La ocasión, el ensueño, la invasión

Sexta parte

Ambos se miraron fijamente, muy enojados. Todo se volvió más definitivo en esta ocasión. Era más que un enfrentamiento entre distintas fuerzas de poder, era el principio de la culminación de un período. Sin límites se puede logra básicamente lo que sea. No hay remordimientos, ni dudas, ni cargos de conciencia, ni consecuencias que puedan frenar. Supongo que a los tipos malos eso les sucede mucho, y también a los buenos, aunque a veces tengan que poner a un lado su faceta de bondad y sacar lo peor de ellos mismos. Todo parece ser válido cuando la libertad y la vida está en riesgo. Yeíxz se convirtió en una ciudadela en ruinas en poco tiempo. Había gente herida, gente muerta, gente llorando, gente maldiciendo, gente vociferando mientras los grupos de salvamento los evacuaban. Magia blanca y oscura se enfrentaban. Hechizos, espadas, polvo, sangre, dolorosas y sobrecogedoras imágenes.

—¡Gédmun! —gritó Frídais.

—Frídais, vete al refugio con Vriiens.

Ambos estaban a un lado de un edificio. Sorkol merodeaba muy cerca de allí buscando a Gedmún mientras levitaba entre el viento arenoso y la masacre, seguido por sus secuazes fantasmales.

—¿Dónde estás escondida?

Él trataba de apartar a Frídais del tumulto. Varios guardias lo rodearon para protegerlos.

—Vriiens está bien —dijo ella.

—Papá, tengo miedo, quiero irme a casa —. Se quejó el niño.

—No temas, todo estará bien, nos veremos pronto, muy pronto. Frídais, váyanse ya, por favor.

—Voy a quedarme a ayudarte.

—¡No! Cuida de nuestro hijo, cuída de ti también, vete, vete ya…guardias, llévense a la reina y al príncipe al escondite.

Los tres se abrazaron. Gédmun besó a Frídais largamente en los labios. Ambos temían por su vida. Esa podría ser la última vez que se vieran.

—Su majestad —dijo Kandriu.

—Oye, deberías estar en la plaza, ya voy para allá.

—Vengo de allí, quería asegurarme de que estuviera bien. Deme su espada, voy a hacerle un hechizo de revestimiento mágico, así podrá combatir mucho más seguro y con más fuerza. Los demás hechiceros hicimos lo mismo con las armas de los soldados, solo falta usted.

—Claro, lo que se necesite, toma la espada.

—Sorkol vino más potente.

—Sí, lo veo; pero no te achantes, nosotros tenemos a Aleyda en nuestro equipo.

Kandriu puso el arma en el suelo y la rodeó con sus manos. Un círculo plateado se mostró sobre el filo de la misma. Este círculo se adhirió a la hoja de la espada y la revistió de una gruesa y brillante capa metálica que esparcía destellos rojos.

—Vámonos —dijo Gédmun.

—Vamos —dijo Kandriu.

—¡Oiga! —gritó una mujer.

Era Yiandre con su hija Nieary. Kandriu y Gédmun se giraron. Éste al verla se puso muy nervioso. Tragó en seco. Era la primera vez en mucho tiempo que la veía. No esperaba cruzarse de nuevo con ella. Apartó la mirada rápidamente no sin antes toparse con los ojos de Yiadre, fijos en él; aunque por poco tiempo. Nieary percibió las miradas de ambos; pero se limitó a quedarse callada.

—Necesitamos ayuda, no sabemos dónde tenemos que guarecernos.

—Kandriu, indícales.

Gédmun se alejó de allí rápidamente. Lucía inquieto ¿por qué sería?

Aleyda y Eibhín continuaban luchando contra los espectros. Aleyda mostraba una tenacidad y una determinación nunca antes vista. Hasta ella misma se sentía sorprendida. Bajo presión se desenvolvía muy bien. Alguien encapuchado, vistiendo ropajes desgastados y sucios se acercó a ellas dos; pero a una distancia segura. Aleyda lo reconoció y enseguida que lo vió arremetió contra él.

—¿Diéder, qué rayos haces aquí…después de lo que hiciste?

—Perdóname, sé que me equivoqué, no debí hacerlo, me arrepiento. Estoy aquí porque siento que tengo que enmendar lo que hice. Podía haber huido para siempre; pero mírame en Járess de nuevo. Soy consecuente con mis actos, aunque no lo creas.

—Ahórrate tu discurso barato. No te creo nada. Vas a pagar por lo que me hiciste, eso te lo garantizo.

Eibhín lo miraba con aborrecimiento.

—Mucha vergüenza sentirán Yiandre y Nieary cuado sepan lo ocurrido —dijo Eibhín—. Eres un maldito.

—Lo siento mucho, Eibhín, de verdad.

—Y pensar que te perdoné. Olvida que existo, por tu bien.

—Será mejor que te alejes de Kandriu. Él está deseoso por entregarte al rey, y no intentes matarlo, eso ya sería el colmo —dijo Aleyda.

Cuando Kandriu vio a Diéder junto a Aleyda y Eibhín el primer pensamiento que cruzó por su mente fue acabar con su vida; pero decidió no hacerlo. Eso era venganza y era el rey quien tenía potestad para sentenciarlo, no él, aunque ganas no le faltaban. Sorkol se aproximó a ellos mientras veía en la distancia a Gedmún acercarse a toda prisa empuñando la espada. Una niebla de color azabache cubrió enteramente a Yeíxz, dejándola sumida en una completa penumbra.

—Pero miren nada más, Diéder, el traidor. —dijo Sorkol cuando lo vió —. Sí, como lo oyen, Diéder trabajaba para mi desde hace dos años. Él sabía donde me ocultaba todo este tiempo; pero me traicionó y no secuestró a Aleyda como habíamos acordado ¿para qué volviste aquí? ¿te sientes culpable? Eso da igual, no te van a perdonar, Gédmun te condenará seguro, tal como hizo conmigo.

—¡Cierra la boca! Yo no soy de tu calaña, no me compares contigo—dijo Diéder.

—No hizo falta que le dijera nada al rey, Sorkol lo hizo por su cuenta —dijo Kandriu en voz baja—. Ahora todos lo saben.

—Sí, eres de mi calaña, si no fuera así no hubieras aceptado todo lo que te propuse. Eres tan basura como yo, solo que en mi caso yo lo sé reconocer. Yo no valgo nada…y no me importa. Tú tampoco vales nada…y en el fondo yo sé que tú lo sabes, entonces ¿por qué no eres sincero y lo asumes? ¿eh?

Diéder guardó silencio. Sus ojos se aguaron. Sorkol lo había humillado delante de todos. Eibhín lo miraba…con una decepción tal que lo hizo sentir aún peor.

—Pelea tan bien como puedas, Diéder. Puede que hoy sea tu último día.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.