La Odiosa y la Diosa X L

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4: LA TRAMPA SE CIERRA
Dos semanas después del espectáculo que monté en el centro comercial, supe por una fuente confiable que Anona había renunciado a su tiendita de saldos.
Obvio. ¿Quién podría seguir trabajando después de que yo le recordara su lugar en la cadena alimenticia?
Me imaginé sus noches llorando, mirando el techo, preguntándose por qué el mundo es tan injusto.
Delicioso.
Mientras tanto, yo estaba ocupada con cosas más importantes: Ernesto, sus manos, sus mensajes que me hacían sentir que valía la pena existir.
Nico seguía en casa, pagando facturas, lavando platos, creyendo que todavía era relevante.
Pobrecito.
Una tarde cualquiera decidí pasar por "Eleganza", la boutique de Candi.
Necesitaba un vestido nuevo para mi próxima cita con Ernesto y, de paso, contarle a Candi cómo Nico se estaba volviendo cada vez más prescindible.
Empujé la puerta de cristal con mi café en mano, lista para chismear.
Y entonces la vi.
Anita.
Doblando suéteres con esa cara de mártir trabajadora, como si el esfuerzo físico compensara los kilos de más.
Me quedé en la entrada, pero no paralizada por sorpresa.
Paralizada por placer puro.
"Qué joya", pensé. "La gorda se metió sola en mi territorio".
Una sonrisa lenta se me dibujó en los labios mientras mi mente conectaba puntos con precisión quirúrgica:

De todas las boutiques de la ciudad, elige la de mi mejor amiga.
Justo cuando Nico ha estado raro, distraído, revisando su teléfono más de lo normal.
Justo cuando yo estoy a punto de dejarlo.

No era coincidencia.
Era estrategia.
Esa gorda desesperada había olfateado a Nico como un perro huele carne.
Sabía que yo frecuentaba "Eleganza".
Quería estar cerca.
Quería que yo la viera.
Quería provocarme.
Quería robarme lo que era mío antes de que yo lo tirara.
Perfecto.
Me encanta cuando las presas se entregan solas.
Anita levantó la vista y me vio.
Palideció.
Bien.
No le dije nada.
Salí con calma, saqué el teléfono y llamé a Candi.
—¿Dónde estás?
—En el banco. ¿Por qué?
—Ven a la boutique. Ahora.
—¿Qué pasa?
—Ven y lo ves.
Candi llegó en quince minutos.
La esperé fuera, fumando un cigarrillo que ni siquiera sabía que todavía llevaba en el bolso.
La jalé a un lado antes de que entrara.
—¿Por qué contrataste a ESA?
Candi miró hacia adentro y abrió los ojos.
—¿Anita? ¿Es la del centro comercial?
—La misma. —Mi voz era hielo—. ¿No te parece sospechoso que de todas las boutiques del mundo aplique justo en la tuya?
Candi empezó a dudar.
—Vino recomendada… pensé que era casualidad.
—¿Casualidad? —Reí bajito—. Candi, despierta. Esa gorda sabe que somos amigas. Sabe que vengo aquí. Está metiéndose en mi círculo para llegar a Nico.
—¿A Nico?
—Obvio. —La miré fijo—. Nico la defendió aquel día. Desde entonces está raro. Y ahora ella aparece aquí. ¿Crees que es inocente?
Candi miró de nuevo hacia Anita, que atendía a una clienta con su falsa amabilidad.
—No lo había pensado así…
—Pues piénsalo ahora. —Bajé la voz—. Esa clase de mujeres son las peores. Desesperadas. Sin opciones. Ven a un hombre decente y hacen lo que sea para atraparlo. Incluido infiltrarse en la vida de su pareja.
Candi se puso seria.
—¿Qué quieres que haga?
—Despídela. Hoy mismo.
—¿Sin causa? No puedo, Puri. Problemas legales…
—Entonces búscale una causa. —Sonreí—. Observa. Seguro roba, llega tarde, algo. O inventa algo. Di que falta dinero. Di lo que sea. Tú eres la dueña.
Candi dudó un segundo.
—Es… fuerte.
—¿Prefieres tener a la futura amante de mi esposo limpiando tu boutique? —Puse cara de víctima—. Pensé que eras mi amiga.
Candi cedió al instante.
—Claro que soy tu amiga. La despido. Dame un par de días para que parezca legítimo.
—No muchos. —La abracé—. Eres la mejor.
Entramos juntas.
Anita nos vio y se tensó.
Le regalé mi mejor sonrisa falsa.
—Hola, Anita. Qué sorpresa tan… conveniente.
Trabajo aquí ahora —dijo, intentando sonar firme.
—Sí, lo veo. —Me acerqué al mostrador—. ¿Y cómo conseguiste el trabajo? ¿Alguien te lo recomendó… especial?
—Una prima de una amiga —respondió, confundida.
—Ajá. —Miré a Candi—. Qué pequeño es el mundo, ¿verdad?
Candi intervino, fría:
—Anita, ve al almacén a organizar las cajas nuevas.
Anita se fue.
Sentí su miedo en la espalda.
Perfecto.
Esa noche, en casa, esperé el momento adecuado.
Nico estaba en el sofá, relajado.
Le puse mi mejor cara de curiosidad inocente.
—Amor, ¿has sabido algo de esa muchacha del centro comercial? ¿Anita?
Nico se tensó apenas.
—¿Por qué preguntas?
—Curiosidad. Me sentí mal después. Quería disculparme. ¿Sabes dónde trabaja ahora?
Nico me miró un segundo de más.
—Qué bueno que quieras disculparte. Sí, hablé con ella. Es buena persona.
Sonreí por dentro.
—¿Hablaste con ella? ¿Cuándo?
—Hace unos días. Fui a disculparme en tu nombre.
—Ay, qué lindo eres. —Le acaricié el brazo—. Pero no era necesario ir en persona.
—Sentí que sí. Ella merece respeto.
—Claro. —Mantuve la sonrisa—. ¿Y siguen en contacto?
Nico dudó.
Error.
—Le di mi número por si necesitaba algo. Nos hemos escrito algunas veces. Cosas normales.
Me levanté, besé su frente.
—Eres un santo.
Fui al dormitorio, cerré la puerta y dejé que la furia saliera.
"Ya están en contacto. Se escriben. 'Cosas normales'".
Mi mente lo vio todo claro: Nico yendo a la boutique, Anita sonriéndole con esa falsa bondad, él cayendo en la trampa de la gorda necesitada.
"Esta vez no".
Le escribí a Candi:
Puri: Confirmado. Nico admite que se escriben. Está en contacto con ella. Sácala YA.
Candi: Qué puta. Tranquila. Mañana empiezo a buscar la excusa perfecta.
Puri: Sabía que podía contar contigo.
Me miré al espejo.
Hermosa. Delgada. Ganadora.
"Anita cree que puede jugar en mi liga.
Error fatal.
Pronto va a aprender que cuando yo declaro guerra, no hay prisioneros".
Y me acosté feliz, planeando cada paso.
Porque yo no pierdo.
Nunca.
FIN DEL CAPÍTULO 4




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