Sorkol estaba furioso por la traición de Diéder. «No había jugado para nada limpio», pensaba. Es gracioso que alguien como él hiciera esa clase de juicio, cuando lo único que ha hecho es exactamente eso, jugar nada; pero nada limpio. Quería darle su merecido. El hechizo que le había entregado a Diéder aún mantenía parte de su conexión, al menos por las próximas dos horas, por lo que podía saber con exactitud dónde estaba.
—Conque huyó…y con parte del dinero que le di por un trabajo que nunca llegó a hacer. Estúpido ataque de conciencia y un inútil traidor bueno para nada —dijo Sorkol—Solo espera, lo peor está por llegar, para todo el que esté en mi contra.
La magia de Sorkol aún estaba limitada. Desde hace ocho años atrás sus poderes fueron anulados por Kandriu, quien creía que también bloqueó su magia. Nunca más sus habilidades mágicas fueron la mismas. Por eso necesita con tanta desesperación la magia de Aleyda, porque con la misma recuperaría toda su antigua magia, la convertiría en algo más grande y adquiriría otras destrezas, como por ejemplo, inmunidad. Con esto podría hacerse dueño de todo lo que quisiera. Sería imparable. Tenía escasos recursos para acercarse con la muchacha; pero lo haría de cualquier manera, aunque tuviera que hacerlo esta vez por su cuenta.
Diéder se encontraba ahora en una de las ciudades de Yemakel, caminando en medio de una calle poco transitada. A lo lejos; pero en dirección a él unos pasos cada vez más apresurados se acercaban. Diéder lo notó al mirar atrás. No corrió, se quedó parado justo ahí. Desenvainó su espada y esperó el ataque que sabía que vendría. Unos tres hombres de aspecto extraño se aproximaron, y a medida que lo hacían sus cuerpos comenzaron a deformarse, a estirarse y a cubrirse de negro. Perdieron su forma original y se fusionaron. Ahora no eran más que meras sombras desfiguradas. Sus manos se tornaron muy filosas. Se lanzaron al ataque y Diéder hizo lo mismo. Este cayó al suelo. La criatura se abalanzó sobre él y lo hirió en el antebrazo. La herida tenía cierta profundidad. De repente, una espada iluminada salida de la nada atravesó a la criatura de lado a lado. La misma explotó. El arma pertenecía a Eibhín, quien regresaba de una fiesta.
—Oiga, ¿está bien?
Al acercarse se dio cuenta de que era Diéder.
—Diéder ¿…Qué haces aquí?
—Eibhín…vaya coincidencia.
—Sí, lo mismo digo.
—Gracias por ayudarme.
—De nada ¿estás bien? —preguntó, mirando su herida.
—Sí.
—¿Qué haces aquí en Yemakel ?, digo, si se puede saber.
—Esa pregunta es un poco invasiva ¿no te parece?...¡ayyy!
Diéder se quejó de dolor debido a su herida.
—Estás sangrando, no tienes que responderme si no quieres, pero dado que te salvé la vida…
—Me ayudaste, sí, pero ¿salvarme la vida?, no seas exagerada. Estaba todo bajo control.
—Más bien fuera de control, que bueno para ti que estaba cerca. Oye ¿por qué te atacaron?, ¿a quién molestaste esta vez?...
¿estás en problemas?
—No, no estoy en problemas y no enojé a nadie.
—No te creo.
—Estoy diciendo la verdad.
—Mentiroso, te conozco Diéder y no estás diciendo la verdad.
Ese “te conozco’’ fue su señal para cambiar de tema. Eibhín era no era tonta y sí, lo conocía bastante bien. Era como si pudiera ver a través de él. Había todavía cierta conexión entre los dos, todavía existía; pero si seguía insistiendo en ese asunto iba a arruinarlo todo para él. Se sentía un poco avergonzado de lo que había hecho. No quería que Eibhín supiera y tuviera una peor opinión sobre él de la que ya tenía.
—¿Me conoces, dices? ¿Y qué estoy pensando ahora?
—No soy adivina, deja de bromear. Esa herida no se ve nada bien.
—No es nada.
—Sí es algo, ven, te ayudaré.
Ambos se dirigieron al apartamento donde ella estaba residiendo. No era suyo, sino de su madre, la cual no se encontraba en ese momento. Al entrar fue hacia el botiquín para buscar unas medicinas verdes que guardaba. Preparó un ungüento y se lo colocó en la lesión.
—¿Te arde?
—Sí, me arde.
—Bueno, aguanta, solo te untaré un poco más. Mañana debería estar cicatrizada.
—Gracias por la ayuda, otra vez.
—Está bien.
Se quedó contemplándola. Eibhín percibió su mirada sobre ella; pero evitó mirarle a los ojos.
—Diéder, deja de mirarme así.
—Es que…nunca terminamos aquella conversación; la conversación que debíamos haber tenido cuando fui a tu casa.
—No la tuvimos porque no era necesario.
—Tú no confías en mi y tienes motivos; pero no soy un monstruo como puedas pensar. No soy el mejor; pero tampoco el peor y el que haya dicho que no te amara no me hace una mala persona.
—Yo desconfío de ti; pero no es por lo que has dicho. Es que…siempre pareces estar rodeado de misterios, cosas que callas y que no cuentas porque…me da la sensación de que no quieres que nadie lo sepa, que yo lo sepa y no me gusta nada.
—¿Me perdonas?
—Ya lo hice, tiempo atrás.
—No, realmente no lo hiciste. Necesito que me perdones, de verdad.
—¿Necesitas? ¿Por qué es tan importante para ti eso?
—Me he equivocado mucho. Me he cuestionado más cosas en los últimos días que en toda mi vida.
—La culpa… ¿no? ¿Y de qué eres culpable? A ver, sé sincero.
—No tengo nada que decir, todo está bien, malas actitudes, palabras, errores, eso es de lo que hablo.
—No sé si te mereces mi perdón, no sé si puedo dártelo.
—¿Y un beso, eso sí puedes dármelo?
Ella titubeó al principio; pero cedió al deseo que le tenía aún guardado.
—Entonces…
—No digas nada, lo puedes arruinar —dijo ella.
Se dejaron llevar por el deseo que sentían y al menos por un rato pudieron liberar todo lo que llevaban dentro. En ese momento no se sentían solos. La compañía del otro resultó ser un consuelo estimulante. La madrugada los halló rendidos en el suelo, envueltos en su propia ropa.
#1641 en Fantasía
#305 en Magia
romance amistad familia, fantasía magia poderes, venganza rencor drama
Editado: 10.02.2026