Le hice pasar a la cocina, no al salón tenía fotografías de la boda de Anna y Marcos sobre la chimenea, y no me pareció el sitio para lo que fuera que Diego tenía que decirme. Dejó la fiambrera sobre la encimera sin que ninguno de los dos mencionara que contenía, y se quedó de pie, incpaza de sentarse, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón demasiado formal para una visita de vecinos.
— No se por donde empezar — dijo
—Por donde te resulte más fácil.
— Anna tenía miedo —. le soltó asó, sin más. como si llevara tiempo conteniendo la frase y ya no pudiera soltarla ni un minutos más—-. Y no dle tipo de miedo del que la gente habla en las novelas, tenía miedo real, Claudia. De alguien en concreto.
—¿De quien?
Diego dudó. Esa duda fue visible, física, un titubeo en los hombros antes de comenzar.
— Nunca me dijo el nombre. decía que si me lo decía., me pondría también en peligro a mi también, y que preferiria que yo no supiera nada por si acaso alguien preguntaba. —Se pasó la mano por la cara y se presionó el puente de la nariz— Al principio pensé que exageraba. Anna tenía tendencia a…a construir historias, a veces. Per luego emepzó a llegar con moratones que no les daba mucha improtancia: una caída cuando corría. Un día me dijo que se había dado con el marco de la puerta…
Sentí que el suelo de la cocina se movía un centímetro bajo msi pies.
— ¿Cree que es Marcos?
— No lo sé— la respuesta llegó con una rápidez que me hizo desconfiar. —Sinceramente, no lo sé. Hay días que estoy convencido de que sí, y hay días que pienso que era algo más complicado, algo tenía que ver con el dinero, con la empresa de MArcos. Anna emepzó a preguntarme, hace unos meses, si sabía como se saca a alguien como socio de una cuennta bancaria sin que esa persona sea capaz de enterase.
—¿Y usted que le dijo?
—Le dije que lo hablara con un abogadi—Diego cerro los ojos un momento—. No volvimos habalr del tema. Y ahora no dejo de pensar que si le hubiera insistido, si le hubiera preguntado una vez más, quizá…
No terminó la frase. Reconocí ese estilo de silencio: es el mismo que yo llevaba arrastratando desde que había cruzado la puerta de la casa, el silencio de quien reordena obsesivamente el pasado buscando un momento que podría haber cambiado el final.
—Hay algo más—dijo Diego, y esta vez su voz bajó tanto que tuve que acercarme para oírle—. La noche que murió, yo estaba despierto. Vi las luces de la cada encencidad hasta muy tarde. Y en algún momento, sobre la una, oí gritos. Una discusión. No pude distinguir las palabras, pero eran voces. Dos voces de mujer.
El café que tenía delante se me quedó frío en las manos.
—¿Dos?
—Estoy seguro —Diego me miró directamente por primera vez. — Una era Anna. La otra…no lo sé, Claudia, pero sonaba exactamente como la tuya.
Editado: 23.08.2026