“7 de marzo de 1882
El paisaje, teñido bajo un cielo gris, evocaba una profunda melancolía. Contemplar la ausencia de vida en aquellos que conocemos es algo para lo que jamás estaremos preparados, y el golpe resulta aún más cruel cuando la llama de la vida se extingue ante nuestros ojos.
No podemos evitar el miedo, la tristeza, el dolor. ¿Cómo dejar ir a quienes un día compartieron nuestros momentos más importantes? Incluso en escenarios como la guerra, donde las probabilidades de morir son elevadas, uno se aferra al optimismo: siempre espera lo mejor, cree firmemente que ese destino no le pertenece ni a uno mismo ni a quienes ama; que la muerte será ajena, al menos hasta que llegue su propio final.
¿Cómo iba él a imaginar que aquella sería la última vez que vería esos ojos llenos de esperanza, pertenecientes a quien consideraba su hermano?
Abbadon contempló el instante en que el edificio se desplomaba, arrebatándole la vida. Ahora, bajo los escombros, yacía su cuerpo inerte. Toneladas de concreto aprisionaban lo que quedaba de él, y tan solo una mano libre emergía entre los restos.
Una desesperación insoportable lo invadió. Aun sabiendo que las probabilidades de supervivencia eran nulas, no podía dejarlo ahí. Instintivamente, tomó su mano, repitiendo una y otra vez que lo sacaría de aquel lugar.”
-Vincent.
-¿Qué? Ah si, ¿Qué sucede?
-¿Te encuentras bien? Es como si te hubieras desconectado -se notaba la preocupación de Alondra.
-Si, claro. Yo estoy… -distraídamente sus manos buscaban el collar bajo su camisa- bien.
-¿Seguro? -La joven después de haber visto aquella escena no podía terminar de creerle- ¿Por qué usas en un collar un anillo? -le preguntó la chica al ver su destello ante la luz de una lámpara.
-No es de mi medida, pero me gusta mucho -Abbadon mintió- debemos ir a Cambridge -cambió el tema abruptamente.
-¿A la universidad? Yo no creo que sea conveniente, es un lugar muy llamativo -Alondra se preocupaba más con cada segundo que pasaba.
-No, soy yo el que ha de ir, no tienes que acompañarme si así lo deseas, sin embargo, es necesario que yo lo haga.
-No te dejaré solo, iré contigo.
-Si te tranquiliza, necesito que hagas guardia solamente, el resto necesito hacerlo solo.
-Pero ¿qué pasa si hay soldados allá? no veo conveniente que tú… -La mirada que Abbadon le dirigió fue tan dura que prefirió no replicar.
Al acercarse, notaron que el ala oeste de la institución se encontraba en llamas. ¿Qué clase de desgraciado sería capaz de destruir un lugar cuyo único propósito era preparar a los jóvenes para su futuro? Un espacio pacífico, ahora mancillado por la violencia y la ira de desconocidos ajenos a la nación.
Sin embargo, la razón podía ser más evidente de lo que parecía. Es bien conocida la frase: “la pluma es más poderosa que la espada”. Si el ataque iba dirigido a este lugar, entonces buscaban doblegar a los ingleses desde su raíz. Pero incluso ahora, sin la aparente presencia de ese valioso pilar, el espíritu de lucha perduraría.
Durante su estancia en Cambridge, además de entregarse al estudio, Vincent se refugiaba en las sombras en cuanto la noche caía sobre el castillo. Amparado por la penumbra, vagaba por los desiertos pasillos, teniendo como única compañera a la luna, que lo observaba desde cada ventana. Con el tiempo, llegó a conocer hasta el más mínimo rincón del lugar: desde los grandes salones hasta los pasajes ocultos. Aquello le facilitaba ahora su avance. Nada podría detenerlo; incluso si el camino se hallaba bloqueado por escombros, sabría qué ruta tomar.
En parte gracias a ese entorno, la ansiedad se había disipado momentáneamente. Su mente solo tenía espacio para tomar decisiones; era algo que había aprendido con el tiempo. Sin embargo, una ola de emociones lo golpeó al encontrarse con el retrato de Georgine sobre su cama.
Con destreza, desprendió una de las tablas del suelo. Aparentemente, había sido utilizada como escondite, y uno bastante efectivo: lo que buscaba aún seguía allí. Una pequeña llave.
Con ella en su poder, se apresuró a salir. No obstante, tenía la inquietante sensación de no estar solo. Escuchaba su nombre, risas lejanas, un cántico que parecía llamarlo. Las llamas tampoco cesaban.
Avanzó con tal rapidez que, al seguir aquella melodía, terminó de frente ante el fuego. Pero algo no encajaba. Era como si su mente se negara a comprender lo que veía. Incluso la música parecía emanar de las propias llamas.
Y entonces lo vio.
Entre el fuego… había alguien.
¿Qué demonios era esa cosa? A medida que se acercaba, su forma se volvía cada vez más antinatural. Conservaba ciertos rasgos humanos, pero sus huesos eran negros como el carbón. De su espalda emergían un par de alas semejantes a las de un murciélago, desgarradas y perforadas. La escasa piel que cubría su cuerpo era de un rojo intenso, similar a las escamas de una serpiente… o incluso de un dragón.
La criatura no se detuvo hasta quedar frente a Vincent. Este hizo un rápido movimiento en busca de su arma, intentando defenderse. Pero fue inútil.
Editado: 04.06.2026