Las tres de la mañana en urgencias tenían un olor propio.
Desinfectante. Sudor frío. Y algo más difícil de nombrar: el olor de los cuerpos que todavía no saben si van a seguir.
Victoria lo conocía de memoria. Doce horas de turno. Los pies ya no eran suyos.
—Cubículo cuatro —dijo la supervisora al pasar, sin detenerse, sin mirarla—. Indigente. Sin identificación. Dice cosas.
Victoria no preguntó qué cosas. Tomó el portapapeles y fue.
El hombre era viejo de una forma que no se medía en años.
La piel del cuello como cuero arrugado. Los labios partidos hasta sangrar. La ropa pegada al cuerpo con capas de suciedad que tenían meses, quizás más. Olía a tierra mojada y a algo debajo de la tierra.
Victoria se acercó con el tono de siempre.
—Buenas noches. Soy Victoria. Voy a revisarle.
El anciano no respondió.
La miraba como si la reconociera. Como si llevara horas esperándola.
Presión baja. Fiebre de casi treinta y nueve. Respiración superficial. Victoria separó el borde de la bata para auscultar y se detuvo.
Tres lesiones en el pecho. Circulares. Negras en el centro, con un halo rojo oscuro que parecía quemado desde adentro. La más grande, sobre el esternón, estaba hinchada con una tensión que ella reconocía: presión de fluido acumulado.
Las fotografió mentalmente. Las catalogó.
Se dijo que era una infección grave.
No se dijo lo que le recordaban. Eso podía esperar.
—¿Le duele aquí? —preguntó, presionando con suavidad.
El anciano abrió la boca.
No salió una respuesta.
Salieron palabras en un idioma que Victoria no reconoció. No era árabe. No era nada eslavo. Sílabas anchas, vocales largas que parecían venir de más adentro de la garganta de lo que ninguna fonética moderna permitía. Como si el idioma fuera más viejo que todos los idiomas que ella conocía.
—Tranquilo —dijo ella—. No tiene que hablar.
Pero él siguió. Las palabras se aceleraron, sin pausa, como si estuviera recitando algo aprendido de memoria hace mucho tiempo. Algo que no podía permitirse olvidar.
Entonces le agarró la mano.
La fuerza no era la de ese cuerpo. No podía serlo. Los dedos del anciano se cerraron sobre su muñeca izquierda con una firmeza que no dejaba margen. Victoria tiró. Una vez. No sirvió de nada.
—Suélteme.
Con la mano libre, el hombre sacó algo del pliegue de la bata. Un brazalete. Cobre oscuro. Tres piedras irregulares engarzadas —una verde, una rojiza, una casi negra— y lo pasó por la mano de Victoria antes de que ella pudiera reaccionar.
Frío.
No el frío del metal. Algo más. Como si le hubieran cerrado la muñeca con algo sacado de donde la temperatura no existe porque la luz nunca llegó.
—Suélteme —repitió Victoria, más fuerte esta vez.
El anciano no la soltó. Le habló directo a la cara. Las mismas palabras arcanas, más despacio ahora, más deliberadas. Con una cadencia que sonaba a algo que debía ser pronunciado exactamente así o no funcionaría.
Victoria no entendió ninguna.
Pero las sintió.
Un calor brusco desde el hueso de la muñeca, hacia arriba por el brazo. Como si algo hubiera cambiado de estado dentro de ella. Intentó quitarse el brazalete con la otra mano.
No cedía.
No había cierre visible. El metal era continuo.
—¡Necesito que me suelte! —La voz le salió más alta de lo que pretendía.
El anciano la soltó.
Y entonces fue el silencio. No el silencio del cuarto —seguían sonando monitores, seguía habiendo ruido de urgencias— sino un silencio interior. Como si algo que siempre había estado zumbando dentro de su cabeza se hubiera apagado de golpe.
El anciano cerró los ojos. Exhaló. Una sonrisa pequeña, casi satisfecha, le atravesó la cara.
—La ciudad —dijo, en español esta vez, con un acento que Victoria no supo de dónde era—. Salva la ciudad.
—¿Qué ciudad? —preguntó ella—. ¿De qué está hablando?
Silencio.
El hombre la miraba desde los ojos entrecerrados con algo que no era delirio. Era certeza.
—¿Quién es usted? —insistió Victoria—. ¿Cómo se llama?
Nada.
Solo esa mirada. Y luego, con una voz tan baja que Victoria no estaba segura de haberlo oído:
—La anterior no volvió.
El calor volvió sin aviso.
Una ola desde la muñeca hasta la base del cráneo. El fluorescente del techo se convirtió en una línea blanca que se alargaba y se alargaba hasta que el suelo ya no estuvo donde debía estar. Victoria extendió la mano para sostenerse en algo.
No había nada.
—¡Necesito ayuda en el cuatro! —alcanzó a gritar.
Nadie llegó a tiempo.
Lo último que sintió fue frío.
Un frío que no era del hospital. Que no era de ningún lugar que ella conociera. Que era más antiguo que cualquier cosa que hubiera tocado nunca.
Y luego, nada.
La cama del cubículo cuatro quedó vacía.
El anciano había desaparecido.
En la muñeca de Victoria, el brazalete de cobre brilló una sola vez en la oscuridad.
Y se apagó.