Salieron antes del alba.
Inés no explicó la ruta. Caminó y Victoria la siguió por calles que a esa hora eran distintas: vacías, más estrechas de alguna manera, con el sonido de los pasos amplificado contra la piedra. El frío era húmedo y se metía por la toca y por el cuello de la capa prestada que Inés le había puesto encima sin preguntarle.
El convento de San Jerónimo estaba en el extremo norte del barrio, donde las casas se separaban y los muros eran más altos y la ciudad empezaba a parecerse menos a sí misma.
Una puerta pequeña en el muro lateral. Inés llamó tres veces con los nudillos, pausado, como una señal acordada.
Silencio.
Luego pasos. La puerta se abrió.
La hermana Catalina tenía setenta años y los ojos de alguien que ha dormido poco toda su vida y ha decidido que eso no es un problema.
Miró a Victoria de arriba abajo sin saludar.
—¿Esta es? —le dijo a Inés.
—Esta es.
—Una hora —dijo la hermana Catalina—. No más. Y no toca nada que no le digas tú que puede tocar.
—Entendido —dijo Inés.
La hermana Catalina las dejó pasar y cerró la puerta detrás de ellas sin hacer ruido.
La biblioteca era un cuarto largo y bajo con tres ventanas estrechas que daban al patio interior del convento. Estantes de madera oscura cubrían las paredes de suelo a techo. Manuscritos. Libros encuadernados en cuero. Rollos atados con cordel. El olor era denso, papel viejo y humedad controlada y algo más dulce debajo, como si el cuarto guardara también el aire de todos los años que llevaba cerrado.
Victoria se detuvo en el umbral.
Inés entró y fue directamente a los estantes del fondo.
—¿Qué buscas exactamente? —dijo sin girarse.
—No lo sé todavía. —Victoria entró despacio, mirando los lomos—. Algo sobre el brazalete. Sobre viajes en el tiempo. Sobre rituales de retorno. Cualquier cosa que—
—Para —dijo Inés.
Victoria paró.
—No uses esas palabras aquí. —Inés habló sin levantar la voz—. Ni en este convento ni en ningún otro lugar. ¿Entiendes?
—Sí.
—Busca por lo que ves. Por el dibujo. Si hay algo, estará en los manuscritos más viejos, los del estante de abajo. Los que nadie consulta porque nadie los entiende del todo.
Victoria fue al estante de abajo.
Los manuscritos del estante de abajo eran quince. Los fue sacando uno por uno con cuidado, abriéndolos por el centro, hojeando despacio. Latín en su mayoría. Algunos en un castellano tan antiguo que Victoria apenas podía seguirlo. Dibujos de plantas, de cuerpos, de instrumentos que no reconoció.
En el octavo manuscrito se detuvo.
Sin título en la cubierta. Las páginas amarillas y frágiles, algunas pegadas entre sí por la humedad. Lo abrió con cuidado, pasando las páginas desde las esquinas.
Página uno. Texto en latín, letra pequeña y apretada.
Página cinco. Un diagrama de algo que parecía un mapa pero no lo era del todo.
Página nueve. Más texto.
Página doce.
Victoria dejó de respirar.
Un dibujo. Tinta negra sobre pergamino amarillo. Una muñeca con un brazalete. Cobre. Tres piedras irregulares engarzadas, una en cada posición que ella conocía: verde, rojiza, negra.
Exactamente igual.
—Inés —dijo.
Inés cruzó el cuarto y miró por encima de su hombro. Un silencio corto.
—Sigue pasando páginas —dijo.
El texto de las páginas siguientes estaba en latín mezclado con algo que Victoria no reconoció, palabras que no encajaban en ninguna gramática que ella pudiera identificar. Pero los dibujos eran claros.
Página catorce: el brazalete sobre una superficie plana con tres objetos junto a él. Un espejo redondo. Un frasco. Y algo que parecía ser texto escrito en un pergamino aparte, con una cadencia visual que sugería que debía ser recitado.
Página quince: los mismos tres objetos con indicaciones de posición. El espejo reflejando algo. El frasco abierto. Las palabras en un orden específico marcado con números.
Página dieciséis: una figura humana con el brazalete en la muñeca izquierda. De pie junto a lo que parecía ser un manantial o una fuente natural. La figura rodeada de líneas que Victoria interpretó como movimiento o energía o las dos cosas.
Página diecisiete: el mismo dibujo pero con la figura desaparecida. Solo el brazalete en el suelo. Y debajo del dibujo, en latín, tres palabras que Victoria tardó un momento en traducir.
Ella volvió. O no.
—Un rito de retorno —dijo Victoria en voz baja.
—Eso parece —dijo Inés.
—Tres elementos. Un espejo de metal. Agua de un manantial específico. Y las palabras. —Victoria miró los dibujos—. Las palabras que el anciano pronunció. Al revés. En el orden inverso exacto.
—¿Puedes recordarlas?
Victoria cerró los ojos un segundo.
Las palabras del anciano en el cubículo cuatro. La cadencia. Las sílabas anchas, las vocales largas. Las había sentido más que escuchado pero estaban ahí, grabadas en algún lugar debajo del miedo de esa noche.
—Sí —dijo—. Creo que sí.
—Bien. —Inés señaló el manuscrito—. El espejo tiene que ser plateado, metal pulido. El agua tiene que ser de un manantial específico, no cualquier fuente. —Pausa—. El manuscrito marca la ubicación.
Victoria volvió a las páginas. Buscó el mapa. Lo encontró en la página seis, que ahora tenía sentido: no era un mapa de la ciudad entera sino de los alrededores al norte, con un punto marcado junto a lo que parecía un arroyo o manantial entre árboles.
—¿Sabes dónde es esto? —preguntó.
Inés estudió el mapa durante un momento.
—Conozco esa zona. Al norte, después del molino viejo. Hay un manantial que la gente del barrio usa en verano. —Pausa—. No es difícil de llegar si sabes el camino.
Victoria sintió algo moverse en el pecho. No alivio todavía. Algo anterior al alivio. La primera forma real de algo parecido a una salida.
Pasó a la página siguiente.
Y se detuvo.