La luz de la mañana se filtraba por las cortinas color crema del dormitorio, dibujando líneas suaves sobre el espejo de cuerpo completo donde Purificación se observaba con una mezcla de satisfacción y algo más oscuro, algo que ella misma no se atrevía a nombrar.
Se giró de lado, pasando las manos por su cintura ahora estrecha, por sus caderas que ya no abultaban como antes. Cada centímetro de piel tensa era un trofeo, una victoria sobre la versión de sí misma que había aprendido a odiar desde la adolescencia.
"Al fin", pensó, mientras sus dedos trazaban el contorno de su figura. "Al fin soy alguien. Al fin merezco lo que siempre me negaron".
El celular sobre la cómoda vibró. Puri se abalanzó sobre él con una urgencia que bordeaba lo patético, aunque ella jamás lo admitiría. La pantalla iluminó su rostro: un mensaje de Ernesto.
"Buenos días, preciosa. ¿Desayunamos pronto?"
Una sonrisa se extendió por su cara. Ernesto. El hombre que en la preparatoria pasaba junto a ella sin siquiera notar su existencia, el que reía con sus amigos mientras ella, con veinte kilos de más, intentaba hacerse invisible en los pasillos. Ese mismo Ernesto ahora la llamaba "preciosa".
"Nico fue solo un refugio", se dijo mientras escribía una respuesta coqueta. "Un puerto seguro cuando nadie más me quería. Pero Ernesto... Ernesto es el premio. El que siempre debí tener".
Guardó el teléfono en el bolsillo de su bata justo cuando escuchó la puerta principal abrirse.
—¿Puri? ¿Amor? —la voz de Nico resonó desde la entrada, cálida y familiar.
Ella suspiró. Esa voz. Esa maldita voz que durante años le había dicho que era hermosa cuando se sentía monstruosa, que la había sostenido cuando lloraba frente al espejo. Esa voz que ahora le recordaba todo lo que había sido y que desesperadamente quería olvidar.
—Estoy en el cuarto —respondió con desgano, acomodándose el cabello frente al espejo una última vez.
Nico apareció en el umbral de la puerta con un ramo de margaritas blancas en las manos y esa sonrisa de niño enamorado que alguna vez la había hecho sentir especial. Ahora solo le parecía... ingenua.
—Te traje flores —dijo, extendiendo el ramo hacia ella—. Sé que has tenido una semana pesada y quería verte sonreír.
Puri miró las flores con una expresión que intentaba ser neutra pero que no lograba ocultar cierta irritación.
—¿Flores? —preguntó, sin tomar el ramo—. Qué tierno, Nico. Pero sabes que soy alérgica.
Nico parpadeó, confundido. Su sonrisa vaciló.
—¿Alérgica? Puri, nunca me habías dicho...
—Ay, ¿no? —lo interrumpió ella, regresando su atención al espejo para aplicarse una crema en el rostro—. Bueno, pues lo soy. Al menos a las margaritas. Pero fue un lindo detalle. Gracias.
El silencio que siguió fue incómodo. Nico miraba las flores en sus manos como si de pronto pesaran toneladas. Lentamente, bajó los brazos.
—Perdón, amor —dijo con voz suave—. Se me olvidó.
"Se me olvidó", pensó Nico mientras tragaba la decepción que le apretaba el pecho. "¿Cuándo se volvió tan difícil hacerla feliz? ¿O siempre lo fue y yo no quise verlo?"
Puri lo observó por el reflejo del espejo. Vio sus hombros caídos, la forma en que sostenía las flores como si fueran una ofrenda rechazada. Sintió una punzada de algo—¿culpa?, ¿irritación?—pero la ahogó rápidamente.
—¿Vas a quedarte ahí parado todo el día? —preguntó con un tono más cortante de lo necesario—. Tengo que arreglarme. Quedé de verme con las chicas.
—Claro —respondió Nico, retrocediendo hacia la puerta—. ¿Quieres que prepare el desayuno antes de que salgas?
—No tengo hambre.
—Puri, necesitas comer algo...
—Nico —ella se giró para mirarlo directamente, con esos ojos que alguna vez lo habían mirado con vulnerabilidad y ahora solo mostraban frialdad—. No tengo hambre. Y no necesito que me cuides como si fuera una niña.
Él levantó las manos en gesto de rendición.
—Está bien. Está bien. Solo... cuídate, ¿sí?
Cuando Nico cerró la puerta detrás de él, Puri volvió a mirar su reflejo. Esta vez, su expresión era de triunfo mezclado con algo amargo.
"Cada día está más distante", pensó Nico mientras dejaba las flores en un florero de la cocina, aunque sabía que probablemente terminarían en la basura. "Pero la amo. Tiene que volver a ser la Puri de antes. La que me necesitaba. La que me veía como si fuera su héroe".
Se sentó en el sofá de la sala, mirando hacia la nada. Recordó la primera vez que vio a Puri en ese café cerca de la universidad, hace casi cinco años. Ella estaba sola en una mesa, leyendo un libro de poesía, con el cabello recogido en una coleta desprolija. Tenía sobrepeso, sí, pero sus ojos... sus ojos brillaban con una inteligencia y una tristeza que lo cautivaron instantáneamente.
Se había acercado a pedirle la hora, una excusa tonta, y ella le había respondido con desconfianza, como si esperara una burla. Pero Nico se había sentado, había preguntado sobre el libro, y durante dos horas habían hablado de poesía, de sueños, de miedos. Ella había llorado cuando él le dijo que era hermosa. Llorado de verdad, como si esas palabras fueran un idioma que nunca había escuchado.
"¿Cuándo perdió esa vulnerabilidad?", se preguntó Nico. "¿Cuándo dejó de necesitarme?"
Su teléfono vibró. Un mensaje de su amigo Mario: "¿Gym hoy? Necesitas desahogarte, hermano".
Nico no respondió. Solo se quedó ahí, mirando las margaritas que se marchitaban lentamente en el florero.
Dos horas más tarde, Puri llegaba al café boutique donde se reunía con sus amigas. El lugar era pretencioso y caro, exactamente el tipo de sitio que ella frecuentaba ahora para demostrar que había "subido de nivel".
Candi, Lorena y Marcela ya estaban sentadas en una mesa junto a la ventana. Las tres eran delgadas, impecablemente vestidas, y compartían esa aura de superioridad que Puri había aprendido a imitar a la perfección.