-Puedo ver las sombras en tu alma, cariño -le dijo, abrazando más fuerte a su hijo.
-Desde que te fuiste, mi vida no ha podido mejorar -hizo una breve pausa- Bueno, no hasta al menos hace unos años cuando los Scott me adoptaron… solo desearía que su hijo, mi mejor amigo, Jacob siguiera vivo.
-Tú eres mi familia, no lo olvides -una pequeña partícula de luz apareció haciéndose cada vez más grande hasta que un joven se materializó frente a él.
-Hermano… -Abbadon cayó de rodillas transformado en un mar de lágrimas- te falle, no pude salvarte.
-Ey, todo está bien -lo consoló- no tengo arrepentimientos, viví bien y te tuve a ti como hermano.
-Pero tus padres…
-Ahora te tienen a ti para cuidarlos. Y no lo olvides… estás destinado a la grandeza.
-Pero ¿cómo puedo hacerlo sin ti?
-Ya lo has hecho antes, tú siempre has sido el mejor de los dos.
-No, yo no…
-Solo hazme un favor y abraza a mis padres por mí -Tras aquellas palabras, su figura comenzó a desvanecerse con la misma suavidad con la que había aparecido.
-Se que tu corazón está lleno de heridas, pero debes soltar -le dijo dulcemente su madre- sí, incluyendo tu pasado con tu padre.
Esas palabras transformaron la tristeza de su corazón en una rabia absoluta.
-Víctor, no es mi padre. Ese hombre jamás me amó -cada sílaba se clavaba como espinas en su corazón abriendo la herida que por muchos años trató de sepultar.
-Solo era un hombre herido…
-¿Y qué hay de mí? -preguntó con furia- Yo solo era un niño que perdió a su familia en un solo día. Tú te fuiste… y créeme, no es un reproche -intentó tranquilizarse-, pero ese hombre me maltrató. Y cuando tuvo la oportunidad, me abandonó sin siquiera dudarlo.
Llevaba tantos años arrastrando aquella carga, que finalmente había estallado. Era demasiado dolor para una sola vida y más para un niño.
-¿Y sabes que es lo peor de todo? -se lamentó- que incluso mis hermanos me dieron la espalda… yo… me quedé solo.
“19 de mayo de 1871
En una pequeña habitación sentado sobre un desgastado colchón un niño miraba nervioso el reloj mientras decía comentarios para sí.
-Ojalá este año si me regalen un pastel como el que le dieron a Mark en su cumpleaños -dibujando una sonrisa en su rostro a la par que lo imaginaba- y tal vez un pequeño carrito de juguete, si es que se puede. Aunque me conformo con que el pastel sea de chocolate o aunque sea me feliciten.
Desde las tres de la mañana el crío acompañado del tic tac del reloj se pasó contando los minutos que faltaban para que su familia despertara, siendo la hora habitual para esto las siete de la mañana.
Estaba sobrellevando bastante bien la espera, pero al verse prolongada a tan solo un cuarto de hora antes de su objetivo tuvo la sensación de sequedad en su boca.
Pese a su deseo de permanecer en la habitación y esperar alguna sorpresa, terminó por levantarse en busca de un poco de jugo. La jarra estaba casi vacía y se sirvió tan solo lo necesario para tomar un par de tragos, procurando guardar algo para los demás.
Mientras bebía lentamente, intentando hacer durar cada sorbo, escuchó pasos tras él.
-¿Por qué te tomas mi jugo? Parásito indeseable -Un pequeño jóven apareció en la cocina, recalcando esas últimas palabras
-Mark, yo… tenía un poco de sed -el niño tembló- te guarde el resto -dijo ofreciéndole la jarra temblorosamente.
-Me importa un bledo si solo tomaste un trago o fueron diez, no toques mis cosas, mocoso inútil -le espetó mientras lo empujaba.
Aunque el miedo lo paralizaba sujetaba con todas sus fuerzas el recipiente de cristal, pero su fuerza no fue la suficiente para mantenerla a salvo de los manotazos de su agresor. Terminando impactada contra el suelo estrepitosamente.
-¡Abbadon! -gritó un hombre desde una habitación contigua.
Las lágrimas brotaban sin control de los ojos del niño, sabía lo que se avecinaba, sin embargo, también sabía que si trataba de huir sería peor para él.
Un varón hecho una furia apareció en el umbral, mientras se retiraba el cinturón. Caminó decididamente hacia el pequeño tomándolo de la muñeca y arrastrándolo fuera de la habitación.
-Yo no fui papá, te lo juro, Mark me tiró la jarra -chillaba desesperadamente.
Pero el hombre hizo caso omiso a las súplicas del niño, tan solo unos segundos después la casa se llenó de gritos de dolor y pequeñas frases que buscaban piedad.
-¡Por favor papá! ya me voy a portar bien…”
-¿Cómo perdonarlo después de eso? ¿Acaso es así como un niño de ocho años debería pasar su cumpleaños? ¿Sabías que después de eso me dejó casi dos días sin comer?-Vincent le preguntaba a su madre quien no se atrevía a mirarlo a los ojos- Esa vez fue la última vez que lo llamé papá -murmuró, dejando al descubierto la cicatriz que la hebilla del cinturón le había dejado en el hombro.
-Debe haber algo que puedas recordar alguna cosa qué hizo para ayudarte… -La mujer buscaba evitar enfrentar directamente el problema.
Editado: 23.07.2026