La octava luna

Luna 6

- ¡Casi me confieso a noche! – estaba tumbado en un sillón en la casa del viejo, él y Doña Rosa se habían servido café y me dieron un pedazo de pan. Para mi buena suerte ayer Enrique había salido con sus amigos de copas y no había llegado a casa por lo que pude levantarme temprano para ir al taller.

- Suena como una buena oportunidad, es una lástima que los interrumpieran. Me agrada que seas directo con lo que quieres chico – el viejo parecía divertirse con mi situación.

- Parece una chica muy comprensiva, me gustaría conocerla – Doña Rosa era lo contrario al viejo, se sentaba ahí a escucharme con una leve sonrisa, mientras el viejo se burlaba de mí y tenía una risa picara en su cara.

- No sé qué hacer, no creo volver a tener el valor para hacerlo de nuevo. Cuando toque el timbre de su casa estaba tan nervioso que podría morir y cuando ella abrió la puerta sonriendo, simplemente todo se esfumo. Es la primera vez que me siento así por alguien, ella me ha dado tanto en tan poco tiempo. No puedo evitarlo, estoy muy enamorado de ella – sentí como un nudo se había formado en mi estomago; Dios, si esto es estar enamorado. No estoy seguro de sobrevivir a ello.

- No tienes nada que perder chico, ve por ella, dile lo que sientes – sonaba muy fácil.

-¿Qué pasa si ella no me corresponde? – eso era lo que más me temía.

- Podrás decir que lo intentaste, no todos toman el riesgo y tú no eres para nada un cobarde – más que apoyo moral, parecía estarme retando. – Pero si vas a decirle lo que sientes ¡hay que hacer esto bien!, necesitamos velas, una comida deliciosa, buena música, una noche estrellada y un muy buen regalo. ¿Un collar? ¿una pulsera?, no importa el costo nosotros te ayudaremos.- parecía mas emocionado que yo mismo.

- Es muy amable, pero ya me han dado demasiado, no creo poder aceptar más. Además preferiría darle algo un poco más especial – ella no era una chica superficial, siempre vestía sencilla y no usaba accesorios.

- ¿Qué es lo que le gusta? Piensa en algo que realmente ame – Doña Rosa me hizo pensar, a ella le gustaba pintar y parecía ser su mayor sueño, quería regalarle algo relacionado con ello y la idea me fue brindada como un flechazo.

Ese día escribí una carta a Alejandra, sobre el no poder verla hasta el próximo mes y después de entregarla comencé a trabajar horas extra en el taller y dejar de lado mis demás trabajos. Eso a Enrique no le pareció y volvió a golpearme. Trabaje día y noche en mi regalo para Alejandra, quería que quedara perfecto y listo para cunado nos volviéramos a ver así que cada cosa contaba, además de eso también estuve pensando en lo que podríamos hacer y en lo que tenía planeado decirle. Ella era tan maravillosa que el decirle “me gustas mucho, ¿quieres salir conmigo?” no era suficiente.

Tenía todo listo, solo faltaba que ella estuviera aquí, me arme de valor y hable con su madre, le dije que estaba tan agradecido con su hija que le había preparado una sorpresa, al principio la señora me miro como un loco, pero termino aceptando mi petición. Le di la dirección del taller en una nota y espere por ella, las horas pasaron y las velas que tenía preparadas ya casi se habían consumido.

El viejo bajo varias veces a ver como estaba, estaba triste, apague las velas y me fui a dar la vuelta al parque. La luna estaba llena por lo que no parecía tan oscuro, llegue a nuestra colina y me sorprendió escuchar un sollozo. Era ella, tenía puesto un vestido de manga larga negro con mallas y botines.

- ¿Alejandra? – ella se volteo y me miro con sus ojos rojos y las mejillas mojadas.

- ¡Javier! – dio un brinco hacia mí y me abrazo muy fuerte, sus manos temblaban y no dejaba de llorar, la consolé sin decir ni una sola palabra, quería esperar a que ella me lo dijera.

- ¿Te sientes mejor? – seguía moqueando.

- Me he peleado con mi madre, me dijo que ya no quería que me viera contigo. Le grite, le dije que ella no sabía nada y me fui de la casa. – me quede sin habla y no sabía si estaba molesto o triste.

- Ella debe de estarte buscando, sería mejor que regresaras.-

- No quiero hacerlo, si no me permite estar contigo, no quiero ir de regreso.– eso me conmovió, ella de verdad se preocupaba y me quería cerca.

- Aun si ella no te deja salir y te prohíbe verme yo iré a visitarte, no debes preocuparte por eso, pero preferiría que fuéramos a tu casa, ella no se merece pasar por esa preocupación, solo trata de cuidarte –. la ayude la levantarse y ella me miro.

- Pensé que no volvería a verte, me dijo que habías ido a la casa para invitarme a ir a tu casa – ahora entendía, la señora había entendido todo mal, jamás llevaría a Alejandra a mi casa.

- En realidad, a donde quería llevarte es al taller donde trabajo, tenía planeada una cena para nosotros dos, pero al ver que no llegabas decidí dar una vuelta.

- ¿Una cena? ¿Cómo una cita? – su pregunta me exalto, claramente lo era, pero había otra intención en ello.




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