Me acerqué a la mesa despacio, como si al moverme sin coordinación pudiera hacer desparecer todo antes de que puediera comprenderlo. Las carpetas estaban etiquetadas con una letra que reconocí de inmediato, la misma letra apretada de la libreta, y cada una llevaba una fecha distinta, ordenadas crónologicamente desde hacia casi un año.
Abrí la primera, extractos bancarios. Movimientos de una cuenta que no reconocí, a nombre de la empresa de MArcos, con retiradas de dinero que no concordaban con nin´gun gatso operativo evidente, algunas de ellas coincidiendo, según las anotaciones a mano de Anna en los márgenes, con trasnferéncias a una cuenta personal.
Abría la segunda. Fotografías. Marcos, en la puerta d eun edificio que no reconocí, con un hombre trajeado que tampoco lograba saber quien era, en lo que parecía una reunión discreta, tomada desde la distáncia, con el zoom forzado hasta el límite.
Abrí la tercera y fue entonces cuando encontré algo que no esperaba: mi propio nombre.
No una fotografía, sino una hoja ecsrita a mano, fechada apenas dos semanas antes de la muerte de Anna, con un título subrayado dos veces: Claudia.
«No se como decírselo. Llevo meses dándole vueltas y cada vez que esoty a punto de hacerlo, encuentro una excusa. Mamá dice que es mejor que no lo sepa nunca, que remover esto solo la detsrozaría a ella y me destrozaría a mí, pero no puedo seguir así, no puedo seguir escondiendolo, y mentirle. Se lo merece. Se merece saber la verdad sobre lo qe pasó de verdada quella noche, hace tantos años, y sobre lo que mamá nos hizo creer a las dos.»
La hoja terminaba ahí, a mitad de frase, como si Anna la hubiera dejado a propósito sin terminar, o como si algo — o alguien— la hubiera interrumpido antes de que pudiera acabarla.
Me quedé mirando el papel tanto tiempo que la luz de la lámpara emepzó a parpadear, un aviso de que el alargador estaba a punto de fallar, y solo entonces caí en la cuenta de un detalle que lllevaba ahí desde que había abierto la eprsiana.
En el suelo, jutno a la pata de la mesa, había una segunda sillaplegable. Doblada, apoyada contra la pared, como si alguien la hubiera usado y luego la hubiera guardado con cuidado.
Anna no trabajaba sola en este trastero.
Y fuera quien fue la eprsona que se había sentado en esa segunds silla, sbaía exactamente lo mismo que yo acabab de decsubrir. Llevaba sabiéndolo meses.
Editado: 23.08.2026