La Pandemia Del Pasado

CAPÍTULO 6 — Alvar

Llegó un martes.

No al puesto de Inés. No directamente. Llegó a través de tres conversaciones en tres días distintos, en tres bocas distintas, con el mismo tono cuidadoso de quien transmite un mensaje sin querer parecer que lo está transmitiendo.

El primero fue el carnicero del puesto de enfrente.

—Oí que el doctor Alvar preguntó por la forastera que atendió el parto en la plaza.

Inés lo escuchó sin cambiar la expresión y respondió que no sabía de qué forastera hablaba.

El segundo fue la mujer que lavaba ropa en la fuente del final de la calle.

—Dicen que el doctor Alvar tiene interés en conocer a la nueva herbolaria del barrio sur.

Inés dijo que no era nueva, que llevaba cuarenta años, y que si el doctor Alvar tenía interés podía venir como cualquier otra persona.

El tercero fue el hijo de Bernat.

Llegó solo, sin su padre, con la cara del muchacho que trae un recado que no le gusta.

—El doctor Alvar fue a ver a mi padre al palacio —dijo—. Le preguntó quién le había tratado la pierna.

Victoria estaba detrás de la cortina. Escuchó sin moverse.

—¿Y qué dijo tu padre? —preguntó Inés.

—La verdad. —El muchacho dudó—. No sé si hizo bien.

Inés le dio las gracias y lo despidió.

Cuando la cortina quedó sola entre las dos, Victoria la apartó y salió.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Menos del que tenías ayer.

***

Alvar llegó al cuarto día.

Solo. Sin escolta, sin asistente, sin ninguna de las marcas externas que Victoria habría esperado de un médico con doce años de posición en el palacio del Conde. Ropa oscura, buena tela pero sin adorno. Cincuenta años, quizás algo menos. La cara de un hombre que duerme poco y no lo considera un problema.

Entró al puesto como si entrara a un lugar que ya conocía.

Inés estaba en la mesa. Victoria estaba junto a la repisa, de espaldas, ordenando frascos que no necesitaban ser ordenados.

—Inés —dijo Alvar.

—Doctor —dijo Inés.

Un silencio corto. Luego:

—Me han dicho que tienes una ayudante nueva.

—Tengo una aprendiz —dijo Inés—. No es lo mismo.

—¿Puedo conocerla?

Inés no respondió de inmediato. El tipo de pausa que no es duda sino cálculo.

—Victoria —dijo al fin.

Victoria se giró.

Alvar la miró. No de arriba abajo, no con el escrutinio visible que ella había esperado. La miró a los ojos directamente, durante un segundo exacto, y luego bajó la vista a sus manos.

—Las manos de la herida de Bernat —dijo—. El vendaje era distinto al de Inés.

No era una pregunta.

—Sí —dijo Victoria.

—¿Dónde aprendiste?

—Con buenos maestros.

—¿Dónde están esos maestros?

—Lejos.

Alvar asintió despacio. Como si esa respuesta también fuera información.

—La cataplasma —dijo—. Ajo y miel sobre tejido óseo infectado. —Pausa—. No es un método conocido aquí.

—Funciona.

—Lo sé. Vi la pierna de Bernat esta mañana. —Otra pausa—. Por eso estoy aquí.

Victoria esperó.

Alvar se acercó a la mesa. No se sentó. Puso las manos sobre la madera y la miró con una expresión que Victoria tardó un momento en catalogar.

No era hostilidad. Era algo más frío que la hostilidad. Era evaluación pura, sin ninguna capa encima.

—Eres forastera —dijo.

—Sí.

—Sin documentos.

—Los perdí.

—Sin historia verificable en esta ciudad.

—Llevo menos de dos semanas.

—Con conocimiento médico que no proviene de ninguna fuente que yo pueda identificar. —Hizo una pausa—. He hablado con los gremios. He hablado con los conventos que tienen tradición de enseñanza. Nadie te conoce.

Victoria no respondió.

—Eso —dijo Alvar— es un problema.

—¿Para quién?

Los ojos de Alvar se movieron un milímetro. Casi nada. Suficiente.

—Para ti —dijo—. Principalmente.

Inés había desaparecido detrás de la cortina en algún momento durante los últimos minutos. Victoria no supo cuándo. Solo notó que ya no estaba.

Alvar y ella solos en el cuarto.

—No voy a acusarte de brujería —dijo Alvar.

Victoria sintió algo aflojarse en el pecho. Un milímetro.

—Eso no es lo que me preocupa de ti —continuó él—. La brujería es para gente que no sabe cómo nombrar lo que no entiende. Yo sé cómo nombrarlo.

—¿Cómo lo nombras?

—Conocimiento sin origen verificable. —Pausa—. Una mujer sin documentos, sin historia, sin ninguna fuente conocida que explique lo que sabe, ejerciendo medicina en una ciudad donde ejercer medicina sin licencia del gremio es motivo suficiente para una comparecencia ante el Consejo.

Victoria lo miró.

—No gritas herejía —dijo— pero construyes algo igual de peligroso.

—Más peligroso —dijo Alvar, sin énfasis, como si fuera un dato—. La herejía se defiende con fe. Lo que yo puedo presentar al Consejo se defiende con argumentos, y los argumentos son más difíciles de revertir.

El cuarto estaba en silencio.

Afuera, el mercado. Voces, ruedas, el olor de siempre. Todo completamente ajeno a lo que estaba pasando en este cuarto de dos metros por tres.

—¿Qué quieres? —dijo Victoria.

Alvar la miró durante un momento.

—Quiero saber de dónde viene lo que sabes.

—No puedo decírtelo.

—¿No puedes o no vas a?

Las mismas palabras de Inés. Exactamente las mismas.

—Las dos cosas —dijo Victoria.

Alvar asintió una vez. Se apartó de la mesa. Fue hacia la puerta. Se detuvo antes de salir y se giró hacia ella con la expresión del hombre que ya tomó una decisión hace rato y solo estaba verificando una última variable.

—Tengo doce años construyendo una posición en esta ciudad —dijo—. Mi autoridad depende de ser el que más sabe. —Pausa—. Tú eres un problema para esa autoridad.

—No tengo ningún interés en tu autoridad.

—Lo sé. —Otra pausa—. Eso no cambia lo que eres.

Y salió.

Inés volvió cuando el sonido de los pasos de Alvar se perdió en la calle.




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