A la mñana siguiente empecé por el despacho, era la habitación que menos me dolía. El dormitorio de Anna y Marcos aún olía a ella de modo que ya se me hacía insoportable, la habitación de Sofía no era mia, así que no tenía que tocarla. Pero el despacho— un cuarto pequeño junto a la cocina, con una mesa de madera clara y una estantería a medio llenas — había sido siempre el oasis de Anna, incluso antes de que se casaram cuando viviamos juntas en aquel piso de estudiantes donde ella se quedaba hasta als tantas facturando para la editoria y yo fingía que dormía ientras la escuchaba teclear, era un sonido que me relajaba.
Marcos me había dicho que hiciera lo qeu quisiera con su despacho. «Lo que sea más fácil para ti», había dicho, y a mí me pareció una farse extraña, porque nada en aquella casa iba a ser fácil para mí.
Los cajones de madera de la mesa contenía loe sperable: facturas, un cargador roto, una postal sin envair de una playa que no reconocí. Fue en el tercer cajón, el de abajo, donde encontré la libreta.
Tapas negras, gomilla elástica gastada, del tipo que se compra en cualquier papelería y que nadie mira dos veces. La ahbría dejado dodne estaba si no hubiera reconocido, en el lomo, una mancha azul de tinta azul con la forma exacta de una medialuna. Anna hacía esa mancha siempre que probaba un bolígrafo nuevo, garabatenado una luna en la esquina de lo que tuviera más cerca. Lo hacía desde los doce años, yo se lo había visto hacer mil veces sin darle improtancia, hasta este momento, en la que la reconocí.
La abrí.
Las primeras páginas eran listas normales: la compra, cumpleaños, citas médicas de Sofía. Pero a partir de una fecha de finales de febrero — cinco meses nates de la caída— la letra de Anna cambiaba. Se hacía más pequeña y apretada.
«No ha vuelto a ecsribir. Tres días.»
«Dice que lo entiende, que lo respeta, y luego aparece en el sueprmercado como si nada»
«Tengo que decírselo a M. No puedo seguir sola con esto»
No había nombres. Anna nunca ponía nombres cuando escribía cosas que no quería que nadie leyera — otra costumbre que compartíamos, aunque yo lo hacía con listas de compra en clave y ella con esto, con lo qeu fuera esto — y cuanto más avanzaba más se acortaban las frases.
«Otra vez el coche fuera. No sé si son imaginaciones»
«Hoy no he salido a correr. Prefiero no salir»
«Si algo me pasa, que alguien mire el trastero»
Me quedé con esa última frase mucho rato, releyéndola, como si repetirla fuera a cambiar lo que decía. «Si algo me pasa». No era la letra de alguien rpeocupada por una discusión doméstica. Era la letra de alguien que llevaba semanas calculando posbilidades.
No sabía que Anna tuviera un trastero.
Oí un ruido en la puerta y cerré la libreta de golpe, con un movimiento tan brusco que me sosprendió a mí misma. Era MArcos, apoyado en el marco, observándome con una expresión que no super leer.
— ¿Has encontrado algo? — preguntó.
— Facturas, sobre todo.
No se por qué mentó. O sí lo sé: porque en un instante en que vi su cara, con esa quitud demasiado estudiada, decidí que no quería que supiera lo que acababa de leer hasta que yo entendiera qué significaba.
—Hay una vecina que ha preguntado por ti — dijo él, cambiando de tema -—. Carmen, la d ela casa de al lado. Dice que conocía bien a Anna. Que si tienes un momento, le hustaría hablar contigo.
—¿De qué?
— No lo sé — Se encogió de hombros, aunque algo en su mandíbula se tendó al deciro—. Ya sabes cómo es la gente en los pueblos pequeños. Todos necesitan decir la última palabra sobre alguien que no puede llevarles la contraria.
Guardé la libreta en el bolisllo trasero de mi pantalón cuando Marcos se dio la vuelta para marcharse, y esa tarde, cuando fui a llamar a la puerta de Carmen, la mujer tardó tanto en abrir que pensé por un momento que había cambiado de idea. Cuando finalment elo hizo, se quedó mirándome un instante más, con la mano todavía en el marco como si estuviera decidiendo que cerrar la puerta era aún una opción.
— Díos mío…—dijo ella en voz baja—. Por un momento hepensado que eras ella.
— Soy Claudia, su hermana.
—Lo sé, lo sé…—Carmen se llevó la mano al pecho y respiró— Perdona. Es que ultimante sueño con ella: que viene a la puerta a pedirme que la deje entrar, y yo no la dejo, y luego me despierto pensando que debería haberlo hecho.
No super que decir a eso. Carmen apreció darse cuenta de que había hablado de más, porqué cambió el tono enseguida, uno más ligero, más de vecina cualqueira dandome el pésame.
—¿Cómo lo llevas, cariño? Menudo palo, con lo jóvenes que erais las dos.
— Voy tirando. Marcos me ha dicho que quería hablar conmigo.
Algo cruzó la cara d eCarmen entonces, duda, quizá cálculo.
—Si —dijo al fin —. Verás…la noche que pasó, yo estaba despierta. No podía dormir, el calor, ya sabes. Y vi las luces de la casa encendidad mucho más tarde d elo normal. Y vi un coche aparcado en la esquina. Uno que no reconocí.
— ¿Se lo dijiste a la polícia?
Carmen tardó en contestar. Miró hacia la calle, hacia la casa de Anna, como si temiera que alguien pudiera oírla desde allí-
— Se lo dije . Pero nadie me preguntó por el coche.Solo por si había oído gritos, si había vist algo dentro de la casa. Y del coche nadie volvió a hablarme,
— ¿Qué coche era?
— No sabría decirte marca: era oscuro y grande — hizo una pausa y cuando volvió hablar, bajó todavía más la voz - Pero si sé una cosa. Se fue justo antes de qye emepzaran las sirenas. Y no volvió nunca más.
Editado: 02.08.2026