La otra Anna

Capíutulo 20.

Nota de la autora. Tengo a mi perrita mal así que la actulización la hago cuando puedo, envio mis disculpas a todos los lectores que las seguís. Gracias por darle una oportunidad a esta novela.

Bajé pasada la una y media de la madrugada a por un vaso de agua, con la casa ya completamente a oscuras, y fue entonces, en el tramo final de la escalera, cuando noté algo raro bajo el pie: un movimiento que no debía estar ahí, un ceder inesperado en el escalón número nueve, el mismo en el que había muerto mi hermana.

Me agarré a la barandilla por puro instinto, con el corazón desbocado, y cuando encendí la luz del móvil para mirar hacia abajo, entendí lo que acababa de pasar.

Uno de los tornillos que fijaban el listón del escalón al armazón de la escalera había desaparecido. El listón entero se movía, suelto, con apenas la presión justa para sostener el peso de un pie con cuidado, pero no el de alguien que bajara deprisa, distraída, como cualquiera baja unas escaleras a medianoche cuando cree que está sola en una casa dormida.

Me quedé sentada en el escalón de arriba, con las manos temblando, mirando el hueco vacío donde debería haber estado el tornillo.

Aquella escalera llevaba semanas usándose a diario. Marcos bajaba por ella cada mañana. Sofía la subía y bajaba corriendo sin mirar nunca el escalón número nueve, como si su cuerpo hubiera aprendido a esquivarlo sin que su mente tuviera que intervenir. Y sin embargo, esa noche, el tornillo había cedido justo antes de que yo bajara, justo en el punto exacto donde mi hermana había perdido la vida.

No fue un accidente. Un tornillo no se afloja solo, no con esa precisión, no en ese escalón concreto.

Alguien había estado ahí antes que yo. Y ese alguien, pensé con un escalofrío, tenía que seguir muy cerca, porque el tornillo no llevaba mucho tiempo fuera de su sitio: todavía se notaba, al pasar el dedo por el agujero, un rastro de aceite fresco, del tipo que se usa para que un tornillo oxidado ceda sin resistencia.

Fue entonces cuando oí un crujido arriba, en el pasillo. Muy suave, el tipo de sonido que solo se nota en una casa completamente a oscuras y en completo silencio. Levanté la vista justo a tiempo de ver una figura retirándose deprisa hacia la puerta del cuarto de invitados, con la bata de flores que mi madre no se quitaba desde que había llegado, y el destello, brevísimo, de algo metálico en su mano derecha antes de que la puerta se cerrara sin apenas ruido.

No dije nada. No subí a comprobarlo. Me quedé sentada en el escalón, con el corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía en la garganta, entendiendo por fin que la persona que llevaba veinte años enseñándome a desconfiar de las medias verdades acababa de convertirse, delante de mis propios ojos, en la mentira más grande de todas.



#350 en Thriller
#107 en Suspenso

En el texto hay: vioencia

Editado: 04.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.