La octava residente

Capítulo 1 — Bienvenida a casa

El taxista llevaba veinte minutos intentando hablarle y ella llevaba veinte minutos sin escucharlo. Asentía en los lugares correctos, eso sí. Era una habilidad vieja, perfeccionada en cócteles y entrevistas: la cara mirando hacia adelante, los ojos enfocados a una distancia educada, el cuerpo simulando una atención que no estaba en ninguna parte.

La carretera había dejado de ser carretera hacía un rato. Ahora era un camino de tierra apisonada, flanqueado por encinas viejas que se inclinaban hasta tocarse en lo alto, formando un túnel verde por el que la luz de la tarde caía a pedazos. Vera vio pasar las sombras sobre el cristal sin darles nombre.

—¿Está segura de la dirección, señorita? —el taxista habló más fuerte esta vez—. Por aquí no hay nada.

—Está bien —dijo ella. Su propia voz le sonó ajena, como si la prestara—. Siga.

El hombre miró por el retrovisor. Nyxia sabía lo que veía: una mujer joven, demasiado delgada, con el pelo recogido sin esmero y un abrigo que costaba más de lo que él ganaba en tres meses. Una caja de cartón en el asiento del copiloto. Una maleta en el maletero. Ningún acompañante. La clase de pasajera por la que después uno se queda pensando si debió haber preguntado algo más.

No preguntó.

* * *

La mansión apareció al final del camino sin ceremonia, como si llevara horas esperándolos y no quisiera dárselo a notar. Tres pisos de piedra gris, ventanas altas, una hiedra antigua trepando por el flanco oeste hasta morir bajo el alero. El tejado de pizarra brillaba opaco. No había luces encendidas. No las había habido, calculó Vera, en años.

El taxi se detuvo a unos metros del porche. El motor siguió encendido.

—Hasta aquí —dijo el hombre, y carraspeó—. Si no le molesta.

Nyxia lo miró. Algo en la voz del taxista había cambiado: una nota apretada, casi infantil, que no encajaba con el resto. Tenía las manos sobre el volante como si quisiera asegurarse de seguir teniéndolas. Miraba la casa de reojo, sin enfocarla del todo, igual que se mira a un perro grande que uno no conoce.

—No le molesta —dijo Nyxia.

Pagó. Bajó. Sacó la maleta del maletero con un esfuerzo que la sorprendió: el cuerpo se le había vuelto frágil sin que ella se diera cuenta de cuándo, una de esas cosas que pasan mientras uno mira hacia otro lado. Apoyó la maleta en la grava. Volvió por la caja.

El taxi ya estaba dando la vuelta antes de que ella cerrara la portezuela. No esperó la propina. No esperó nada.

Nyxia se quedó quieta unos segundos, escuchando el motor alejarse. Cuando el silencio volvió, era un silencio enorme y limpio, sin tráfico debajo, sin voces lejanas, sin esa vibración baja de las ciudades. Solo el viento entre las hojas y, muy lejos, el grito breve de un ave que no supo identificar.

Levantó la vista hacia la casa. Hola, abuelo, pensó, y la frase le dolió tanto que tuvo que cerrar los ojos un momento.

* * *

La llave estaba donde el abuelo le había dicho hacía tres años, debajo de una piedra falsa junto al tercer rosal. La piedra falsa era un descaro: parecía exactamente lo que era. Nyxia casi sonrió. Casi. "Las cosas más importantes se esconden a la vista", le había dicho él la única vez que se la mostró, y luego se había reído como si hubiera contado un chiste privado que ella entendería más adelante.

La cerradura cedió con un chasquido grave, satisfecho. La puerta se abrió hacia un vestíbulo de techo alto, suelo de madera oscura y un olor a cerrado que era, sin embargo, limpio: madera vieja, papel, una sombra de lavanda. Nadie había entrado allí en mucho tiempo, pero alguien —¿quién?— había mantenido la casa con una mano paciente.

Empujó la maleta dentro. Cerró la puerta con el pie.

A su izquierda, un piano de cola dormía bajo una sábana blanca. A la derecha, una escalera de roble subía hasta perderse en la penumbra del primer rellano. Y en el centro, sobre la consola, lo que ella había venido evitando mirar desde que entró.

El reloj del abuelo.

Era un reloj de pared antiguo, de caja larga, con los números romanos esmaltados en un blanco que el tiempo había convertido en marfil. La aguja larga estaba detenida en el Dos. La corta, justo después del cuatro. Dos y diecisiete de la tarde: la hora exacta en que él había dejado de respirar, dos años atrás, en una habitación del segundo piso de esta misma casa, mientras ella corría hacia él en un avión que llegó demasiado tarde.

Nyxia se acercó. Levantó la mano hacia la llave de cuerda, que colgaba de una cadenilla pequeña al costado de la caja.

La detuvo a un centímetro.

—No —dijo en voz alta, y el sonido de su propia voz en la casa vacía la sobresaltó—. Hoy no.

Bajó la mano. La aguja larga seguía clavada en el cuatro como un alfiler. El abuelo había sido relojero toda su vida adulta. Tenía un taller arriba, en el segundo piso, contiguo al despacho, con mesas largas cubiertas de lupas y de engranajes diminutos en pequeños cuencos de cristal. De niña, Nyxia se subía a un taburete y él le ponía una pieza en la palma de la mano y le decía, muy serio: «Escúchala. Si está bien, suena de una forma. Si está mal, de otra. Un reloj no miente, mi amor. Si no funciona, es porque le falta algo. Y siempre le falta algo concreto».




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