Generalmente, en cuestiones de encantamientos y sortilegios, no existen ciclos abiertos o cerrados o cuentas pendientes que dificulten los andares. Eso no son limitantes para la magia porque esta puede viajar a cualquier sitio a libre voluntad. Esta vez…un poco de esa magia fue más lejos. Fue a un lugar desconocido buscando a alguien. Aleyda fue su elección. La ciudad de Fuente del Galán de Noche era donde vivía. Este nombre se debía a la gran cantidad de floristerías que vendían esa hermosa flor blanca. Joven alta, delgada, de tez mestiza y cabellera encrespada color caoba. Luisa; su abuela había fallecido hace casi un año. Esto fue muy triste para ella porque era muy cercana a su abuela, la quería mucho. La relación entre Aleyda y su madre; Susana, en cambio, era muy diferente, no era nada fácil. Siempre estaban discutiendo por alguna razón, ya fuera por culpa de una o de la otra. Susana parecía estar siempre molesta y cuando Aleyda trataba de averigüar qué le pasaba, esto solo desencadenaba más disputas, hasta que un día decidió no intentarlo más. Eso hizo que a veces no mediara conversación alguna entre ambas, solo un inaguantable silencio. El cariño madre-hija estaba presente; pero no muy expresado. La terquedad se los impedía. Susana siempre decía que no la criticara, porque no era la más indicada. Esa era su respuesta continua. Para Aleyda escuchar constantemente eso resultaba fastidioso. Se preguntaba si su mamá no tenía nada más que decir. Su contestación le parecía automática. Además del parecido físico de las dos, nada más parecía unirlas. La distancia entre ambas era tanta que desde casi un mes y medio no se veían ni se hablaban. Un tiempo antes ella le había comprado un apartamento a Aleyda para que viviese sola. Era pequeño. Susana también vivía en Fuente del Galán de Noche, en los límites de la localidad. El día de la compra de la propiedad, ella le comentó que quería independizarse económicamente y esta solo se echó a reír. Le dijo que eso era una locura y que no iba a poder lograr tal cosa porque no tenía idea de lo que tenía que hacer al respecto. Eso le molestó muchísimo. Tanto fue su enfado que su objetivo principal a partir de ese momento fue demostrarle que podía ocuparse de sí misma sin ayuda de ella ni de nadie. También quería comprobar si era capaz de enfrentar el desafío y que tal responsabilidad no iba a ser demasiado. Así fue y consiguió trabajo en una fábrica de confituras en la línea de producción. El salario era modesto, no era la gran cosa, aunque para ser su primera vez uniéndose a las fuerzas laborales no estaba nada mal. Un techo sobre su cabeza y comida eran sus dos máximas prioridades. Todo continuó marchando bien hasta que la fábrica comenzó a presentar problemas económicos, lo cual conllevó a realizar recortes de personal. Despidieron a los últimos cinco empleados que fueron contratados, entre ellos estaba Aleyda. No pudo encontrar ningún trabajo después de eso, no aparecía nada. Estaba preocupada, sobre todo porque quería evitar pedirle ayuda a su madre. No quería oír un “te lo dije’’. Se encontraba muy ansiosa, aunque esa no era la única razón. Desde hace unas semanas atrás estaba teniendo un sueño recurrente muy extraño e inquietante. Sucedía todas las noches. En el sueño se encontraba caminando por una montaña color morado y de pronto algo la paralizaba y la hacía flotar en el aire sin poder moverse, entonces una luz negra y blanca la atravesaba y la hacía caer en un hoyo. En el fondo había miles de rocas violáceas de donde surgían flores del mismo tono que se oscurecían al tacto. La comenzaban a cubrir, dificultando su respiración, hasta que después de unos segundos moría ahogada y acto seguido se evaporaba. Este sueño siempre la hacía levantarse sobresaltada y agitada, con una opresión en el pecho y dolor en todo el cuerpo. Nunca había creído en el significado de los sueños. La verdad no sabía ni por qué le prestaba atención, si realmente le parecía una tontería.
Una tarde al llegar a su casa fue tomada desprevenida. Abrió la puerta e inmediatamente algo la absorbió hacia dentro. No sabía que podía ser hasta que percibió…que estaba en el mismo escenario de su sueño (el que la visitaba constantemente) con la gran diferencia de que esta vez había escapado de su mente y se mostraba en la realidad. Todo se sentía más violento y espantoso que en los sueños. Su respiración comenzó a acelerarse, un ardor se dispuso quemarla por dentro. Cayó al suelo y quedó inmóvil en posición fetal. Aunque quería moverse, no podía. Estaba inmóvil. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos e imágenes de momentos de su vida asaltaron su mente; su primer beso en una excursión escolar, su abuela llevándola a pasear al parque, discusiones con su madre, su primera vez…era como un torbellino de vivencias pasando velozmente por su cabeza. Algo apareció de la nada y comenzó a cubrirla. Era como un velo negro que la apretujaba. Sintió miedo, mucho miedo. El ensueño fue tan intenso que se desbordó y se coló un poco por entre las rendijas de la puerta y salió afuera. Unos rayos color morado se deslizaron por la calle, por la hierba y se encaramaron por los árboles, incluso rozaron a varias personas que caminaban por las aceras; pero están ni se enteraron de lo que estaba ocurriendo. La magia y la realidad chocaron entre sí. Eso no se suponía que debía pasar; por eso la gente no percibía nada. Ahí estaba ese ensueño invadiendo un entorno ajeno por primera vez. Las fulminaciones se alzaron por encima de la edificación donde vivía Aleyda. Encontraron su punto máximo en un estallido resplandeciente. Acto seguido fueron dando marcha atrás y se arrastraron de vuelta al departamento de la muchacha. El velo que la cubría se fue desvaneciendo poco a poco. Luego de unos minutos abrió los ojos y fue grande su sorpresa cuando miró a su alrededor y se dio cuenta de que no estaba en la sala de su casa, sino al aire libre. Era de noche, hacía un poco de frialdad y una inusual luz color violeta y opaca que proyectaba la luna era el único rastro de iluminación que vio.
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Editado: 10.02.2026