20 de septiembre de 1885
Antes de siquiera poder notarlo, la estancia de Abbadon ya había llegado a la quincena de longevidad, el pasar de los días se volvió ameno con ayuda de tan agradable compañía.
-Toma, es un recado de parte de Georgine –una joven se acercó a entregarle una nota
-¿Qué es lo que dice la nota, Vincent? –preguntó Benjamín
-Te espero en la azotea a las seis de la tarde del presente día -el destinatario de la nota observó fijamente la torre donde había tenido su último encuentro con la joven pelirroja
-Si no conociera la reputación de tu puntualidad será mejor que te des prisa, la cita será exactamente en una hora, además todavía tienes pendiente arreglarte para el baile de hoy -le recordó Samuel
-Por dios, no tomé en cuenta el baile. Miren háganme un favor, consiganme un ramo de flores, se los agradeceré.
Nunca en una década había dudado sobre la vestimenta que usaría, más, sin embargo, en esta ocasión ante la perspectiva de la danza, de lo único que tenía certeza, era que portaría un traje y como la mayor parte de su ropa era ello, no habría alguna limitación, el enigma a resolver sería cuál usaría. Había desde los trajes clásicos de color negro, hasta alguno más atrevidos en tonos grises y azules, todos estos formaban parte de su colección, pero al final en su elección se inclinó por su traje de corte italiano color carmesí. Y tras batallar unos minutos por acomodar su cabello por fin estuvo listo.
-Las seis menos cinco, siempre a tiempo –pese a su orgullo su voz se oía entrecortada, pues la única razón de haber llegado a tiempo era gracias a la carrera que había emprendido hasta el punto de encuentro.
Mientras recuperaba el aliento una voz a sus espaldas susurró- el traje te sienta bien, hace resaltar tus facciones.
El muchacho dio un giro de ciento ochenta grados, aunque incluso antes de voltear sabía de quién se trataba, ofreciendo una amplia sonrisa al ver a Miss White, aquella no era una sonrisa fingida, era una genuina sonrisa de oreja a oreja, en su mente el joven no podía creer que se encontraba frente a la chica más hermosa que pudiera haber visto jamás, su simple presencia provocaba el enrojecimiento de sus mejillas y aceleraba su corazón como si hubiese corrido un maratón.
Frente a él, Georgine lucía un espectacular vestido rojo, el cual hacía juego con el encendido color de su cabello, aunque siendo objetivos no era la vestimenta lo que lo cautivó, era esa hermosa mirada lo que lo dejaba anonadado, aunque aquello no era ninguna sorpresa, era capaz de robarle suspiros a cualquiera, sus ojos, como amaba sus ojos, fue desde el primer momento que los vio cuando todas las historias de amor cobraron sentido, cuando por fin comprendió a quién se referían los versos de los poemas, cuando cada canción le susurraba su nombre. Sabía que se había enamorado.
-¡Wow! –definitivamente le había robado las palabras- yo… yo te traje estas flores, aunque probablemente deben estar celosas porque hurtaste la palabra belleza y le diste un verdadero significado dejándolas fuera de su connotación.
-Eres un adulador muy cursi, pero me gustas… digo me gusta.
El chico le guiñó un ojo e hizo una reverencia- ¿Me permite llevarla al baile?
-Será un placer –le contestó levantando ligeramente sus faldas y haciendo una ligera inclinación
Ambos jóvenes se miraron fijamente y contuvieron la respiración, hasta que estallaron en una carcajada, imitar la forma pomposa en la que se comportaban los adultos era una de sus actividades favoritas.
-Eso es divertido, en general hay muchas tradiciones las cuales me parecen ridículas –dijo la chica entre risas.
-Si como la de los anunciantes de títulos –contestó mientras bajaban las escaleras- Con ustedes El archiduque de Londres, Conde de Chelsea, miembro de honor de la corte en el Palacio de Buckingham, el señor Reginald Wood –bromeó Vincent entrando en personaje y poniendo un dedo bajo su nariz para simular un bigote.
Habían llegado sin demora alguna, las parejas esperaban pacientemente a que abrieran el salón, situados junto a la entrada se encontraban dos hombres, reconoció al de la derecha, era William, el hombre que lo había recibido en su primer día.
El aviso anunciaba que a las ocho en punto el baile comenzaría. Cuando por fin las puertas dobles se abrieron, revelaron un amplio y elegante salón que parecía esperar con paciencia la llegada de los invitados. La universidad no ocultaba en absoluto su fascinación por el mármol blanco, pues todo el suelo estaba hecho de este material pulido, cuya superficie reflejaba la luz como si fuera un tranquilo espejo. El resplandor se deslizaba por las paredes revestidas de seda en tono champán, envolviendo el lugar en una atmósfera cálida y refinada.
Sin embargo, ningún salón de baile estaría completo sin su debida decoración. A lo largo de los muros descansaban, colocados con meticuloso cuidado, antiguos cuadros y espejos de marcos victorianos, que multiplicaban la luz y daban al lugar la sensación de ser aún más amplio y majestuoso.
En un comienzo los invitados se dirigieron a las mesas que se encontraban en los extremos, decoradas con manteles de encaje blanco y centros de mesa exuberantes. Rosas rojas, lirios blancos y orquídeas moradas se entrelazan en altos arreglos florales y elegantes jarrones de cristal.
Editado: 04.06.2026