El frío llegó antes que todo lo demás.
No el frío del aire acondicionado de urgencias. Este tenía peso. Tenía olor. Se metía por las mangas, por el cuello, por los huecos entre los dedos como algo vivo que buscaba el hueso.
Victoria abrió los ojos.
Nada.
Parpadeó. Una vez. Dos. La oscuridad era la misma. Levantó una mano hacia su cara y apenas distinguió los dedos a centímetros de la nariz. Extendió los brazos hacia los lados. La mano derecha encontró madera áspera. La izquierda, aire.
Se incorporó despacio.
Las palmas chocaron contra barro. Sus dedos se hundieron hasta los nudillos y el olor le golpeó de lleno: tierra podrida, algo orgánico que prefirió no identificar, humo viejo, animal. Un olor imposible de fabricar en ningún lugar que ella conociera.
—¿Hola? —dijo.
Su propia voz la asustó. Demasiado pequeña. Demasiado sola.
Nadie respondió.
Se puso de pie con las piernas temblando. No supo si era el frío o el miedo. Siguió la pared de madera con la palma abierta hasta encontrar una abertura: un marco sin puerta, con luz al otro lado.
Luz de fuego.
Se detuvo en el umbral.
El callejón que tenía delante era estrecho. Suelo de piedra irregular con barro acumulado en las juntas. Las paredes de los edificios tan juntas arriba que casi se tocaban, dejando solo una franja de cielo negro entre ellas. A cincuenta metros, una antorcha sujeta a una argolla proyectaba sombras que se movían con el viento.
El olor empeoró aquí afuera.
Una canaleta en el centro del callejón. Negra. Viscosa. Victoria la rodeó por instinto y luego bajó la vista.
Sus zapatillas blancas de hospital. Manchadas hasta el tobillo.
Respiró. Contó hasta cuatro. Exhaló hasta ocho. La técnica de los pacientes ansiosos, ridícula en este contexto. Pero era lo único que tenía.
Fue entonces cuando lo vio.
Al fondo del callejón, donde la antorcha apenas alcanzaba, había una figura sentada contra la pared. Inmóvil. Los brazos extendidos a los lados, las palmas hacia arriba. Como si estuviera esperando recibir algo.
O como si llevara mucho tiempo muerto en esa posición y nadie lo hubiera movido.
Victoria no respiró.
La figura llevaba algo en la cara. Un pico. Largo, oscuro, curvo hacia abajo. Una máscara con forma de pájaro.
No se movió.
Victoria tampoco.
Entonces su cerebro hizo lo que sabía hacer. Clasificar. Ordenar. Poner nombre.
No era un disfraz. No era ningún set de filmación. No era nada del siglo XXI.
Era la máscara de un médico de peste.
Victoria retrocedió un paso.
El pie derecho golpeó algo en el suelo. Miró hacia abajo.
Una piedra, medio enterrada en el barro, con marcas grabadas a mano. Letras. Las recorrió con los ojos entrecerrados, ayudada apenas por el reflejo lejano de la antorcha.
Un nombre. Femenino.
Y debajo, una fecha.
Anno Domini 1512.
Victoria se quedó quieta durante un tiempo que no supo medir.
Treinta y cinco años antes de la fecha que no conocía todavía. Alguien había estado en este callejón exacto, en este frío exacto, y había grabado su nombre en una piedra. Solo el nombre. Sin más. Como si hubiera sabido que nadie iba a venir a buscarla. Como si hubiera querido dejar constancia de que existió, antes de que todo lo demás se la tragara.
El brazalete no volvió a brillar.
La figura al fondo del callejón seguía sin moverse.
Y Victoria, de pie en el umbral con barro en las manos y sus zapatillas blancas destruidas, entendió por primera vez —no con el miedo, sino con la claridad helada de los diagnósticos irreversibles— que el anciano del hospital le había dicho la verdad.
La anterior no volvió.
Entonces, desde el fondo del callejón, la figura se movió.
Despacio. Un giro de cabeza. El pico largo apuntando hacia ella.
—¿Quién va? —dijo una voz de hombre, ronca, desconfiada.
Victoria no respondió.
—He dicho quién va. —Un paso hacia ella. La mano derecha sobre algo en el cinto.— Esta calle no es lugar para estar sola a esta hora. ¿Eres de aquí?
Victoria abrió la boca.
Cerró la boca.
Abrió la boca otra vez.
—Sí —dijo. Y supo, en el mismo segundo en que lo dijo, que era la respuesta más peligrosa posible y también la única que tenía.
El hombre la miraba desde detrás del pico. Un silencio largo. Evaluando.
—No te he visto antes por aquí.
—Acabo de llegar.
—¿De dónde?
Pausa.
—Del norte.
Otro silencio. Más largo. La mano seguía sobre el cinto.
—¿Tienes documentos?
Victoria sintió el brazalete frío contra la muñeca. Completamente frío. Sin pulso, sin calor, sin ninguna de las señales que había aprendido a catalogar en los últimos diez minutos.
Como si también él estuviera esperando a ver qué decía ella.
—Los perdí —dijo Victoria—. En el camino.
El hombre del pico no respondió de inmediato. La estudiaba. La ropa. Las manos. Las zapatillas blancas completamente fuera de lugar en este barro, en esta oscuridad, en este siglo.
—Eso —dijo al fin, con una voz que no era amenaza todavía pero tampoco era nada tranquilizador— es un problema muy grande para una mujer sola.
Victoria lo sabía.
No necesitaba que se lo dijeran.