Los llevaron al amanecer.
No a Victoria sola. A las dos. Marta caminó junto a ella por el pasillo de piedra con la postura de quien ha hecho ese recorrido suficientes veces para haberle perdido el miedo y haberle encontrado algo peor: indiferencia.
—¿Sabes lo que te van a preguntar? —dijo Marta sin bajar la voz.
—Más o menos.
—No improvises. —Pausa—. Alvar no improvisa nunca. Si tú improvisas, él gana.
—¿Y si no improviso?
—Entonces gana más despacio.
Victoria no respondió.
***
La sala del Consejo era más pequeña de lo que había imaginado.
Piedra, madera oscura, cinco ventanas estrechas que daban al patio interior del palacio. Una mesa larga con seis sillas. El Conde en el centro, cincuenta años, la cara del hombre que ha tomado decisiones difíciles tantas veces que ya no le pesan en la expresión. A su derecha, los cinco consejeros. A su izquierda, el escribano con el plumín preparado.
Alvar estaba de pie junto a la pared del fondo.
No en la mesa. De pie. Como si la mesa fuera para las partes y él fuera algo distinto. Un observador con autoridad para hablar.
Cuando Victoria entró, Alvar la miró un segundo y volvió la vista al frente.
Marta se quedó junto a la puerta con un guardia a cada lado.
Victoria fue al centro de la sala.
El Conde habló primero.
—Victoria de Flandes. —Leyó del papel frente a él sin inflexión—. Compareces ante este Consejo por ejercicio de medicina sin licencia del gremio, origen no verificado, y ausencia de documentos que acrediten tu identidad y procedencia.
—Sí —dijo Victoria.
El Conde levantó los ojos del papel.
—¿Confirmas los cargos?
—Confirmo los hechos. No los llamo cargos.
Uno de los consejeros se movió en su silla. El Conde no cambió la expresión.
—Explícate.
—He tratado enfermos en el barrio sur durante dos semanas. He cobrado poco y en algunos casos nada. Nadie ha muerto bajo mi cuidado. —Pausa—. Si eso es un cargo, el problema no es lo que hice.
Silencio en la sala.
Alvar habló desde la pared.
—El problema —dijo, con la voz tranquila de quien lleva la conversación desde el principio— no es lo que hiciste. Es lo que eres. —Se apartó de la pared un paso—. Una mujer sin documentos, sin historia verificable, sin ninguna fuente conocida que explique su conocimiento médico. En una ciudad donde el conocimiento sin origen es peligroso no por lo que hace sino por lo que no se puede controlar.
—Mi conocimiento no es peligroso —dijo Victoria.
—Todo conocimiento sin origen es peligroso —dijo Alvar—. No porque sea malo. Sino porque no se puede verificar, no se puede regular, y no se puede detener si resulta serlo.
—He salvado vidas.
—Esta semana. —Alvar hizo una pausa—. La semana que viene no tenemos garantías.
Victoria lo miró.
—Nadie tiene garantías de la semana que viene.
—Los médicos con licencia del gremio tienen un cuerpo institucional que responde por ellos. —Alvar habló despacio, construyendo—. Si cometen un error, hay un proceso. Si causan daño, hay consecuencias. —Pausa—. Tú no tienes nada de eso. Eres un elemento suelto en un sistema que necesita estructura para funcionar.
Victoria esperó un segundo antes de responder. Que la sala respirara. Que Alvar creyera que había terminado.
—¿Cuántos pacientes tiene el gremio en lista de espera en el barrio sur? —dijo.
Silencio.
—¿Cuántos enfermos en el barrio sur han visto a un médico con licencia en el último mes? ¿En el último año? —Continuó sin esperar respuesta—. El sistema con estructura que describes funciona para quien puede pagarlo. El barrio sur no puede pagarlo. —Pausa—. Yo cobro lo que la gente tiene. A veces nada.
Alvar no perdió la calma.
—Lo que describes es generoso —dijo—. No es legal.
—Lo que describes tú es legal. —Victoria lo miró—. No es justo.
Uno de los consejeros carraspeó. El Conde levantó una mano sin brusquedad, solo para marcar que hablaba él.
—Esto no es un debate sobre justicia —dijo el Conde—. Es una comparecencia sobre hechos.
—Con respeto —dijo Victoria—, los hechos son que llevo dos semanas salvando vidas en un barrio que vuestros médicos no atienden. Bernat, el carpintero jefe de vuestro palacio, tiene hoy las dos piernas porque yo estuve ahí. Los médicos del gremio habían firmado la amputación.
El Conde miró a Alvar.
Alvar no reaccionó. Pero algo en su postura cambió un milímetro.
—Bernat está en el palacio esta mañana —continuó Victoria—. Puede caminar. —Pausa—. Eso es un hecho también.
Silencio largo en la sala.
El escribano había dejado de escribir en algún momento de los últimos minutos. Ahora tenía el plumín suspendido sobre el papel sin bajar.
El Conde miró a los consejeros. Una mirada corta, de quien no necesita que le digan en voz alta lo que ya saben.
Luego miró a Victoria.
Luego pasó algo que ella no había calculado.
La luz de la sala caía en un ángulo distinto al del cuarto de trabajo de Inés. Más lateral. Más directa.
Y en ese ángulo, en el cuello del Conde, parcialmente cubierta por el cuello alto de la ropa, Victoria vio algo.
Una lesión. Circular. Con el borde definido y el centro más oscuro y la textura específica que ella reconocía antes de que el cerebro terminara de procesarla.
Tinea profunda.
Infección fúngica. Avanzada. El tipo que llevaba meses ahí, que los médicos habían tratado con lo que tenían, que seguía exactamente igual porque lo que tenían no era suficiente.
En 2026: curable en dos semanas con antifúngico tópico.
Aquí: incurable. Para todos los presentes en esa sala.
Victoria tomó una decisión en menos de un segundo.
—Señor —dijo.
El Conde la miró.
—Tenéis una enfermedad en el cuello derecho que vuestros médicos no han podido tratar.
Silencio absoluto.
El Conde no se movió. No tocó el cuello. Pero algo cambió en sus ojos.