La Orden de la corona: Entre cenizas y sombras

Capítulo 23 - Bajo la máscara

24 de Marzo de 1886 (Actualidad)

-Bueno, vayamos por la comida, podemos movernos en el camión -dijo Eduardo.

-Yo vi unos uniformes dentro de las cajas, tal vez podamos disfrazarnos para pasar desapercibidos -sugirió Samuel. Sin embargo, al probárselos notaron que faltaban cuatro, por lo que aquellos no uniformados tuvieron que ocultarse en la parte trasera.

-Oye, Samuel -lo llamó Maximilian durante el trayecto.
-¿Sí?
-¿Cómo es que sabes usar un rifle?
-Mi padre era veterinario, él me enseñó a disparar.
-Creí que la función de un veterinario era curar animales, no matarlos -intervino Dian, con cierta suspicacia.
-Así es, solíamos ir al bosque y usar tranquilizantes para poder atender a los animales enfermos.

Como Vincent lo había anticipado, no tardaron en llegar al Gran Almacén. El edificio hacía honor a su nombre: tres pisos que se alzaban con imponencia, ocupando toda una cuadra, como un gigante silencioso que había resistido al caos… al menos en apariencia.

Ya estaban ahí. Ahora venía lo complicado: entrar.

Sabían que la entrada principal estaría bloqueada, así que rodearon la estructura en busca de algún punto vulnerable.

-Miren ahí -señaló Christian.

Una rejilla.

-Buena vista -aprobó Alondra.

El acceso fue a través de los ductos de ventilación. El trayecto resultó incómodo y sofocante; el aire era pesado y plagado de insectos que se deslizaban entre las sombras. Arañas, cucarachas y otras criaturas parecían reclamar ese lugar olvidado.

-Max, Benjamín y Alondra, planta baja -ordenó Abbadon- Eduard, Christian y Samuel, segundo piso. Dian, tú vienes conmigo.

-A trabajar -respondió Benjamín.

-Esperen -los detuvo Vincent- Cuando terminemos, nos reunimos aquí… y manténganse alerta.

Cada grupo se dispersó, recolectando todo lo que podían: alimentos enlatados, pan, agua, ropa… cualquier cosa útil. El silencio del lugar resultaba inquietante, roto únicamente por pasos apresurados y el leve eco de objetos siendo guardados.

Pasaron más de dos horas antes de reunirse nuevamente, cargando mochilas repletas.

-Fue una buena recolección -comentó Benjamín- Será mejor irnos antes de que caiga la noche.

-Cierto, además encontramos unos mapas -añadió Eduard- Podemos revisarlos en el refugio.

Pero cuando se dirigían a la salida, el ambiente cambió.

Un humo espeso comenzó a extenderse lentamente.

Al principio era tenue… luego se volvió denso, sofocante, como si el lugar llevara horas ardiendo en silencio o como si una niebla antinatural hubiese invadido cada rincón.

-¡Cucarachas! -exclamó Samuel con repulsión.

-Olvídate de eso -replicó Abbadon con voz tensa- Esto no es normal.

-No me gusta nada -añadió Maximilian.

El humo terminó por devorarlo todo. La visibilidad se redujo a casi nada.

-Manténganse cerca -ordenó Alondra.

Y entonces, tan repentinamente como apareció… desapareció.

Frente a ellos, seis figuras.

Desarmadas.

Rodeándolos.

El equipo reaccionó de inmediato, pero algo estaba mal. El metal de sus armas comenzó a calentarse de forma antinatural, obligándolos a soltarlas con un siseo doloroso.

Incluso si hubiesen podido usarlas, la cercanía de los enemigos hacía imposible cualquier maniobra efectiva.

-¡El hombre de la máscara! -exclamó Alondra.

-El de la fábrica -añadió Dian.

-Hola de nuevo… -su voz, grave y distorsionada, resonó con un eco inquietante- Creo que ya notaron que están rodeados… ríndanse.

-Y creo que tú no sabes contar -replicó Eduard- Será mejor que cierres la boca antes de que lo haga yo.

-A ellos.

El combate estalló.

Golpes, choques, respiraciones agitadas.

Los cinco acompañantes del enmascarado cayeron uno a uno. No eran rivales dignos… no como él.

Pronto quedó solo.

-Somos ocho contra uno -dijo Benjamín con una sonrisa tensa- A ver si ahora sí cuentas bien.

-Antes de terminar contigo… -intervino Christian- ¿Alex y Charly estaban contigo?

-¿Quiénes?

-Eso es suficiente.

El puño de Abbadon impactó de lleno contra la máscara.

Se quebró.

Los fragmentos cayeron al suelo.

Y lo que había debajo…

No era humano.

Un rostro reducido a hueso, con apenas restos de carne adheridos, como si la muerte misma hubiese decidido caminar entre los vivos.

El horror los paralizó un instante.

Y fue suficiente.



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En el texto hay: fantasia, misterio, traumas

Editado: 23.07.2026

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