24 de Marzo de 1886 (Actualidad)
El primer escenario que encontraron fue un amplio corredor subterráneo, tenuemente iluminado por una hilera de luces amarillentas que parpadeaban de forma irregular, como si lucharan por no extinguirse. El aire era denso, cargado con el olor a humedad y metal oxidado.
Avanzaron con cautela, sus pasos resonando en las paredes, hasta que el pasillo desembocó en lo que alguna vez fue el andén de una estación de metro.
El lugar estaba detenido en el tiempo.
Un par de escaleras eléctricas seguían en funcionamiento, chirriando con cada giro, aunque conducían únicamente hacia un techo sellado con concreto, evidencia clara de que la salida había sido clausurada. Sobre las vías, una vieja máquina oxidada descansaba como un cadáver abandonado.
-No sabía que había un metro aquí en Cambridge… -comentó Samuel, observando el lugar con asombro contenido.
-Y aquí es donde Vincent nos explicará el motivo -añadió Benjamín con una sonrisa burlona.
Todas las miradas se posaron sobre él.
-Yo no lo sé todo… -respondió, aunque sus palabras fueron recibidas con escepticismo- Bien… es porque esta estación nunca fue anunciada. Se construyó, sí, pero durante las pruebas varios túneles colapsaron. Hubo muertos… y el proyecto fue enterrado junto con ellos.
El silencio que siguió fue incómodo.
-¿Lo ven? -dijo Benjamín entre risas al notar el gesto de molestia en su amigo.
-Esta cosa podría llevarnos cerca de la cueva -comentó Christian, observando un viejo mapa adherido a la pared, apenas legible entre el polvo.
-¿Christian, no oíste la parte de los muertos? -replicó Dian, aún tensa, con la voz cargada de irritación.
-Esa preocupación es válida -intervino Abbadon con calma- Pero sé, por una fuente confiable, que estas vías fueron reutilizadas por el gobierno para transporte secreto. Esta… es una de esas rutas.
-Lo que debería preocuparnos de verdad -añadió Eduard, golpeando ligeramente la carcasa de la máquina oxidada- es si esta cosa todavía tiene energía suficiente para moverse. Las luces siguen encendidas… más o menos -miró hacia arriba cuando una parpadeó violentamente- pero eso no garantiza que esta cafetera funcione.
-Si no me equivoco, debe haber una sala de control cerca -intervino Alondra.
Vincent la miró con curiosidad.
-Fui a la inauguración del metro en Escocia -explicó ella con naturalidad.
Tras unos minutos de búsqueda, Dian alzó la voz desde un costado.
-¿Sería una puerta como esta?
-Sí… encaja con la descripción -confirmó Alondra mientras se acercaba- Pero tiene candado.
-Yo la abro -dijo Eduard, desenfundando su arma.
-A menos que quieras que la bala termine en alguno de nosotros, te sugeriría no hacerlo -replicó Abbadon con tono seco- Será más fácil así.
De una patada, el candado cedió con un chasquido metálico.
-A veces odio que seas un sabelotodo… -murmuró Eduard.
La puerta se abrió con un quejido.
El interior era una sala de control olvidada por el tiempo. Consolas cubiertas de polvo, cables expuestos, telarañas que colgaban como cortinas, y monitores rotos que ahora servían como refugio para pequeños animales.
-Dudo mucho que algo de esto funcione… -dijo Eduard, apartando una telaraña de una pantalla infestada de insectos.
-Eso es solo el sistema de vigilancia -respondió Benjamín, señalando otra sección- Lo importante está en esa pared.
-¿Y cómo puedes saber eso? -cuestionó el joven con escepticismo nuevamente
-La placa en la pared -contestó con una sonrisa burlona.
-Claro… ya lo sabía.
A pesar de los letreros desgastados, les tomó varios minutos entender el funcionamiento del sistema. El panel estaba lleno de palancas y botones, más de un centenar, cada uno marcado con símbolos y etiquetas casi ilegibles.
Probaron todo.
Botones presionados al azar, palancas accionadas sin orden.
Hasta que, finalmente, una de ellas respondió.
Un zumbido recorrió la estructura.
Los rieles comenzaron a electrificarse, liberando chispas naranjas que saltaban de un extremo a otro, iluminando brevemente la oscuridad.
-¿Eso es normal? -preguntó Alondra, observando con cautela.
-Probablemente sea consecuencia de los años de abandono… -respondió Abbadon- pero no debería ser un problema.
-Claro… Tesla -murmuró la chica apenas audible, lo suficiente para que Vincent lo escuchara.
-¿Y cómo vamos a manejar esta cosa? -preguntó Christian, cruzándose de brazos- Porque hasta donde sé, ninguno de nosotros sabe conducir un tren.
-No será necesario -respondió Abbadon tras inspeccionar la cabina con detenimiento- Este modelo es automático.
Señaló un botón cubierto de polvo.
Editado: 23.07.2026