El puesto de Inés era un cuarto detrás de un cuarto.
La entrada daba a la calle: hierbas colgadas del techo, manojos atados con cordel, frascos de barro alineados en repisas de madera. Olor a romero, a algo amargo que Victoria no identificó, a humo viejo. Una mesa larga con marcas de cuchillo. Una silla.
Detrás de una cortina de lana, el cuarto de verdad.
Más pequeño. Una cama estrecha, un brasero apagado, una ventana del tamaño de un libro que daba a un patio sin luz. En el suelo, tres cajas de madera con más frascos. En la pared, atado con un clavo, un fajo de papeles escritos a mano con una letra tan pequeña que Victoria tuvo que acercarse para ver que era letra y no textura.
Inés dejó la cesta en la mesa y señaló la silla.
—Siéntate.
Victoria se sentó.
Inés no se sentó. Se quedó de pie frente a ella con los brazos cruzados y la mirada de alguien que lleva décadas leyendo personas y no necesita mucho tiempo.
—Nombre.
—Victoria.
—¿De dónde, Victoria? Y esta vez sin el norte.
Silencio.
—No puedo decírtelo.
—¿No puedes o no vas a?
—Las dos cosas.
Inés no reaccionó. La estudió un momento más. Bajó la vista a las zapatillas, a las mallas, a la chaqueta. Subió hasta el brazalete. Se quedó ahí un segundo más que en el resto.
—¿Qué es eso en la muñeca?
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no vas a decirme eso tampoco?
—No lo sé —repitió Victoria—. De verdad.
Inés la miró a los ojos. Un silencio largo. Luego, sin cambiar la expresión:
—Lo que hiciste en la plaza.
—Un parto.
—Vi lo que fue. —Pausa—. Vi cómo lo hiciste. —Otra pausa—. Nadie aquí lo hace así.
Victoria no respondió.
—La posición que le pusiste. Las manos. Lo que dijiste a la mujer para que respirara. —Inés hablaba despacio, como enumerando evidencia—. Eso no se aprende en ningún convento de esta ciudad. Ni en ningún gremio. Ni con ningún médico que yo conozca.
—Aprendí con buenos maestros.
—¿Dónde?
Pausa.
—Lejos.
Inés exhaló por la nariz. No era impaciencia. Era algo más parecido a resignación, como si ya hubiera calculado que no iba a obtener respuestas directas y hubiera decidido que eso no cambiaba lo que tenía que decidir.
Se descruzó los brazos. Fue a uno de los frascos de la repisa. Sirvió algo en un cuenco pequeño y lo puso frente a Victoria.
—Bebe.
Victoria miró el cuenco.
—¿Qué es?
—Agua con miel y vinagre. —Una pausa—. No te voy a envenenar el primer día.
Victoria bebió.
Inés habló durante una hora.
No sobre Victoria. Sobre la ciudad. Sobre el barrio sur. Sobre lo que era ser mujer con conocimiento en un lugar donde el conocimiento sin origen verificable tenía dos nombres y ninguno era bueno.
Hablaba sin dramatismo. Como quien describe el clima.
—Las que curan con hierbas somos herbolarias si tenemos suerte y brujas si no la tenemos. La diferencia entre una cosa y la otra no es lo que hacemos. Es a quién le cae mal que lo hagamos.
—¿Y a ti quién te cae mal?
—A mí, de momento, nadie. —Inés se sentó por fin en el borde de la cama—. Cuarenta años dan para construir algo que es difícil de deshacer de un día para otro. Pero tú no tienes cuarenta años. Tú tienes lo que hiciste esta mañana en la plaza y nada más.
Victoria lo procesó.
—¿Cuánto tiempo tengo antes de que alguien empiece a hacer preguntas?
—Ya las están haciendo. —Sin pausa—. La pregunta es quién llega primero con ellas.
—¿Y quién llega primero?
Inés la miró.
—Si tienes suerte, yo ya llegué.
Las condiciones fueron simples.
Victoria dormía en el cuarto trasero. Comía lo que hubiera. Ayudaba con los pacientes que Inés no podía atender sola, que eran más de los que una persona sola debería atender. No salía al barrio sin avisarle. No hablaba de su origen con nadie. No hacía nada en público que no pudiera explicarse como tradición de algún lugar suficientemente lejos.
—¿Y si me preguntan directamente de dónde soy?
—Di que de Flandes. Nadie de aquí ha estado en Flandes y nadie de Flandes viene aquí. Es suficientemente lejos para que no puedan contradecirte y suficientemente real para que suene creíble.
—¿Y el acento?
—El acento es tu problema. Trabájalo.
Victoria asintió.
—Una cosa más —dijo Inés.
—Dime.
—El brazalete no te lo quites. Nunca en público. Y si alguien te pregunta qué es, di que es una reliquia de familia.
Victoria bajó la vista a la muñeca. El cobre oscuro. Las tres piedras sin brillo.
—¿Por qué?
Inés la miró con una expresión que Victoria no supo leer del todo.
—Porque la gente que lleva reliquias tiene historia. Y tú necesitas historia más que cualquier otra cosa.
Los primeros pacientes llegaron esa tarde.
Una mujer con una infección en la mano que Inés trató con una cataplasma de barro y hojas que Victoria no reconoció. Un niño con fiebre que Inés evaluó por el color de los labios y la temperatura del cuello, sin termómetro, con una precisión que Victoria encontró inquietante y luego encontró lógica.
Victoria observó sin intervenir.
Inés no le pidió que interviniera.
Al tercer paciente, un hombre mayor con una herida en la pierna que llevaba días sin cerrar, Inés se hizo a un lado sin decir nada y la miró.
Victoria entendió.
Se acercó. Examinó la herida. La piel alrededor roja, caliente, con el inicio de una infección que en cuatro días iba a ser un problema serio y en ocho iba a ser un problema irreversible.
—Necesito limpiarla bien —dijo—. ¿Tienes vinagre fuerte?
—En el frasco verde de la repisa.
—¿Y miel?
—Tarro de barro, debajo de la mesa.
—¿Ajo?
Inés la miró.
—¿Para qué quieres ajo?
—Para la infección.
Una pausa.
—Hay en la cocina.
Victoria trabajó durante veinte minutos. Limpió, aplicó, vendó con las tiras de tela que Inés le fue pasando sin que se las pidiera. El hombre no se quejó. La miraba con la expresión de alguien que no entiende exactamente lo que está pasando, pero ha decidido no interrumpirlo.