La Oscuridad (el origen de Dareph)

Prólogo

La noche había llegado y el bosque se hundía en un oscuro y expectante silencio, Selene caminaba con tal cautela que esperaba que ninguna de las criaturas del bosque la escuchara. Miró al cielo y suspiro. Ver la luna le traía tanta paz; sin embargo, sabía en el fondo de su corazón que ese poder tan deslumbrante no era más que suyo. Un don peculiar para alguien como ella.

—Debemos irnos —, su Guardián y mejor amigo, sonrió al verla.

Tenía que sacarla de ese lugar lo antes posible, lo sabía, pero Selene le había pedido un favor que no podía negarle.

A pesar de que ya habían dejado atrás los robles, aquel sitio en donde la oscuridad y las bestias salvajes se reúnen para cazar y devorar todo lo que se encuentre en su paso. Estaba inquieto, no le gustaba la tranquilidad que sentía a su alrededor.

Y de cierta manera, tampoco le agradaba la idea de subestimar a las criaturas del bosque, al fin de cuentas los espectros no tenían piedad.

—Solo un poco más... —dijo Selene recargándose en el tronco de un árbol.

Esa caminata le hizo recordar cuando era niña. En aquel entonces, le gustaba escaparse de casa para poder explorar el bosque y sentir ese ligero viento sobre su cara. Estar ahí le traía tanta serenidad, tanta calma, que con sus propios padres no tenía, su relación con ellos era complicada.

Ahora solo tenía permitido ir al bosque en compañía de un Guardián; aunque no le molestaba en absoluto, le desagradaba tener que volver al pueblo antes del atardecer.

Acarició su vientre abultado con tanto cariño que el Guardián tuvo que desviar la mirada. No estaba acostumbrado al afecto y al amor que los humanos sentían por sus seres queridos. Era algo especial que de alguna manera sentía cierta curiosidad.

Un anhelo extraño que le recordaba que él era un ángel, un ser de luz, un ser divino destinado solo a luchar.

Selene se sentía tan cansada y no por el hecho de pelear contra la oscuridad; más bien porque su pequeño estaba a punto de nacer y ya solo le faltaban un par de lunas para eso.

—Necesito fortalecer el escudo... —Su voz se quebró de repente.

No por un dolor cualquiera.

Fue un golpe desde adentro.

Seco e inesperado.

Una pequeña patada.

Su hijo.

Un sollozo escapó de sus labios al darse cuenta de la realidad; por más que deseara mantenerlo a salvo, no podría protegerlo para siempre. Tarde o temprano, su pequeño tendría que enfrentarse a la oscuridad por sí mismo. Era parte de su destino.

—No estás en condiciones para eso —la voz del arcángel que había estado evitando desde la mañana la sacó de sus pensamientos. Era de esperarse, al fin y al cabo, él era el padre del niño. —Además creí haber dado la orden de permanecer en la cabaña —, miró al Guardián quién alzó las manos en forma de inocencia.

—Yo le pedí que me trajera —intervino Selene con un tono frío.

Se alejó del árbol y siguió su camino sin comprobar si quiera que ambos la seguían. Quería mantener la mayor distancia posible del arcángel, pero no pudo dar ni un paso más porque Nithael se lo impidió.

—Te dije que yo me haría cargo.

Selene soltó una risita burlona.

—¿Ah, si? —Preguntó con curiosidad. —¿Cómo? —Nithael frunció el ceño. —Sabes muy bien que Celesty necesita de mi protección y la verdad es que dudo mucho que tú y tus hermanos tengan el poder suficiente como para hacerlo. —Nithael se cruzó de brazos, ofendido. No entendía si su comportamiento se debía a la discusión que habían tenido la noche anterior o era por otra cosa que no quería decirle.

—Estás poniendo la vida del bebé en riesgo, Selene —Nithael señaló su vientre con enfado. —Y la tuya también, ¿acaso no te importa? —No pudo decir más porque Selene se acercó a él con tanta molestia en su rostro que el valiente Guerrero tuvo que retroceder.

—Han pasado tres días desde el último ataque de esos malditos espectros —musitó Selene. —¡No voy a permitir que mientras yo este dando a luz, esas cosas ataquen a mi pueblo y asesinen a mi familia! —Gritó tan fuerte que incluso el Guardián se estremeció.

—¿Y crees que ir a Celesty ayudara? —Nithael arqueó una ceja.

—El escudo de ese lugar se esta debilitando... —Selene hizo una pequeña pausa y luego dijo: —Lo siento en mi corazón.

—Mis hermanos pueden cuidarse solos, Selene —El Guardián miró a Nithael como si se hubiese vuelto loco.

Cuando los ángeles cayeron, la oscuridad se extendía por toda la tierra sin control alguno, volviéndose tan poderosa y abrumadora que parecía imposible derrotarla. Ni siquiera las Espadas Celestiales le hacían el más mínimo rasguño.

Y la mayoría de los ángeles sucumbieron ante ella, perdiendo así mismo la esperanza.

No fue hasta que hubo rumores de un escudo protector capaz de alejar a la oscuridad:

De entre los mortales surgirá una belleza sin igual, hazte su aliado o te destruirá.

Tiempo después Selene llegó a sus vidas de una manera muy inesperada.

Ella prometió protegerlos, si los ángeles luchaban a su lado contra la oscuridad y así paso. Ganaron batallas que parecían perdidas.

Y para él pensar que Selene no los cuidaría como siempre lo hacía, solo porque Nithael se comportaba como un egoísta, queriendo cuidar a quién no lo necesitaba, le partía el corazón.

Sabía que Selene tenía una determinación admirable.

Y no podía ni imaginarse esa lucha entre el bien y el mal.

En esa batalla que sin duda alguna, muchos de sus hermanos podrían morir.

Y aunque la mayoría de ellos la despreciaban por ser humana, nunca dejaba de protegerlos, de cuidarlos con esa bondad suya, con ese corazón puro y mortal.

—Sí, claro... —soltó Selene sacándolo de sus pensamientos.

—Selene... Vamos a casa...

—¡No! —Gritó ella.

Nithael parpadeó un par de veces sorprendido.

—¿Por qué...?

—¡Jamás lo vas a entender porque no eres un mortal, Nithael! —Selene lo miró con ojos llorosos. —Solo quieres mantenerme alejada de Celesty porque Dargan está ahí...




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