20 de Febrero de 1886 (Actualidad)
Con cada día que pasaba, la ciudad adoptaba un tono gris cada vez más lúgubre, como si alguien hubiese absorbido su color con una extraña aspiradora invisible. Los habitantes comenzaron a desaparecer, y en su lugar, las ratas se adueñaban de las calles, alimentándose de los restos de quienes alguna vez las habitaron.
Debido a la resistencia de Abbadon y Alondra durante el ataque en El Guante, los invasores optaron por tomar medidas más severas: sitiar Cambridge. De este modo, impidieron la llegada de ayuda externa y provocaron una creciente escasez de recursos.
Aun en medio de aquella situación desfavorable, los jóvenes lograron adaptarse… aunque de una manera forzada.
El constante acoso contra los inocentes habitantes de la ciudad despertaba en Vincent una mezcla de furia y tristeza. Una sensación de impotencia le oprimía el pecho, pues mantenerse al margen iba en contra de los valores que habían guiado su vida. Sin embargo, en el fondo sabía que intervenir en ese momento solo inclinaría aún más la balanza en su contra.
Por ello, y en contra de su voluntad, decidió seguir el consejo de Alondra y mantenerse al margen… al menos hasta reunir los recursos necesarios para enfrentarse al ejército de rostros sin nombre que obedecía ciegamente a aquella implacable maquinaria militar.
No obstante, aquella amenaza nunca les era ajena. Debían permanecer en constante alerta, evitando con cada jornada el acecho de los legionarios forasteros.
Así, con el primer destello de la aurora, abandonaban en silencio el refugio que los cobijaba, deslizándose entre sombras hacia un nuevo escondite. El peligro los seguía de cerca, y con una meticulosidad casi obsesiva, borraban cada huella, cada rastro de su paso, temiendo ser descubiertos en aquel escenario desolado.
Para Abbadon, todo aquello era como un amargo retorno al pasado. Las tareas que ahora desempeñaba (montar guardia, buscar alimento, asegurar refugios) evocaban la vida que tanto había intentado dejar atrás.
Aunque el peso de la responsabilidad era compartido, con el paso de los días se volvía cada vez más opresivo. Detestaba cada aspecto de aquella situación. No hacía mucho tiempo creía haber recuperado la libertad, haber encontrado la calma de una vida que muchos llamarían normal. Pero ahora, los acontecimientos lo arrastraban de nuevo a la miseria del miedo.
Por ello, incluso en sus momentos de descanso, su mente no cesaba. Pensaba, analizaba, buscaba una salida. Lo que antes era una necesidad, ahora se había convertido en una obsesión.
Hasta hacía apenas unos días se refugiaban en una casa modesta pero cómoda de dos pisos. Sin embargo, para preservar su libertad, se vieron obligados a abandonarla y trasladarse a un nuevo escondite: una pequeña vivienda de madera, de una sola habitación, situada bajo las vías del tren.
El constante cambio, sumado a las precarias condiciones, comenzó a tensar el ambiente. La incomodidad era palpable, casi tangible, como si pudiera cortarse con un cuchillo.
Cada mañana, la casa se sacudía violentamente ya que al menos tres veces al día, un ferrocarril atravesaba las vías a gran velocidad. Abbadon había comenzado a acostumbrarse, hasta el punto de reconocer cuándo ocurriría, guiándose únicamente por el crujir de la madera.
-¿En qué trabajas? -Alondra le preguntó una tarde tras haber vuelto de recolectar alimentos.
-Trato de idear un plan, no quiero estar más a la merced de esos bastardos
-Me preguntaba hasta cuándo empezarías a crear una estrategia para salir de esta situación de porquería
-Entonces ¿simplemente esperabas a que yo hiciera todo el trabajo? -preguntó Vincent irritado, la frustración que mostraba no era hacia la chica, más bien era hacia sí mismo y la situación -en lugar de crear un plan decidiste quedarte de brazos cruzados
-Es evidente que me he pasado todos estos días tratando de pensar en cómo salir de este embrollo, pero cada uno de mis planes terminan inconclusos -esa acusación la dejó algo dolida- además, tú eres la única persona que podría ayudar, ¿Acaso no te das cuenta? -Esa última pregunta la había hecho con el corazón en la mano- puede que no te guste, pero tú tienes experiencia lidiando con problemas así.
-Yo… -Vincent había enmudecido sintiéndose avergonzado, no tenía derecho a atacar a la chica- lo siento.
-Preferiría que en lugar de disculparte siguieras trabajando en el brillante plan que nos sacará de este agujero.
-Claro -respondió mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro, algo dentro de su mente había hecho clic.
Durante los días posteriores, el refugio se hallaba completamente lleno de papeles; parecía como si Vincent intentara tapizar cada centímetro de madera.
Abbadon no había dejado de trabajar desde su última conversación con Alondra. Apenas se apartaba de sus notas; sin exagerar, solo lo hacía para dormir y comer… bueno, y para cumplir con sus turnos en las distintas tareas.
Una madrugada, la joven despertó sobresaltada ante un grito de su compañero. No era de terror, sino de pura euforia.
-¿Qué ocurre? Son las dos de la madrugada…
-¡Finalmente lo tengo! —exclamó—. He terminado el plan para salir de aquí. Solo necesito un par de días más para ponerlo en marcha.
Editado: 04.06.2026