La Pandemia Del Pasado

CAPÍTULO 5 — Doce días

El primero fue el más difícil.

No por el trabajo. El trabajo Victoria lo conocía. Era el idioma, la ropa, el peso específico de no poder moverse por una calle sin calcular cada gesto. Inés le prestó una falda larga de lana marrón, un delantal, una toca que Victoria no supo ponerse bien la primera vez ni la segunda.

—Más atrás —dijo Inés, ajustándola sin delicadeza—. Y baja la cabeza cuando pases frente a los guardias. No por miedo. Por costumbre. Las mujeres que no tienen nada que esconder no miran a los guardias directamente.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Tiene todo el sentido. Solo que no es el tuyo.

Victoria aprendió a bajar la cabeza.

El segundo día llegó una mujer con su hija.

La niña tenía diez años y una fiebre que llevaba cuatro días sin bajar. La madre habló con Inés. Inés escuchó, examinó, preparó algo con corteza de sauce y hojas que Victoria reconoció tarde, cuando ya las estaba moliendo.

—Salicilatos —dijo Victoria en voz baja.

Inés la miró.

—¿Qué dijiste?

—Nada. Que funciona. Lo que estás usando, funciona.

Inés la estudió un segundo.

—Ya lo sé —dijo, y volvió al trabajo.

Victoria cerró la boca y observó.

El tercer día Inés la mandó sola.

Un hombre en el extremo del barrio, demasiado enfermo para moverse, con una infección en el pecho que llevaba semanas empeorando. Le dio un frasco con instrucciones y le dijo la dirección con la precisión de quien ha caminado esa ruta cien veces.

Victoria fue.

El hombre vivía en un cuarto sin ventanas con dos niños pequeños durmiendo en el suelo y una mujer embarazada que la miró desde la esquina con una expresión que era mitad esperanza y mitad desconfianza, sin punto medio.

Victoria examinó al hombre. La infección era peor de lo que Inés había calculado sin verlo. Fiebre alta, respiración corta, el pecho congestionado con un sonido que ella reconocía y que aquí no tenía tratamiento posible, solo manejo.

Trabajó con lo que tenía.

Al salir, la mujer embarazada la esperaba en la puerta.

—¿Va a vivir?

Victoria se detuvo.

En urgencias había aprendido a no responder esa pregunta con certeza. Pero en urgencias había antibióticos, había UCI, había márgenes que aquí no existían.

—Si la fiebre baja en dos días, sí —dijo—. Si no baja, necesita más ayuda de la que yo puedo darle.

La mujer asintió. No lloró. Solo asintió con la cara de quien ya sabía la respuesta y necesitaba escucharla de todas formas.

Victoria volvió al puesto de Inés sin decir nada.

Inés no le preguntó.

El quinto día aprendió a regatear.

No bien. Pero lo suficiente para comprar pan y verdura en el mercado sin que el precio fuera el doble solo porque su acento era raro. Inés la observaba desde lejos sin intervenir. Cuando Victoria volvió con el pan y las verduras y le devolvió el dinero sobrante, Inés lo contó.

—Te cobraron de más.

—Lo sé.

—¿Y lo aceptaste?

—Esta vez sí. La próxima no.

Inés guardó el dinero.

—Bien —dijo.

El séptimo día llegó Bernat.

Lo trajo su hijo, un muchacho de quince años con la cara de quien ha estado cargando con algo demasiado pesado durante demasiado tiempo. El padre venía apoyado en él, cojeando, con la pierna derecha envuelta en trapos sucios que olían desde la puerta.

Inés desenvolvió los trapos.

Victoria vio la pierna y sintió algo frío instalarse en el pecho.

Osteomielitis. Infección en el hueso, avanzada, con el tejido alrededor ya comprometido. La piel brillante y tensa sobre una hinchazón que no era inflamación normal, era acumulación. En el tobillo, una herida abierta con pus espeso que llevaba semanas drenando sin que el cuerpo lograra resolver la infección de fondo.

Los médicos oficiales, dijo el hijo, lo habían visto dos veces.

—¿Qué dijeron? —preguntó Victoria.

El muchacho tardó en responder.

—Que había que cortarla.

Silencio en el cuarto.

Bernat miraba el techo. Tenía cuarenta años, quizás menos, pero la cara del hombre que ha estado calculando cuánto tiempo le queda para que la decisión ya no sea suya.

—¿Dónde trabaja? —preguntó Victoria.

—En el palacio —dijo el hijo—. Es carpintero jefe del Conde.

Victoria no reaccionó a eso todavía. Lo guardó.

Se arrodilló junto a la pierna y empezó a trabajar.

Inés la dejó hacer.

No porque se hubiera retirado. Sino porque se quedó de pie detrás de ella, en silencio, observando cada movimiento con la atención de quien aprende, aunque no lo diga.

Victoria limpió la herida con vinagre fuerte. Drenó lo que pudo drenar. Aplicó una cataplasma de ajo machacado y miel directamente sobre el hueso expuesto, cubierta con tela limpia. Le explicó a Bernat, despacio, en el castellano que todavía le costaba, lo que tenía que hacer cada día y lo que no tenía que hacer bajo ninguna circunstancia.

—¿Vas a salvar la pierna? —preguntó el hijo.

Victoria dudó un segundo.

—Si hace lo que le digo y vuelve en tres días, tenemos posibilidades.

—Los médicos del Conde dijeron que no había posibilidades.

—Los médicos del Conde no usaron esto. —Señaló la cataplasma—. Yo sí.

El muchacho miró a su padre. El padre seguía mirando el techo. Luego bajó los ojos y miró a Victoria con una expresión que era difícil de leer, mezcla de esperanza y de algo más cauteloso, más viejo.

—¿Por qué ibas a saber tú más que los médicos del Conde? —dijo Bernat. Sin hostilidad. Una pregunta real.

Victoria no respondió de inmediato.

—No sé si sé más —dijo al fin—. Sé cosas distintas. A veces eso es suficiente.

Bernat la miró durante un momento largo.

Luego asintió.

Volvió a los tres días.

La hinchazón había bajado. La herida drenaba menos. La fiebre que el hijo mencionó de pasada, como si no tuviera importancia, había cedido la noche anterior.

Victoria cambió la cataplasma. Limpió. Volvió a instruir.




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