Durante los días posteriores a su ataque La Orden de la Corona navegó a través de los días sin rumbo aparente. Así mismo pese a la pesadumbre en su alma, Abbadon decidió continuar con su misión.
El mes de abril expandió la actitud taciturna de Scott, retrayéndose únicamente a sus notas, siendo los trazos en la pared de piedra su única comunicación.
1 de mayo de 1886
Tras una larga jornada finalmente las sombras de la noche se impusieron sobre el bosque, silenciando casi por completo los sonidos naturales del recinto. En la cueva La Orden de la Corona dormía plácidamente siendo arrullados por el murmullo del río.
No obstante, la tranquilidad no fue duradera para Abaddon, quien despertó desorientado cuando una intensa luz atravesó sus párpados, perturbando sus sueños. El joven tuvo que frotarse los ojos repetidamente, era como si encontrara observando a través del fondo de una botella con tonos amarillos y verdes.
Sorprendido miró a sus compañeros quienes dormían profundamente sin notar el fuerte brillo.
Una voz femenina resonaba dentro de las paredes de su cráneo, lo invitaba a que saliera y la buscara entre el resplandor. Esa voz resultaba tan conocida…
Al salir no se topó con el verde intenso de los árboles, sino con un gran salón de columnas de mármol blanco, confundido giró hacia atrás buscando volver a la cueva, sin embargo, esta había desaparecido.
Al hallarse en un lugar desconocido como respuesta a la vulnerabilidad Vincent rebuscó entre sus recuerdos, tratando de pensar si es que en alguna ocasión estuvo en un lugar similar, pero no fue el caso.
El recinto tenía una gran semejanza a la de un templo de origen romano o griego, entre sus columnas se filtraba una luz similar a la que vio Scott. Quien creyó que si la atravesaba tal vez podría regresar, pero al traspasar la barrera fue transportado al lado contrario de la habitación.
Trató pasar entre cada uno de los pilares obteniendo el mismo resultado, hasta que finalmente aceptó que debía dirigirse a la única puerta.
Al abrirla, la voz que susurraba su nombre se hizo aún más intensa. La nueva habitación se hallaba repleta de personas que no conocía, lucían atuendos antiguos como pertenecientes a una civilización del pasado. Penachos, plumas, huaraches, taparrabos y mantas bordadas en general constituían su vestimenta.
Nadie parecía notar la presencia del recién llegado. Ni siquiera cuando llegó al centro de la habitación recibió una sola mirada.
Repentinamente un escalofrío recorrió su cuerpo desde los pies hasta la cabeza, fue como si le hubiesen arrojado un balde lleno de agua helada. Retrocedió asustado al notar que estaba atravesando la mitad del cuerpo de un hombre.
-Es un espejismo -repetía para sí tratando de convencerse.
Estiró su mano hacia la persona más cercana, a la cual también atravesó.
-¿Quiénes sois? -preguntó, con un tono de ultratumba su voz con eco sonó por cada rincón de la habitación- ¿acaso son… fantasmas?
-No pertenecen a tu época, así que no son capaces de escucharte o siquiera verte -una mujer encapuchada con una túnica se hizo presente, tenía la voz que lo había estado llamando todo este tiempo.
-¿Quién eres tú? -instintivamente buscó su revólver, notando que estaba desarmado.
-No debes alterarte, obtendrás las respuestas que buscas, solo sígueme -tranquilamente camino a través de un portal de luz.
Abbadon la siguió deteniéndose un instante ante el marco, dudando si entrar, cediendo al final. Una cálida luz del sol lo recibió al otro lado, intensificando los vibrantes colores de un jardín que parecía extenderse hasta el infinito.
-¿Dónde estamos? -preguntó Abbadon.
-Este es el reino espiritual, aquí es donde convergen los reinos de la muerte y de los sueños.
-¿Qué hago yo aquí? ¿Acaso morí?
-No, aún no es tu hora. Simplemente has venido para averiguar tu destino.
-Pero ¿cómo?
-Tu camino se encuentra plagado de oscuridad y necesitarás toda la luz posible -deslizó su mano frente a los ojos de Abbadon. El joven la miró extrañado, pero se contuvo de decir algo.
-Y ¿Quién eres tú? -Contra todo pronóstico, lo que más le intrigaba no era el lugar sino la personificación bajo la túnica.
-Durante mi larga existencia he tenido tres distintos nombres, pero era conocida en mi última vida como Isadora -Al bajar la capucha dejó al descubierto un hermoso rostro- Tras ello he sido asignada como Madre Guardiana del mundo espiritual.
-¿Última vida? Eso significaría que reencarnamos, espera… mi madre se llamaba Isadora.
La mujer le ofreció una mirada cargada de compasión como si tratara de comunicarle algo. Un vacío se abrió en el pecho de Abbadon, acababa de caer en cuenta que la voz que lo llamaba le resultaba tan familiar pues aquella voz lo había acompañado innumerables veces en sueños y ahora sabía su origen.
-No… -su voz se entrecortó y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Así es mi niño, soy yo -susurró con dulzura, extendiendo sus brazos.
Editado: 23.07.2026