El primer día empezó bien.
Victoria preparó el ungüento en el puesto de Inés con Marta al lado y los tres materiales sobre la mesa: ajo machacado, aceite de neem que olía a algo entre tierra y medicina, y una base de cera de abeja que Inés guardaba en el estante más alto para casos que no llegaban nunca.
—Proporciones —dijo Marta, mirando las manos de Victoria.
—Dos partes de base, una de aceite, ajo al final. —Victoria mezclaba sin apartar los ojos del cuenco—. El ajo tiene que ir último o pierde efecto con el calor.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo aprendí.
Marta no preguntó más.
Inés observaba desde la silla con los brazos cruzados y la expresión de quien cataloga información sin decidir todavía qué hacer con ella.
A media mañana, un guardia del palacio llegó a buscar a Victoria.
Fue sola.
***
El Conde la recibió en su cuarto de trabajo, no en la sala del Consejo.
Más pequeño. Más personal. Una mesa con papeles, una ventana que daba al jardín interior, un brasero encendido, aunque el frío no era extremo. La clase de cuarto donde un hombre toma decisiones que no quiere que nadie más vea tomar.
Estaba de pie junto a la ventana cuando Victoria entró.
—Cerrad la puerta —dijo.
El guardia cerró desde fuera.
El Conde se giró. A la luz del cuarto, sin el ángulo lateral de la sala del Consejo, la lesión en el cuello era más visible. Más grande de lo que Victoria había calculado. Llevaba más tiempo ahí de lo que el Conde había dejado notar.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Victoria directamente.
El Conde tardó.
—Ocho meses.
—¿Qué han probado los médicos?
—Todo lo que tienen. —Sin amargura. Un hecho—. Cuatro tratamientos distintos. El último hace dos semanas. —Pausa—. Ninguno funcionó.
Victoria se acercó. Examinó la lesión con la misma atención que había usado con la pierna de Bernat. Sin instrumentos, sin luz artificial, con los ojos y las manos y el conocimiento de lo que estaba viendo.
Tinea profunda. Bien establecida. El tejido alrededor con el engrosamiento típico de una infección que llevaba meses sin resolverse. Sin signos de expansión reciente, lo que significaba que el sistema inmune del Conde la tenía contenida pero no podía eliminarla.
Tratable. Con lo que ella tenía, tratable.
—Tres días —dijo Victoria—. Una aplicación por la mañana y una por la noche. No os toquéis la zona entre aplicaciones. No uséis ningún otro tratamiento mientras dure.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
El Conde la miró con una expresión que Victoria ya conocía: la evaluación de alguien que no está acostumbrado a confiar en cosas que no entiende del todo.
—¿Por qué funciona lo que vosotros usáis y lo que mis médicos usan no funciona?
—Porque lo que yo uso ataca la causa. Lo que vuestros médicos usan trata los síntomas. —Pausa—. No es culpa de ellos. Es lo que tienen disponible.
El Conde procesó eso.
—¿Y tú tenéis algo distinto?
—Sí.
—¿De dónde?
Victoria lo miró.
—Del mismo lugar del que viene todo lo que sé.
El Conde no insistió.
Dejó que Victoria aplicara el ungüento. No hizo ningún gesto durante el proceso. Se quedó quieto con la postura del hombre que ha aprendido a no mostrar incomodidad en situaciones donde la incomodidad sería leída como debilidad.
Cuando terminó, Victoria guardó el frasco.
—Mañana a la misma hora —dijo—. Y pasado.
—Estaré aquí.
Victoria fue hacia la puerta.
—Una cosa —dijo el Conde.
Se detuvo.
—Alvar va a intentar complicar estos tres días.
Victoria lo miró.
—Lo sé.
—No lo estoy advirtiendo para que os protejáis —dijo el Conde—. Os lo digo porque si algo sale mal en estos tres días, el trato no se sostiene. —Pausa—. Y si el trato no se sostiene, no hay nada que yo pueda hacer.
Victoria lo miró un segundo más.
—¿Estáis advirtiéndome o explicándome los límites de lo que podéis hacer?
El Conde no respondió de inmediato.
—Las dos cosas —dijo al fin.
***
El primer sabotaje llegó esa misma tarde.
Victoria volvió al puesto de Inés a preparar el segundo frasco de ungüento para el día siguiente. Todo en su lugar, todo donde lo había dejado.
Menos el ajo.
El cuenco con el ajo machacado que había preparado por la mañana estaba vacío. Limpio. Como si nunca hubiera tenido nada dentro.
Victoria se quedó mirándolo un momento.
—¿Quién entró aquí esta tarde? —dijo.
Inés frunció el ceño.
—Tres pacientes. El carnicero de enfrente a devolver un frasco. —Pausa—. Y un muchacho que preguntó por hierbas para la fiebre. No lo había visto antes.
—¿Cómo era?
—Joven. Ropa limpia. Manos que no trabajan con las manos. —Inés la miró—. Del palacio, supongo.
Victoria fue a la cocina. Encontró ajo. Tardó veinte minutos en repreparlo todo desde el principio.
Marta, que había estado en silencio en el rincón durante todo el proceso, habló cuando Victoria terminó.
—Primera noche —dijo—. Va a haber más.
—Lo sé.
—¿Dónde guardas el ungüento?
Victoria lo miró.
—Aquí por ahora.
—Mal sitio. —Marta se levantó—. Dame el frasco.
—¿Por qué?
—Porque conozco esta ciudad y sé dónde guardar cosas para que no las encuentren. —Pausa—. Y porque llevo tres años en una celda y necesito hacer algo útil antes de que se me olvide cómo.
Victoria le dio el frasco.
***
El segundo día empezó mal.
Llegó al palacio a la hora acordada. El guardia en la puerta la dejó pasar sin problema. Subió al cuarto de trabajo del Conde.
El Conde no estaba solo.
Alvar estaba de pie junto a la mesa con tres papeles extendidos frente a él y la cara del hombre que lleva horas preparando lo que está a punto de decir.
—Buenos días —dijo Alvar cuando Victoria entró.
Victoria miró al Conde.
El Conde tenía la expresión del hombre que preferiría estar en otro lugar.