Los tres días transcurrieron con una normalidad que a esas alturas ya em resultaba sospechosa en sí misma. Mi madre se instaló en la rutina de la casa con una facilidad que no le había visto nunca: Desyaunaba con Sofía, la llevaba al colegio alguna smaanas, cocinaba platos que yo recordaba de la infancia sin que nadie s elo pidiera. Tres ncohes durmiendo bajo el mismo techo que Marcos y yo, como si aquello fura lo más normal del mundo, como si no llevara el peso de un secrteo que anna había muerto queriendo destapar.
Al cuarto día, después de comer, anunció que necesitaba volver a casa un momento.
— Se me han quedado un montón de cosas sin hacer — dijo, ya con el abrigo puesto—. Facturas, el correo, tengo que darld e comer a la gata de la vecina. Cojo un taxi, hago lo que tenga que hacer y vuelvo a tiempo para la cena.
Se fue pasado el mediodía. La cena llegó y con ella la hora de acostar a Sofía, y mi madre seguía sin aparecer. Marcos no pareció darle improtancia — «Ya sabes cómo es, seguro que se ha entretenido con alguna vecina»— pero yo no dejaba de mirar el reloj, sin saber muy bien por qué aquel retraso me inquietaba tanto más que cualquier otra cosa en los últimos días.
Cuando por fín oí la puerta principal, pasadas las once, ya estábamos todos acostados. No bajé a comprobar quién era. Me dije que sería mi madre, disculpándose en voz baja con Marcos por la hora, y que ya habalriamos a la mñana sigiuente.
Editado: 04.09.2026