La luz de la mañana atravesó la ventana e iluminó el desordenado cabello de Aleyda. Al despertar miró alrededor y se percató de que estaba en un cuarto; pero no el suyo. Sus brazos estaban vendados. Olían un poco a hierba. Sus lesiones habían sido curadas. La alcoba estaba polvorienta y llena de trastos. Le dolía la cabeza. Estaba un poco absorta y desubicada; pero fue capaz de recordar los sucesos de la noche anterior y comenzó a inquietarse. Lo ocurrido se sentía vívido, real y al mismo tiempo surreal y escalofriante. Se sentó en el borde de la cama tratando de analizar todo y… se percató de que ese sueño recurrente que estaba teniendo podría estar relacionado con lo ocurrido…o quizás no. No conseguía pensar con claridad ni conservar la tranquilidad. Un chirrido proveniente de la puerta la hizo ponerse en alerta. Decidió acercarse con sigilo para ver afuera, a lo mejor había sido una corriente de aire o algo así. Se llenó de valor y salió del cuarto despacio, dejando la puerta entreabierta tras de sí. Un olor a comida noqueó su olfato y su estómago crujió. Tenía mucha hambre. Vio una cesta llena de manjares sobre una mesa. Algunas de ellas tenían formas y colores un tanto inusuales, lo cual le llamó la atención y no en el buen sentido.
—Puedes comer si quieres —dijo alguien.
Aleyda se volteó con brusquedad. Había un muchacho frente a ella con el torso desnudo y tonificado. Vestía unos pantalones rasgados y desteñidos y estaba descalzo. Era bien parecido. Aleyda lo observó con cierto recelo y desconfianza.
—¿Quién eres tú?
—Eso debería preguntarte yo. Me llamo Diéder ¿y tú? —. Le preguntó antes de acercarse para estrecharle la mano.
Aleyda no le contestó ni tampoco lo saludó. Lo único que hizo fue retroceder unos pasos hacia atrás. La observó de arriba a abajo. Algo en ella despertó su interés.
—Tranquila, no voy a hacerte daño.
—Estoy muy tranquila.
—Creo que voy a ponerme una camisa.
—Si es por mi, no lo hagas, no hay mucho que ver de todos modos —mintió.
Diéder rió.
—Bueno, no creo que deberías ser tan grosera con quién te rescató y te curó las heridas…¿te duelen?
—No, ya no, gracias —respondió— ¿qué fue eso que me atacó?
—¿Eso…? era un uspirita murchiyo, un alma errante que a veces vaga por estos contornos. Vienen de Lojaniegre y están atadas a ese lugar permanentemente, siempre tienen que retornar ahí.
—¿Cómo dices?
—´´¿Cómo dices?’’…no entiendo…¿no sabes que es Lojaniegre?
—No ¿debería?
—Sí, claro que deberías. Todos los que viven en Vrímyol lo saben. Lojaniegre es un centro penitenciario ubicado en la isla Mauleno, cerca de Járess…que es justo donde estamos ahora…—explicó con tono condescendiente—. Vaya, eres muy rara ¿de dónde vienes? ¿De Marfét, Yemakel o…?
Aleyda lo miró muy extrañada. Comenzó a respirar con agitación. No tenía la más mínima idea de nada de lo que estaba hablando Diéder. Quería irse de ahí.
—¿Qué te pasa? Estás un poco pálida.
—No entendí nada de lo que dijiste…creo que mejor me voy.
—¿Cómo que no tienes idea de lo que dije? Espera, no te vayas así.
—Adiós.
—¡Espera!
Cuando se disponía a marcharse, Diéder la agarró por el brazo. Se volvió hacia él y lo empujó. Este tropezó con la mesa. Aleyda abrió la puerta de par en par y salió corriendo sin mirar atrás, perdiéndose entre unos arbustos. Diéder se asomó en la entrada y la vio a lo lejos. Aleyda no sabía qué rumbo tomar. Atravesó el primer sendero que encontró. No había nadie por ahí. El lugar estaba desolado. Se sentía tan abrumada que ni notó su aspecto desarreglado. Andando y andando divisó una roca de gran tamaño en mitad del camino y se sentó. Exhaló profundamente y comenzó a llorar. Cubrió su rostro con las manos y bajó la cabeza. No sabía qué hacer. Una muchacha que pasaba cerca de allí la vio y se detuvo un instante. Parecía venir de lejos, porque cargaba una mochila bastante abultada.
—Oye… ¿estás bien? —preguntó.
Aleyda alzó la cabeza y se levantó. Le alegró ver a alguien por esos rumbos.
—¿Me puedes ayudar, por favor?
Ella la observó con desconfianza y se mantuvo a distancia. No sabía si era una loca desquiciada o una asesina. No era difícil encontrarse gente así por esos contornos.
—Qué haces sola aquí? —dijo acercándose con cautela
—Es que no sé dónde estoy, no sé cómo llegué aquí. Fui atacada anoche por una especie de…criatura en pena, un muchacho la mató y me ayudó… un tal Diéder.
—¿Diéder?
—Sí… ¿lo conoces?
–No, es que tengo un conocido con un nombre parecido —mintió.
Eibhín sí conocía a alguien con ese nombre. Era la primera vez en mucho tiempo que lo oía y no lo sentía como una casualidad.
—Estos caminos son bastantes solitarios. Generalmente los que pasan por aquí vienen o van de viaje y tú no tienes ningún equipaje.
—En serio necesito ayuda, ayúdame, por favor—suplicó Aleyda.
Eibhín percibió la desesperación y el temor en su voz. Creyó en ella y accedió a auxiliarla.
—Está bien, vamos, ven conmigo, estamos muy cerca de la capital; pero antes es mejor que te arregles un poco, no deberías estar así. Me llamo Eibhín, por cierto.
—Soy Aleyda. Disculpa que te diga esto; pero tienes un nombre muy poco común. Nunca lo había escuchado. Ni Diéder tampoco.
—Lo mismo digo.
—Mi nombre no es tan común.
Eibhín se recogió el pelo dejando al descubierto unas pequeñas orejas puntiagudas. Eso llamó mucho la atención de Aleyda; al igual que el color gris de su cabello; pero no dijo nada, no quería parecer despectiva. Eibhín le prestó un peine y un par de zapatos. Luego de verse más o menos presentable se dispusieron a emprender el viaje hacia la ciudad de Yeíxz. Al llegar, Aleyda quedó impactada con ese lugar tan inusual. No podía creer lo que sus ojos veían. Todo lucía tan irreal, tan mágico. Volaban por el aire luces muy brillantes, algunas personas tenían un físico poco convencional, los atuendos parecían una mezcla de lo antiguo con lo moderno y las edificaciones tenían formas extrañas. Quedó boquiabierta y más confundida. No podía creer en verdad que eso estuviese pasando. Varia gente la miraban extrañados porque no entendían el porqué de su reacción.
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Editado: 10.02.2026