-Será mejor que se calmen de una buena vez -les exigió Christian
-Bueno ahora que todos cuentan sus historias, a mí también me gustaría contarles la mía.
“12 de Febrero de 1886
Eran las tres de la tarde. Todo se mantenía en calma… hasta que el caos estalló.
Gritos comenzaron a surgir por todas partes. Los militares irrumpían en casas, establecimientos y edificios, sin dejar un solo lugar sin revisar.
Un grupo de aproximadamente seis soldados entró con violencia a un pequeño edificio de departamentos. De cada vivienda sacaban a mujeres, niños y hombres, arrancándolos de sus hogares por la fuerza.
Quienes se resistían eran golpeados sin contemplación. Aquella demostración de brutalidad buscaba imponer miedo, evitar cualquier oposición.
Y funcionaba… hasta cierto punto.
Porque cuando uno de aquellos hombres armados irrumpió en un departamento del segundo piso, encontró algo inesperado.
En parte, por su propia arrogancia.
-Las manos arriba -ordenó el soldado.
-Sin tu arma no eres nada, ¿verdad? -respondió Maximilian.
-Puedo ganarte a puño limpio, escoria. Barreré el suelo contigo.
-Ven y demuéstralo.
El orgullo del militar nubló su juicio. Aceptó el reto, dejó su arma a un lado y se plantó frente a él.
Grave error.
Max se lanzó de inmediato. La tacleada lo envió hacia atrás con violencia, arrancándole un golpe seco al impactar contra el suelo.
Pero no estaba solo.
Un segundo soldado apareció. Max no dudó en repetir el movimiento…
y entonces el suelo cedió.
Ambos atravesaron la estructura y cayeron al piso inferior. Max logró amortiguar el impacto usando el cuerpo de su enemigo, quien quedó inconsciente al instante.
Sin perder tiempo, se puso en pie y tomó el arma que había quedado cerca. Ahora, al menos, tenía una oportunidad de escapar.
Para su fortuna, la calle estaba despejada. Los soldados seguían ocupados dentro de los edificios.
Corrió.
Tan rápido como pudo.
Para cuándo alguien notó su ausencia, ya se encontraba lejos.
En lugar de huir como cualquiera, eligió el camino opuesto: se dirigió hacia las zonas que ya habían sido atacadas, confiando en que así evitaría ser encontrado.
Su lógica era correcta…
hasta que dejó de serlo.
Un soldado que patrullaba logró sorprenderlo. Lo derribó con fuerza y comenzó a golpearlo sin piedad.
Max no veía salida.
Hasta que alguien intervino.
-¿Quién está ahí…? -preguntó, desorientado.
-Mi nombre es Christian -respondió el desconocido.
Max recuperó el aliento poco a poco.
-Te lo agradezco… No habría podido salir de esa por mi cuenta.
-Ni lo menciones. Estamos en el mismo barco.
Max asintió, incorporándose con dificultad.
-A partir de ahora… yo cubriré tu espalda.””
-Yo también quiero que adivines a qué me dedico. Me gustó tu truco -comentó Maximilian, sin ocultar su emoción.
-Eres jugador de fútbol americano -respondió Scott.
-Eso debió ser fácil para ti, seguramente me has visto jugar.
-Lamento matar tus ilusiones, pero no, es tu nariz desviada lo que me dio la primera pista, indica una lesión típica de un deporte rudo, pero es en realidad tu hombro lo que te delata: está ligeramente inclinado, señal de otro golpe mal curado.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
-Además… atacas como un toro. Embistes.
Editado: 25.06.2026