inconveniente, en una amenaza que había que aplastar antes de que se hiciese más fuerte. No era digno de confianza ni era un buen tipo. Antes sí, antes era una persona muy diferente…hasta que dejó de serlo. Poco a poco se convirtió en alguien despreciable. Las consecuencias ya no le interesaban más. El Sorkol del pasado ya no existía. En su mente no había cabida para otra cosa que no fuera cumplir sus objetivos, sin interesar cuan nefastos pudieran ser estos.
A su espalda las voces de los guardias se hicieron cada vez más imperceptibles. Hubo un momento en el que se volteó y no vio a nadie.
—«Parece que los despisté», pensó para sus adentros con aire burlón.
No había despistado a nadie, porque cuando miró al frente, los soldados estaban justo al final de la calle esperándolo. Lo interceptaron, y esta vez sin posibilidad de escapar. Habían tomado otro rumbo sin que lo notara para alcanzarlo en menos tiempo. Lo rodearon enseguida y lo amarraron. Se resistió un poco, hasta que un golpe inesperado que uno de ellos le propinó hizo que se apaciguara. La rabia recorrió todo su rostro. Un chico de aspecto juvenil, vestido con ropa formal se acercó a lo lejos. Se llamaba Kandriu, era el hechicero real y junto a Relio, lideraba la misión.
—Sorkol, quedas detenido por atentar contra la corona —sentenció Relio.
Sorkol lo miró y después dirigió su vista a Kandriu. Dejó escapar una estruendosa carcajada cuando se percató de su físico tan inofensivo.
—No lo creo… ¿y éste?, ¿también lo mandaron a aprehenderme? Oye, niño, no estorbes y regresa a casa con tu mamá.
—Yo no soy ningún niño y no estás en posición de hacer chistes, así que será mejor que te calles.
—Patéticos de quinta, no sirven para nada. Ese tal Gédmun que cree que es un gran líder y no es nadie, al igual que todos ustedes que trabajan para él. No son más que un montón de buenos para nada.
Relio se aproximó y le dio un puñetazo en la cara, lo agarró por el cuello y lo apretó tanto que Sorkol le costó respirar.
—¡Tú eres el único bueno para nada aquí! No vas a faltarle el respeto al rey ni a nadie en nuestra presencia, ¿entendido? —advirtió Relio. No vuelvas a repetir lo que dijiste, si quieres conservar tus dientes. Oigan, métanlo en la jaula ahora.
Dos guardias lo sujetaron por los brazos y prácticamente lo llevaron arrastrado hacia la jaula. Lo empujaron para que entrara porque se estaba resistiendo demasiado. Luego cerraron la reja con candado.
—Se van a arrepentir de esto, todos se van a arrepentir —amenazó.
Emprendieron su regreso al Castillo Real (o Ruzárch, como también se le conoce). Las personas se apartaban a un lado para dejarlos pasar. Se escuchaban leves cuchicheos de la multitud. Sus miradas curiosas y temerosas contemplaban sus pasos. Sorkol era de esos hombres cuya mirada incitaba a los otros a mantenerse alejados de él. La oscuridad que cargaba consigo se exteriorizaba sin disimulo.
Cuando llegaron, los centinelas de la puerta principal abrieron la entrada para que pudieran pasar.
—Avisaré al rey que ya tenemos a Sorkol —dijo Relio.
Apuró el paso y subió las escaleras hasta el segundo piso. Allí estaba Gédmun acompañado de varios miembros de La Corte Real. Se aproximó a él y en voz baja le comunicó las buenas noticias.
—Muy bien, no lo traigan aquí todavía, voy a reunirme. Cuando acabe yo les aviso y dile a Kandriu que venga, por favor. Corte Real, ya pueden entrar.
—Gédmun...
Una cierta indisposición se notó en él al escuchar esa voz; pero se volteó.
—Frídais, ahora no puedo hablar, tengo una reunión con…
—Sí, ya lo sé, voy también.
—¿Vas adónde?
—A la misma reunión que tú. El tema que vamos a tratar es muy importante, así que tengo que estar presente.
—Sí, sé lo importante que es y precisamente por eso voy a encargarme de esto yo solo.
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que no puedo ir?
—Escucha, esto es algo serio. Tengo que hacer todo lo que esté en mi poder para dar una sentencia apropiada y no creo que si estás presente eso ocurra. Necesito hacer esto bien y tengo que hacerlo por mi cuenta.
—Yo soy la reina, tengo tanta autoridad como tú sobre las cuestiones de este país y puedo perfectamente dar una “sentencia apropiada’’.
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Editado: 05.02.2026