Al día siguiente, aprobeché el moemtno en que MArcos llevo a sofía a la escuela para registrar el resto de cosas de Anna, sin la sensación de sintiendome observada todo el rato. Empecé por el garage, revisé el maletero de Anna — Que Marcos no había tenido el valor de vender todavía, u que seguía estacionado bajo la lona marrón en un rincón— Solo encontré una bifanda y un paquete de pañuelos de papel a medio usar.
Fue en la guantera donde encontré el resguardo. Un papel doblado en cuatro, con el membrete de la empresa de alquiler de las afueras, una dirección, un número de unidad —B-14— y una fecha de contrato de hace siete meses.
Sofía había dicho dos autobuses. Busqué la dirección en el móvil y comprobé, que, en efecto, la única forma razonable de llegar hasta allí era combinando dos líneas de autobuses. Todo encajaba con demasiada precisión: Anna no solo había alquilado ese trastero en secreto, sino que s ehabía asegurado de que su hija supiera, como llegar hasta él sola, como quien deja un mapa a alguien que todavía no sabe leer del todo pero que algún día tendrá que hacerlo.
«Si algo me pasa, que alguien mire el tarstero»
No le dije nada a MArcos. Guardé el resguardo en el bolsillo interior d emi chaqueta y e cuanto pude ausentarme un una excusa razonable — «Voy a comprar algunas cosas, vuelvo en un par de horas»— Cogí un taxi hasta la nave de alquiler.
La mujer de la recepción, una chica joven con auriculares no se molesto en quitarseos del todo, ni se molestó en pedirme el DNI cuando le dije que era la hermana del titular yu que necesitaba acceder por un tema de herencia. Me limité a firmar un papel con mi nombre — no el nombre de Anna, el mío, me prgeunté si aquello podría ser un delito— y me indicó el pasillo, al fondo a la derecha, unidad B-14-
El candado estaba cerrado con una combianción númerica. No tenía ni idea de cuál podía ser. Probé el cumpleaños de Sofía, nada. Luego probé el nuestro, también, nada. Por último, probé la fecha de la mancha de tinta en la libreta — el día que encontré aquella primera anotación de miedo, finales de febrero— y el candado cedió con un chasquido seco.
Levanté la persiana metálica.
El trastero no estab vacío, como había temido, pero tampoco habían cajas amontonadas como imaginé. Había una simple silla plegable, y una lámpara de pie enchufada a un alargador. Y sobre la mesa pequeña que adornaba el centro, ordenados con meticulosidad, había carpetas. Docenas de fotografías impresas. Y, colgado de la pared con cinta adhesiva, un calendario en el que Anna había ido marcando fechas con una única palabra repetida, semana tras semana, en su leta apretada y pequeña.
«Miente. Miente. Miente. Miente»
Editado: 23.08.2026