La orden de arresto llegó un jueves.
No de noche, no con guardias, no con el dramatismo que Victoria había estado calculando en silencio durante días. Llegó a mediodía, con el mercado en pleno ruido, cuando el barrio estaba demasiado lleno de gente para que nada pareciera urgente.
Rodrigo llegó solo.
Victoria lo vio desde dentro del puesto antes de que él entrara. Alto, capa oscura, la mano izquierda libre y la derecha cerca del cinto pero sin tensión. La cara del hombre que trae algo que preferiría no traer y ha decidido que la única manera de hacerlo es hacerlo rápido.
Inés salió a recibirlo en la puerta.
—Capitán —dijo.
—Inés. —Rodrigo la miró un segundo y luego miró adentro, directo a Victoria—. Necesito hablar con ella.
—Habla.
—Solo.
Inés no se movió.
—Todo lo que tengas que decirle a mi aprendiz me lo puedes decir a mí también.
Rodrigo la miró. Evaluó. Decidió.
—Como quieras.
Entró.
Sacó el papel del jubón sin ceremonia. Lo puso sobre la mesa sin desplegarlo del todo, solo lo suficiente para que Victoria viera el sello en la esquina inferior.
El sello del Conde.
—El Consejo se reunió esta mañana —dijo Rodrigo—. Alvar presentó su argumento. —Pausa—. Fue convincente.
Victoria miró el papel. No lo tocó.
—¿Qué dice exactamente?
—Comparecencia obligatoria. Mañana al amanecer. —Rodrigo habló despacio, midiendo cada palabra—. Si no compareces voluntariamente, vendrán los guardias.
—¿Cuántos?
Rodrigo la miró.
—Los suficientes.
Silencio en el cuarto.
Inés estaba junto a la repisa sin moverse. Victoria estaba de pie frente a la mesa con el papel entre los dos y el peso de lo que significaba instalándose en el pecho con la precisión de un diagnóstico.
—¿Cuánto tiempo tengo? —dijo Victoria.
—Hasta esta tarde. —Rodrigo dudó un segundo—. Si no estás aquí cuando vuelvan los guardias esta noche, lo interpretan como fuga.
—¿Y si estoy aquí?
—Compareces mañana. El Consejo decide.
—¿Qué probabilidades tengo en el Consejo?
Rodrigo no respondió de inmediato.
Eso era la respuesta.
—Hay algo más —dijo Rodrigo.
Victoria lo miró.
Rodrigo bajó la voz. No mucho. Solo lo suficiente para que lo que venía después tuviera un peso distinto.
—El manantial al norte. —Pausa—. Tercer árbol después del molino. No es fácil de ver desde el camino.
Victoria no se movió.
—¿Por qué me dices eso?
Rodrigo no respondió. La miró durante un momento con una expresión que Victoria no supo leer del todo. No era compasión. No era exactamente alianza. Era algo más calculado y al mismo tiempo más personal que cualquiera de las dos cosas.
—El Conde cumple sus tratos —dijo al fin—. Pero el camino hasta el trato es largo.
Se giró hacia la puerta.
—Rodrigo —dijo Victoria.
Se detuvo.
—¿Cómo sabes lo del manantial?
Un silencio largo. Más largo de lo que la pregunta necesitaba.
—Hay cosas que se saben —dijo sin girarse— cuando llevas suficiente tiempo prestando atención a las cosas correctas.
Y salió.
Inés esperó hasta que los pasos de Rodrigo se perdieron en la calle.
Luego se giró hacia Victoria con la cara de quien ha estado calculando mientras los demás hablaban.
—Tienes tres opciones —dijo.
—Dime.
—Huyes ahora. Al norte, al manantial, intentas el rito esta tarde antes de que anochezca. —Pausa—. Pero si el rito falla, estás sola en el campo de noche, sin historia, sin nada, con una orden de arresto activa y los guardias buscándote.
Victoria asintió.
—La segunda.
—Compareces mañana. Afrontas el Consejo. Intentas construir algo en esa sala que valga más que el argumento de Alvar.
—¿Con qué?
—Con lo que tienes. —Inés hizo una pausa—. Que no es poco pero quizás no es suficiente.
—¿Y la tercera?
Inés la miró.
—Que hay una mujer en la celda de la torre sur que lleva tres años esperando un juicio que nunca llega. —Habló despacio—. Se llama Marta. Herbolaria. La encerraron por curar a un mercader que murió de todas formas. —Pausa—. Si compareces mañana, puedes pedir que la liberen. El Conde tiene autoridad para hacerlo si algo le importa más que el coste político de soltarla.
Victoria la miró.
—¿Y eso cambia algo para mí?
—No directamente. —Inés fue hacia la cortina—. Pero cambia la clase de persona que eres en esa sala. Y a veces eso importa más que el argumento.
Desapareció detrás de la cortina.
Victoria se quedó sola con el papel sobre la mesa.
Lo miró durante un momento.
Lo dobló.
Lo guardó en el bolsillo de la falda.
***
Esa tarde no huyó.
No porque no tuviera miedo. Sino porque Marta llevaba tres años en esa celda. Porque huir sin el rito era quedarse para siempre. Porque si el rito fallaba en el campo de noche sin nada detrás, no había segunda oportunidad.
Y porque algo en lo que Rodrigo había dicho, la forma en que lo había dicho, la información sobre el manantial entregada sin que ella la pidiera, le decía que había más en juego que lo que ella podía ver todavía.
Llegó la tarde.
Llegaron dos guardias al anochecer.
No con violencia. Con la eficiencia burocrática del sistema que funciona porque la gente lo deja funcionar.
—¿Victoria de Flandes? —dijo el primero.
—Sí —dijo Victoria.
—Acompáñenos.
Victoria se puso la capa. Se giró hacia Inés.
Inés la miraba desde la mesa con los brazos cruzados y la cara que no mostraba lo que sentía, que era exactamente la cara que Victoria había aprendido a leer como la de alguien que siente demasiado para mostrarlo.
—El espejo —dijo Victoria en voz baja.
—Lo tengo —dijo Inés. Igual de bajo.
—Y el agua.
—También.
—Si no salgo mañana—
—Saldrás —dijo Inés. Sin pausa. Sin margen para la duda.
Victoria la miró un segundo más.