La otra Anna

Capítulo 21

Me enteré del resto por boca de Carmen, que apareció en la puerta de casa a media mañana, todavía con cara de no haber dormido, antes incluso de que mi madre hubiera bajado a desayunar.

—Necesito contarte algo —dijo, sin esperar a que la invitara a pasar—. Anoche no podía dormir. El calor, otra vez, como aquella noche. Salí a caminar un rato, hasta la esquina y vuelta, algo que hago cuando el insomnio se pone pesado.

Sentí que se me erizaba la piel antes incluso de que continuara.

—Y lo vi, Claudia. El mismo coche. Aparcado en el mismo sitio exacto donde estuvo la noche que murió tu hermana. El todoterreno oscuro, con el colgante en el retrovisor, brillando cada vez que pasaba un coche y le daban las luces.

—¿A qué hora?

—Pasada la una. Puede que la una y media. —Carmen se frotó los brazos, como si todavía tuviera frío—. Me quedé mirándolo desde la otra acera, sin acercarme, no sé muy bien por qué. Y al cabo de un rato vi bajar a alguien. Una mujer, con abrigo largo, que rodeó la casa hacia la parte de atrás en lugar de entrar por la puerta principal.

—¿Pudiste verle la cara?

—No con claridad. Pero reconocería ese coche en cualquier sitio, Claudia. Ya te lo dije la primera vez, y ahora estoy todavía más segura. Es el mismo.

No necesitaba preguntarle de quién hablaba. Ya lo sabía, con esa certeza fría y silenciosa con la que una acaba aceptando las cosas que lleva tiempo temiendo. Mi madre había salido de la casa la tarde anterior con la excusa de las facturas y la gata de la vecina, había ido a por su coche a cuarenta minutos de allí, y había vuelto en plena madrugada, no para dormir, sino para hacer algo que necesitaba que nadie viera.



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En el texto hay: vioencia

Editado: 04.09.2026

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