La Pandemia Del Pasado

CAPÍTULO 3 — El año que no es el suyo

El amanecer no llegó. Se filtró.

Un gris sucio al borde de los tejados primero. Luego el naranja pegó contra la piedra y Victoria vio, con la claridad cruel de la luz nueva, todo lo que la oscuridad le había ahorrado.

Se quedó quieta y dejó que sus ojos hicieran lo que sabían hacer.

Clasificar.

Las fachadas se alzaban torcidas, construidas en capas superpuestas como si el tiempo las hubiera ido apilando sin plan. Piedra gris manchada de hollín. Vigas de madera podrida asomando entre muros. Ventanas sin vidrio, abiertas o tapadas con trapos que crujían con el viento. En la canaleta del centro del callejón algo se movía despacio, negro y espeso, hacia ningún lugar.

El hombre del pico se había ido.

No había dicho cuándo. Simplemente en algún momento entre la oscuridad y el amanecer había dejado de estar ahí, y Victoria no supo si eso era bueno o era peor.

Se miró las manos.

Barro hasta los nudillos. Las uñas negras. Las zapatillas blancas ya no eran blancas.

Respiró.

Bien. Esto es lo que hay. Trabaja con lo que tienes.

Lo que tenía:

Sus manos. Su cerebro. Un brazalete que no explicaba nada y no hacía nada y pesaba como si supiera más de lo que mostraba.

Lo que no tenía:

Dinero. Historia. Ropa que no la delatara en el primer vistazo. Un solo segundo de margen si alguien empezaba a hacerle preguntas.

Y el idioma.

Eso era lo más urgente. Lo entendió cuando el primer grupo de personas cruzó el callejón al fondo y ella escuchó las voces. Castellano. Pero no el castellano que ella conocía. Más cerrado. Más duro en las consonantes. Con palabras que reconocía y otras que su cerebro intentaba descifrar como si fueran código.

Podía entender. Más o menos. Con esfuerzo.

Hablar era otra cosa.

Hablar sin que la miraran raro era otra cosa completamente.

Salió del callejón.

La calle principal era un golpe físico.

Ruido. Cuerpos. Un mercado que ya funcionaba a pleno rendimiento, aunque el sol apenas había salido. Puestos de madera con telas, con animales colgados, con frutas y verduras apiladas en cestos. Olor a carne cruda y a especias y a algo que quemaba en algún lugar que no veía. Un carro tirado por un caballo intentando abrirse paso entre la gente mientras el conductor gritaba y la gente no se movía lo suficiente.

Victoria se pegó a la pared.

Nadie la miraba todavía.

Eso iba a cambiar.

La ropa la delataría. Lo sabía. Las mallas azules, la camiseta del hospital debajo de la chaqueta fina. Todo demasiado liso, demasiado sintético, demasiado sin capas. Aquí las mujeres llevaban falda larga, delantal, toca en la cabeza. Algunas con mantos. Ninguna con nada que se pareciera remotamente a lo que Victoria llevaba puesto.

Tenía menos de una hora antes de que alguien le preguntara.

Quizás menos.

Entonces lo escuchó.

Un sonido que conocía antes de saber de dónde venía. Un grito corto, agudo, de mujer. Luego voces superponiéndose. Luego el silencio específico de cuando una multitud deja de moverse porque algo más urgente que el mercado está pasando.

Victoria se movió sin pensar.

La encontró a veinte metros, en el espacio abierto frente a un puesto de telas. Una mujer joven, en el suelo, con las rodillas dobladas y las manos aferradas a su propio vientre. Embarazada. Muy embarazada. La falda mojada. Los ojos abiertos con el pánico de quien entiende lo que está pasando y no puede hacer nada para detenerlo.

Alrededor, un círculo de gente. Mirando. Sin moverse.

—¿Hay alguien que pueda ayudarla? —preguntó Victoria.

Nadie respondió. Algunos retrocedieron un paso.

Victoria se arrodilló.

—Soy enfermera —dijo, y supo que la palabra no existía aquí pero no tenía otra—. Entiendo de esto. Necesito que alguien me traiga agua limpia y telas.

Silencio.

—¡Agua y telas! —repitió, más fuerte.

Una mujer mayor al borde del círculo se movió. Desapareció. Volvió en menos de un minuto con un cuenco y un trapo doblado.

Victoria trabajó.

Fue rápido y no fue rápido. Veinte minutos que parecieron dos horas. La madre gritó tres veces, con la boca abierta y sin vergüenza, y cada grito rebotó contra las fachadas y Victoria no levantó la vista porque no podía permitirse levantar la vista. Manos. Respiración. Posición. Lo que sabía. Lo que había hecho decenas de veces en urgencias con más recursos y más luz y más gente.

Aquí con nada.

El niño llegó al mundo llorando.

Victoria lo sostuvo un segundo, lo limpió lo mejor que pudo con el trapo, lo puso sobre el pecho de la madre.

Se sentó en el suelo con las manos manchadas y exhaló.

Silencio.

Levantó la vista.

Trescientas personas la miraban. Quizás más. El círculo se había cerrado sin que ella lo notara. Comerciantes. Mujeres con cestos. Hombres con herramientas. Niños subidos a los puestos para ver mejor. Todos quietos. Todos en silencio.

Nadie aplaudió.

Nadie dijo nada.

La miraban con una expresión que Victoria tardó un segundo en leer. No era gratitud. No todavía. Era algo anterior a la gratitud. Algo más primitivo.

—¿Qué eres?

Victoria se puso de pie despacio.

Sabía lo que acababa de hacer. Sabía exactamente lo que acababa de hacer. Un parto limpio, rápido, sin complicaciones visibles, en medio de una calle, por una mujer sola sin historia ni documentos ni ninguna explicación que funcionara en este siglo.

Acababa de ponerse un objetivo en la espalda.

—Tú.

La voz venía de su derecha. Seca. Sin calor.

Victoria se giró.

Una mujer. Vieja, pequeña, con una cesta de hierbas en el brazo y los ojos más despiertos que cualquier cosa que hubiera visto en las últimas horas.

—Tú —repitió la mujer—. ¿De dónde eres?

—Del norte —dijo Victoria. La misma respuesta que al hombre del pico. La única que tenía.

—Del norte. —La mujer la miró de arriba abajo sin ningún disimulo. Se detuvo en las zapatillas. En las mallas. En la chaqueta—. Del norte de dónde exactamente.




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