La sala de espera huele a desinfectante y café viejo.
Iris está sentada en la silla metálica, con las manos entrelazadas sobre sus piernas. Aunque mantiene la espalda recta, el cansancio se asoma bajo sus ojos.
Isabela no puede dejar de caminar, dando vueltas como si así pudiera controlar algo.
Aidan revisa su reloj, pero no mira la hora realmente.
Cuando el médico aparece en la puerta, los tres se tensan.
La oficina del doctor se siente fría.
—Iris —comienza él con una suavidad que solo sirve para empeorar el silencio—. Tenemos los resultados finales.
Iris sabe su estado, sabe que lo que tiene la matará pronto y solo espera que sus hermanos puedan guardar la calma.
Isabela toma la mano de su hermana.
Aidan se deja caer en la silla, rígido.
El doctor continúa:
—La enfermedad ha avanzado demasiado. Los tratamientos ya no pueden detener el deterioro. Estamos hablando de un pronóstico de… meses. Quizá tres. Quizá menos.
Isabela contiene un sollozo. Aidan está confundido, ambos quieren explicaciones.
Iris les ocultó su enfermedad, ante el diagnóstico que ahora los sacude no pueden dejar de sentir culpa al no haber insistido con Iris.
El médico explica la situación como si los hermanos estuvieran ya enterados sobre la situación de su hermana enferma. No imagina que ellos están conmocionados, recién procesan la información.
Aidan aprieta los dientes como si quisiera romperlos.
Iris solo respira.
El médico los mira y continúa:
—Lo mejor —añade— es que deje de trabajar y permanezca con su familia. El estrés podría acelerar el deterioro y mi recomendación es que permanezca tranquila sin preocupaciones.
Isabela menciona inmediatamente:
—Se queda con nosotros. Hoy mismo.
Aidan afirma sin dudar:
—No vuelves a esa empresa.
Pero Iris cierra los ojos un instante.
Hay algo que necesita cerrar.
Algo que recuperar.
Algo que enfrentar.
—Tengo que ir a la empresa Blackwood —dice con calma.
Isabela frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Solo… déjenme hacerlo.
Aidan intenta insistir:
—Al menos vamos contigo.
—No —responde ella con suavidad firme—. Ante la insistencia de ambos ella pide que mejor la esperen en el auto. No quiere que suban.
Sus hermanos se miran, frustrados, pero no quieren presionarla.
Ellos no saben la verdadera razón por la cual Iris quiere volver a esa empresa. Piensan que es estrictamente por trabajo, desconocen completamente el que ella tiene situaciones pendientes con el heredero de los Blackwood.
—Te esperamos en el estacionamiento —cede finalmente Aidan.
Iris asiente.
En cuanto Iris cruza la puerta del edificio, los murmullos comienzan.
—Ahí está…
—Dicen que estuvo grave…
—Se ve mal, ¿no?
—¿Será cierto que tiene algo con el Montclair?
—¿Será su amante?
Iris camina recta, profesional, pero su piel luce pálida y su mirada más apagada que nunca.
Toca la puerta del despacho de Víctor.
Él abre casi al instante, como si hubiera estado esperando ese momento.
Su expresión cambia al verla.
—Iris… ¿qué te pasa? —pregunta con voz baja—. Estás muy pálida.
Ella no se permite retroceder.
—Necesito hablar contigo.
Él la deja pasar.
La oficina está en silencio.
—Iris toma aire y dice—: Vine a pedirte mi collar.
Víctor parpadea, sorprendido.
—Me pides algo que tú misma me diste…
—Es mío. Devuélvemelo.
Él cierra la mandíbula.
—No es tan importante.
—Para mí sí —responde ella—. Solo entrégamelo.
Víctor da un paso hacia ella.
—¿Para enseñárselo al heredero Montclair? Usas ese collar como arma de seducción, esa baratija insignificante.
La acusación cae como un golpe.
—Eso no tiene nada que ver —responde Iris—. Solo quiero lo que es mío. Si tanto lo consideras una baratija solo devuelvelo.
—No —dice él tajante.
Ella lo mira incrédula.
—¿Qué?
—No te lo voy a devolver. Está en mi casa.
—Entonces déjame ir por él.
—No te quiero en mi casa —responde él, con una mezcla de furia y algo que parece temor.
La herida está ahí.
No dicho.
No reconocido.
Iris cambia de rumbo.
—Renuncio.
Él levanta la cara, frío y tenso.
—No puedes.
—Sí. Lo hago ahora.
—No aceptaré tu renuncia —dice él, cruzando los brazos—. Quedan tres meses de contrato. Si rompes el acuerdo tendrás que pagar una penalidad que no puedes cubrir.
—Te quedas.