Antes de sentarnos, Marcos sacó la tableta para que Sofía estuviera entretenida mientras acababamos de preparara la mesa. Alcé la mirada; Marcos se dió cuenta:
—Es la tablet de las reuniones — dijo sonriendo, apoyándola sobre la mesa para que Sofía siguiera viendo el video—.No la suelto ni los findes, así que Sofía ya la conoce más que a mí.
La cena fue una actuación, y los tres la interpretamos con una profesionalidad que me parecío hasta obscena. Marcos había hehco pasta, Sofía comío en silencio con los ojos fijos en el plato, y yo hablé de cosas sin improtancia — el vuelo, el trafico, un encargo de traducción que tenía pendiente—mientras por dentro repasaba, una y otra vezm las palabras de mi propia voz saliendo por el altavoz de mi teléfono.
«Si siges adelante con esto, se lo voy a contar todo a Marcos»
—¿Ha venido alguien esta mañana? —preguntó Marcos, en un tono tan neutro que resultó sospechoso por lo bien calculado que sonaba—Sofía me ha dicho que oyó el timbre.
Miré a Sofía. Ella no levantó la mirada pero sus dedos se cerraron un poco más al rededor de tenedor, como si esperara que la respuestala salpicara de algún modo.
—Carmen —mentí—. Quería saber cómo lo llevaba.
Marcos asintió, despacio y siguió comiendo. No dijo nada más sobre el tema, pero durante el resto de la cena noté que me observaba con una atención distinta, más fría, como si estuviera evaluando cuántas mentiras cabían todavía en mi cara antes de que se le notara el peso.
Después de acostar a Sofía— o después de que Marcos la acostara, porque a mi no me dejó con una excusa amable sobre «no confundirla más de lo que ya está»— nso quedamos los dos solos en la cocina, recogiendo platos en un silencio que emepzaba a ser incómodo.
—Se que encontraste algo en el despacho — dijo él, sin darse la vuelta, con las manos metidas en el agau del fregadero.
El corazón se me paró al momento.
—¿A qué te refieres?
—A la libreta—. Ahora si se volvió, secándose las manos con un paño con calma— La vi antes de que llegaras, Claudia. La leí. Y luego la volví a poner en el cajón porqué no supe que otra cosa hacer con ella.
No dije nada, esperé.
—Anna estaba asustada de algo, sí — continuó él—. pero no de mí. Quiero que lo sepas antes de que empieces hacerte la idea equivocada. Había cosas de las que no hablábamos, cosas de dinero, de la empresa, que se pusieron feas hace unos medes. Y sospecho que Anna pensaba que yo…—Se detuvo, tragó salica—. Que yo le estaba ocultando lo mal qeu estaba todo. Y tenía razón, se lo oculté. Pero eso no significa que le hiciera daño.
—Hay un trastero — dije, decidiendo de golpe jugar a la única carta que tenía—. Uno del que tu no sabías nada.
La cara de MArcas cambió. No fue drámatico, fue algo un poco más pequeño y por ello sentí que era más creíble: una tensión breve alrededor de los ojos, del tipo de sopresa que no se finge con rapidez.
—¿Qué tarstero?
y en ese instante, sentí algo peor que si hubiera confirmado mis sospechas. Sentí que el círculo de personas que sabían más que yo sobre la vida secreta d emi hermana acababa de hacerse más pequeño en lugar d emás grande.
y que yo, por alguna razón que todavía no entendía, quizá había formado parte de él.
Editado: 23.08.2026