La octava luna

Luna 4

Estaba en mi trabajo de carguero moviendo algunas cosas y no podía dejar de pensar en la hora; me sentía ansioso, de verdad quería ver a Alejandra, ayer me le había pasado tan bien con ella que no lo creía, quería seguir hablando con ella, quería saberlo todo de ella, su comida favorita, su color favorito, todo.

El tiempo corría lento y me parecía eterno, cuando salí del trabajo me fui directo al taller del viejo, no quería llegar a casa y encontrar con Enrique, estaba feliz y no quería que arruinara mi buen humor. Le pedí a Don Manuel me prestara su ducha y esta vez de verdad me sorprendieron, la esposa de Don Manuel; Doña Rosa, me tenía preparado un cambio de mi talla. No había interactuado mucho con ella pero cuando salí del baño ella se acercó a mí, al parecer el viejo le había estado contando de mi desde que comencé a trabajar ahí hace un año.

Una camiseta azul y unos pantalones nuevos de mezclilla sin ni un solo agujero, no quería aceptarlas pero Doña Rosa como su marido era muy insistente, incluso le pedí me descontara el costo de mi paga el próximo mes pero ella se negó. No sé cuántas veces les agradecí a ambos por lo que habían hecho por mí.

- Ve a por ella chico, no la dejes escapar –me sorprendí, nunca había visto al viejo tan emocionado por algo que no fueran sus muebles.

- Mucha suerte en tu cita, pequeño – ¿cita? ¿eso era una cita? Solo nos veríamos en el parque, no consideraba eso una cita.

Salí feliz del taller a encontrarme con Alejandra y entre más me acercaba podía sentir como mi corazón latía, me sudaban las manos y no podía dejar de acomodarme el cabello. Llegue a la cima de la colina y bajo el árbol ahí estaba ella. Su cabello largo estaba suelto y se movía con el viento, tenía puesto un short blanco y una blusa roja, que mostraba sus hombros y la hacía resaltar lo bonito de su piel morena, unas sandalias a juego con su blusa y una bolsa grande café. Me sentí flechado, que chica tan hermosa.

- Estas muy elegante – dijo ella, pero me sentía sumamente opacado por lo que ella era.

- Tú lo estas más, esa blusa se te mira muy bien – mis palabras se quedaban cortas.

- ¿De verdad? Gracias, traje algunas cosas conmigo ¿está bien si nos sentamos? -

- ¿No te ensuciaras? Tu short es blanco. – ojala hubiese traído algo para que se sentara.

- No te preocupes traje una manta conmigo.-

Ella hurgo en su bolsa café y saco una manta de rayas colorida, unos trastes con fruta y un juego "Uno" de cartas. Nos sentamos a comer mientras jugábamos; ella de verdad era muy buena, cuando menos me di cuenta ya tenía la mitad de la baraja en mis manos.

- Estoy seguro de que eres una tramposa, la próxima vez yo voy a barajear las cartas –me había ganado tres veces seguidas.

- Solo tienes que saber que cartas utilizar y cuando, no seas tan dramático – la comida se había acabado y ella estaba guardando las cartas.

- ¿Qué es lo que aremos ahora? – quería seguir.

- Traje mis audífonos, podemos escuchar música mientras esperamos la puesta del sol.

- Me parece genial ¿qué música tienes? -

- Enseguida te enseño, pero antes... – ella tomo su teléfono y coloco la cámara frontal –sonríe – dijo y nos tomamos una foto.

Después de eso nos recostamos y me dio uno de sus audífonos, pasamos el resto de la tarde escuchando música, hasta que llego la puesta. Me pare primero para ayudarla a levantarse pero ella me grito "espera" y me tomo otra foto.

- Lo siento, es que se miraba como para una foto y tenía que tomarla – después de eso acepto mi mano y vimos el sol caer juntos.

Las estrellas y la luna salieron y yo acompañe a Alejandra a su casa. Mientras caminábamos me comento que mañana no podría verla, hasta el próximo mes, ya que la condición de su madre para que ella lograra salir al parque ese día es que el domingo debía pasarlo por completo con su madre. Me parecía justo, no era el único que esperaba verla, su madre tenía todo su derecho, ella era su hija. Pero también había otra condición, su madre quería conocerme. Me entro el miedo, ¿que tal si no le agradaba y no me dejaba verla otra vez?. Al final acepte, la próxima vez iría a cenar a su casa.

Me despedí de ella en la puerta de su casa y después me fui corriendo al taller del viejo para cambiarme y volver a casa, no quería que Enrique me viera con esa ropa nueva. Llegue a la casa y él estaba tomando con unos amigos, intente pasar desapercibido pero me miro y comenzó a gritarme, me pregunto en donde había estado y si tenía dinero para comprar más cerveza, pero esta vez yo no tenía nada, me dio una paliza frente a sus amigos me tumbo al suelo y comenzó a golpearme. Tenía moretones en brazos, piernas y estómago, esta vez intente cubrir mi rostro para evitar fuera muy visible, no me creía capaz de volver a mentirle a Alejandra sobre lo que me había pasado, esta vez me alegre de no tener que verla mañana.




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