La otra Anna

Capítulo 14

Esa noche, después de que Sofía se acostara y mi madre se retirara al cuarto de invitados que hasta entonces había sido mío —"tú puedes dormir en el sofá esta noche, cariño, yo con mi espalda no puedo"—, no discutí. Era tarde, el cuarto de costura contiguo al de Sofía llevaba meses usándose como trastero de la casa, lleno de cajas que nadie había abierto desde la mudanza, y no tenía fuerzas para ponerme a despejarlo a esas horas. Dormí en el sofá esa primera noche, y al día siguiente, mientras mi madre llevaba a Sofía al parque, aproveché para vaciar el cuarto de costura y trasladar mi maleta allí. No era gran cosa, pero tenía una cama plegable y una puerta que cerraba, y en aquella casa, a esas alturas, eso ya me parecía un lujo.

Aproveché aquella primera noche en el sofá, antes de dormirme, para acorralar a Marcos en la cocina con la única prueba que tenía completamente verificada.

—Cancelaste la cena de Solvex —dije, sin preámbulos—. A las 21:47. Y aun así dejaste que todo el mundo creyera que estuviste en el Hotel Meridian toda la noche.

Marcos se quedó quieto, con un vaso de agua a medio llenar, y durante un instante pensé que iba a negarlo. No lo hizo.

—Estuve con Diego —dijo, en voz baja.

No era la respuesta que esperaba.

—¿Qué?

—El vecino. —Marcos cerró el grifo, se apoyó contra la encimera—. Ana llevaba meses actuando de forma extraña, y yo sospechaba algo, aunque no sabía exactamente qué. Sospechaba de él. Así que cancelé la cena y fui a buscarlo, a su casa, para preguntarle directamente qué estaba pasando entre él y mi mujer.

—¿Y qué te dijo?

—Que no era asunto mío. —Soltó una risa breve, sin nada de humor en ella—. Estuvimos casi dos horas hablando, o gritándonos, mejor dicho, y cuando por fin volví a casa, sobre la una y media, Ana ya estaba en el suelo.

—¿Por qué no se lo dijiste a la policía?

—Porque si les decía que había pasado la noche discutiendo con el vecino de mi mujer, en lugar de en una cena de trabajo, iban a empezar a hacer preguntas que no tenían nada que ver con lo que realmente pasó. Y porque si admitía que había estado fuera esas dos horas, tendría que admitir también por qué. Y no estaba preparado para que Sofía supiera que su padre sospechaba de su madre.

Me quedé mirándolo, intentando decidir si aquello encajaba con el hombre que yo había visto revisar el móvil de Ana a oscuras, con el hombre que había leído la libreta y la había vuelto a guardar sin decir nada, con el hombre cuyo nombre aparecía en una póliza de seguro de vida firmada ocho meses antes de la muerte de su mujer.

—Hay una póliza —dije—. A tu nombre como beneficiario. Firmada en enero.

Esta vez sí que negó, con una rapidez que me pareció genuina.

—No sé nada de ninguna póliza. Ana se encargaba de todos los seguros, de todo el papeleo de la casa. Yo firmaba lo que ella me ponía delante sin leerlo, siempre lo hice, y ahora entiendo lo estúpido que suena eso, créeme, pero es la verdad.

—¿Esperas que me lo crea?

—Espero que entiendas que hay dos formas de ser culpable en esta casa —dijo Marcos, y por primera vez su voz sonó cansada de verdad, despojada de todo el cuidado con el que solía elegir las palabras—. Culpable de matar a alguien. Y culpable de no haberla protegido a tiempo, de haber estado demasiado ocupado sospechando de un vecino como para ver el peligro real que tenía delante de las narices. Yo solo soy culpable de la segunda.

No supe qué contestar a eso. Me fui a la cama esa noche sin saber si acababa de escuchar una confesión a medias o la defensa más elaborada que había oído en mi vida.



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En el texto hay: vioencia

Editado: 23.08.2026

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